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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Ad Astra: el viaje de Brad Pitt que convierte el sistema solar en una habitación vacía

James Gray lleva a Roy McBride de la Luna a Marte y más allá, no para descubrir alienígenas sino para entender qué le dijo, o le dejó de decir, un padre que se fue cuando él todavía era chico. Un drama íntimo disfrazado de blockbuster.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · · lectura 5 min
Ad Astra: el viaje de Brad Pitt que convierte el sistema solar en una habitación vacía

Mi vieja, que de cine sabe lo que le dejaron ver sus padres en el cine de la calle Corrientes de los años setenta, suele decir que las mejores películas de ciencia ficción no hablan de planetas sino de gente que extraña a alguien. Y cada vez que uno se sienta frente a Ad Astra, la película que James Gray estrenó en 2019 con Brad Pitt como protagonista absoluto, esa frase vuelve como un eco: porque acá la nave no sale de la Tierra para conquistar galaxias, sino para que un hijo termine de entender a un padre que se perdió en el espacio mucho antes de que él pudiera despedirlo.

El galpón antes que el espectáculo: la sala donde se arma la historia

Antes de hablar de cohetes hay que contar el espacio que la película nos vende como propio. Gray y su director de fotografía, el holandés Hoyte van Hoytema, construyen un sistema solar limpio, casi de laboratorio: estaciones orbitando la Tierra, una Luna comercializada con cadenas de shopping y vuelos low cost, un Marte con bases que parecen galpones metálicos de la Patagonia. Todo está filmado con una paleta fría, azulada, donde la luz parece venir de adentro de los trajes más que del sol. Esa decisión no es decorativa: lo que vemos es el mundo donde Roy McBride aprendió a no quejarse, a medir su pulso como quien mide la presión de un motor, a mantener la cara quieta aunque por dentro se le caiga el alma.

Roy, el personaje que Brad Pitt encarna con una sobriedad que a esta cronista le recordó al mejor Tommy Lee Jones, es un astronauta de manual: técnico brillante, emocionalmente blindado, reclutado por una agencia espacial que, en esta versión del futuro, tiene más de corporación que de NASA. Su padre, Clifford McBride, fue un explorador legendario que hace décadas partió en una expedición hacia los confines del sistema solar en busca de vida inteligente. Nunca volvió. Roy creció con la foto del padre en los manuales y con la convicción de que, para estar a la altura, había que parecerse a él: no llorar, no dudar, no quejarse.

Luna, Marte y los satélites de Neptuno: la ruta de un duelo

  • En la Luna, Roy debe sobrevivir a una descarga eléctrica y a persecuciones con piratas espaciales, en una secuencia donde el satélite parece más un puerto de banlieue francesa que un astro poético.
  • Desde allí parte a Marte, donde la comandancia le revela la verdadera misión: la energía que amenaza la Tierra y la desapariciones de astronautas tienen origen en la expedición del padre, y Roy es el emisario ideal para contactarlo o, llegado el caso, desactivarlo.
  • El tramo final lo lleva hasta un punto cercano a la órbita de Neptuno, donde la nave del padre sigue enviando una señal vieja, como un contestador automático de los años ochenta que nadie anima a apagar.

Lo notable de Ad Astra es que en cada escala Gray mete un poco más al espectador dentro de la cabeza de Roy. Las persecuciones y los riesgos existen, sí, y están filmados con la tensión que uno espera de un blockbuster de presupuesto grande, pero funcionan como sacudones externos para que la historia avance hacia adentro. La gran pregunta no es si hay vida inteligente en el universo; la gran pregunta es si el hijo puede mirar al padre a los ojos y decirle todo lo que se calló durante treinta años de vida ordenada.

“Lo único que me dio miedo en la vida fue parecerme a vos.”Roy McBride (Brad Pitt) en diálogo con su padre

Esa línea, que el personaje le escupe a Clifford cuando finalmente lo encuentra en una estación a la deriva en los bordes del sistema solar, resume el motor del filme. Pitt la dice con la mandíbula tensa y los ojos húmedos, como quien recién se autoriza a estar enojado después de una vida entera de comportarse bien. Del otro lado, un Tommy Jones de pocas palabras y mirada de águila herido, que sigue pensando en la expedición como en una misión sagrada, aunque ya no quede nadie en la Tierra esperándolo. El choque entre los dos es, también, el choque entre dos formas de entender la familia: para el padre, el deber con la ciencia; para el hijo, el deber con uno mismo.

Como espectadora de entre 40 y 60 años, lo que más me conmovió de Ad Astra es que no necesita un villano intergaláctico para mantener la tensión. Le alcanza con un padre que se fue cuando el nene empezaba la primaria y con un hijo que se pasó la vida entera tratando de llenar ese hueco con medallas y ejercicios de respiración. Esa traducción generacional, tan rioplatense en el fondo, de los padres que se fueron a trabajar o se fueron a militar o se fueron a perseguir un sueño y dejaron a los chicos criando solos, es lo que vuelve a esta película de ciencia ficción tan terrenal.

Dónde verla, cuándo y qué se come mientras tanto

Ad Astra se puede encontrar en plataformas de streaming que suelen rotar su catálogo, como Star Plus, Amazon Prime Video o Apple TV, aunque la disponibilidad cambia mes a mes. Vale la pena verla en una pantalla grande, con auriculares, en una noche de semana: dura dos horas y cuatro minutos, y pide silencio. Para acompañarla en casa, mi sugerencia es no complicarse: una picada con queso tybo, aceitunas y salamín, una copa de malbec a temperatura de bodega y, si la noche es de las que invitan a quedarse despierto después de los créditos, un té de tilo para ir bajando. Como cuando uno volvía del cine de madrugada en colectivo y la ciudad todavía olía a asfalto mojado.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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