Aquella vez que Miyazaki viajó a Suecia por una nena pelirroja y se volvió con las manos vacías
A principios de los setenta, el director japonés quiso llevar a Pippi Calzaslargas al anime, pero Astrid Lindgren le cerró la puerta. Lo que parecía un fracaso terminó germinando en algunas de sus películas más queridas.
Lo decía mi abuela de la colonia cuando alguien se empecinaba en algo que no iba a salir: «No te aflijas, hijo, lo que es para uno nadie se lo quita, aunque venga con retraso». La frase me volvió a la cabeza mientras investigaba esta historia, porque tiene un poco de eso: un viaje en busca de una niña pelirroja que se mandó a guardar en un cajón y que, sin embargo, terminó floreciendo en otra parte. La protagonista, en este caso, es nada menos que Hayao Miyazaki, y la nena pelirroja, Pippi Calzaslargas.
Para entender lo que sigue hay que imaginarse el galpón, mejor dicho, los galpones: el estudio de animación japonés de principios de los años setenta, todavía con olor a fracaso reciente. Miyazaki y su socio Isao Takahata acababan de pegar el portazo en Toei Animation después del descalabro comercial de Las aventuras de Hols, príncipe del sol, y un productor llamado Yasuo Otsuka los juntó en un taller chico y casi artesanal que se llamaba A-Pro, donde la idea era escapar del ritmo febril de la televisión. En ese contexto, los dos se entusiasmaron con un proyecto que les cambiaba la perspectiva: adaptar al anime las novelas suecas de Pippi Calzaslargas, esa criatura creada por Astrid Lindgren que vive sola en una casa, tiene un mono, una maleta llena de monedas de oro y se burla de todos los adultos que se le cruzan.
Una oportunidad distinta, en serio
Para Miyazaki, la propuesta no era cualquier cosa. «Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión», recordó tiempo después. Y Takahata, por su parte, le encontraba una vuelta política: los libros de Lindgren, decía, se animaban a cuestionar la tradición de la literatura infantil europea, que solía tratar a los chicos como si fueran un problema a corregir en lugar de un mundo a descubrir. Era un manifiesto con pelo rojo y pecas.
Así las cosas, en 1971 Miyazaki se mandó él mismo a Suecia a tentar la suerte. Quería los derechos, quería conversar cara a cara con la autora y quería pisar los paisajes que había imaginado leyendo. Cuenta la crónica que la recorrida por Visby, esa ciudad amurallada con cheiro a medieval, le quedó grabada y le modificó para siempre la idea que tenía de Europa, sobre todo la de una Europa en ruinas, gris, de posguerra, que él asociaba con su infancia. Pero cuando se sentó a negociar, del otro lado había una escritora con los brazos cruzados.
Por qué Lindgren dijo que no
Lindgren tenía dos razones de peso para plantarse. La primera era un disgusto viejo, de 1949, cuando una película sobre Pippi le había dejado un gusto amargo y no estaba dispuesta a repetir la experiencia. La segunda, más de fondo, era una desconfianza casi ideológica: según los relatos de la época, consideraba que la animación japonesa era demasiado violenta para el espíritu de sus historias. La chica que repartía tortas en la cara de los ladrones sin inmutarse, en su lectura, no encajaba con un mundo donde, sospechaba, los puños volaban demasiado seguido. Miyazaki volvió a Japón con las valijas llenas de bocetos y de investigación, pero sin la firma que esperaba.
Lo que quedó del viaje
Y sin embargo, como decía la abuela, lo que es para uno nadie se lo quita. Aquel archivo enorme que parecía haberse quedado sin destino no se perdió: fue a parar, mutado pero reconocible, a un mediometraje de 1972 llamado Las aventuras de Panda y sus amigos, dirigido por Takahata y escrito por el propio Miyazaki. La protagonista se llama Mimiko, una nena traviesa, pelirroja y con una energía que a cualquiera que haya leído a Pippi le va a sonar familiar. La película tuvo hasta una secuela al año siguiente, como si el estudio necesitara exprimirle todo el jugo a aquel viaje.
La influencia no se agotó ahí, ni mucho menos. Dieciséis años después, cuando Miyazaki se sentó a dibujar los paisajes de Nicky, la aprendiz de bruja, muchas de las referencias visuales que usó salieron, sin que el público lo supiera, de aquella recorrida frustrada por la Suecia de 1971. El eco de un portazo, convertido en viento entre las colinas de una película que hoy es de las más queridas del director.
- Año del intento: 1971, en plena salida de Miyazaki y Takahata de Toei Animation.
- Motivo del rechazo de Lindgren: una adaptación cinematográfica de 1949 que la había dejado conforme para nada, y su desconfianza hacia la animación japonesa, a la que percibía como demasiado violenta.
- Destino del material descartado: buena parte reapareció, transformado, en Las aventuras de Panda y sus amigos (1972) y, muchos años después, en los paisajes de Nicky, la aprendiz de bruja (1989).
- La protagonista de 1972, Mimiko, comparte con Pippi el tono travieso y, sobre todo, el pelo pelirrojo.
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