Comer juntos, el hábito que los chicos copian sin que nadie se los enseñe
Un consenso de especialistas argentinos en nutrición pediátrica pone el foco en algo que muchas veces queda afuera de la consulta: con quién se come, dónde y cómo pesa tanto como lo que hay en el plato. La idea es simple y, a la vez, bastante más profunda de lo que parece.
Son las ocho de la noche y la cocina de Claudia, acá en la zona centro, ya tiene ese ruido clásico de cubiertos contra la fuente y de sillas arrastrándose hasta la mesa. Su hija de once llega con la mochila todavía colgando, se sienta y, antes de probar bocado, mira qué sirvieron. «Yo les digo siempre que prueben todo, aunque sea un poquito —cuenta Claudia—. A veces me miran con cara larga, pero después piden repetir». Esa escena cotidiana, tan repetida como pocas veces pensada, es justamente la que un grupo de especialistas argentinos decidió poner en el centro de la escena.
El planteo forma parte de NutreAR, un consenso desarrollado por PROFENI, la red de Profesionales Expertos en Nutrición Infantil, y se presentó en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica que organizó la Sociedad Argentina de Pediatría. La propuesta recorre la franja que va de los dos a los diecisiete años y, más allá de los nutrientes, insiste en una idea que nosotros, como padres y madres, solemos subestimar: los chicos aprenden a comer, en buena medida, por imitación.
Comensalidad, la palabra que ordena todo
El concepto que articula las recomendaciones es el de comensalidad: todo aquello que rodea al acto de comer. No alcanza con definir qué alimentos son adecuados para cada edad; hay que mirar también cuándo se come, con quién y en qué contexto. Las necesidades nutricionales de un nene de dos años, de uno de diez y de un adolescente de dieciséis son distintas, y el consenso se propone dar orientaciones diferenciadas para cada etapa, con el entorno como variable clave.
Cuando los chicos ven a sus padres, hermanos, tíos o amigos comer variado, amplían más fácilmente su propio repertorio. La selectividad alimentaria —ese patrón de limitarse siempre a lo mismo, que tantos hogares conocen— se vuelve más difícil de revertir si no hay referencias cercanas que muestren otras opciones. Por eso, entre las recomendaciones, aparece una muy concreta: ofrecer siempre algo nuevo y evitar que se consoliden menús demasiado restringidos.
La cena, la pantalla y el cuarto a solas
A partir de los catorce o quince años crece una tendencia que muchos padres reconocen: el pibe se encierra en el cuarto y come frente a una pantalla, muchas veces solo. Esa práctica reduce las oportunidades de construir los vínculos que la comida compartida habilita, desde charlar sobre el día hasta negociar, sin demasiada solemnidad, qué se lleva en la vianda al día siguiente.
Lo que el consenso viene a recordarnos, en definitiva, es que la alimentación infantil no se resuelve sólo en la lista del súper ni en la indicación del pediatra. Se resuelve, también, en la silla que cada noche se acomoda en la mesa, en el plato que alguien prueba primero, en la sobremesa que se estira un rato más. La expectativa que uno tiene como padre, como madre, como adulto a cargo, es que esas escenas repetidas terminen haciendo lo que las palabras no siempre logran: que comer bien se vuelva, sobre todo, un hábito compartido.
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