Cuando decir basta se vuelve una odisea: por qué a tantos les cuesta poner límites y qué precio paga el cuerpo
Ansiedad, insomnio, resentimiento y hasta dolores sin causa aparente suelen ser la factura de no saber decir que no. La psicopedagoga Analía Vázquez, del barrio de Balvanera, atiende cada vez más casos de adultos que llegan a su consultorio después de años de aguantar en silencio. Una nota para entender por qué aprendimos a callar y cómo se puede desaprender.
En el consultorio de Analía Vázquez, sobre la calle Perón, a dos cuadras de la plaza Miserere, la escena se repite casi todos los días. Una persona se sienta, respira hondo y dice, con la voz todavía enredada, que no puede más. No puede más con el jefe, no puede más con la madre, no puede más con el marido, no puede más con el hijo. Lleva años diciendo que sí a todo y siente que algo adentro se le está rompiendo. Esa consulta, en cualquiera de sus variantes, es la puerta de entrada a un problema que atraviesa a miles de adultos en la ciudad y que casi nunca se nombra como lo que es: la dificultad crónica para poner un límite.
Vázquez lo explica sin rodeos. Acá en la zona centro, el ritmo de vida apura y la gente termina aceptando cosas que no quiere aceptar, desde un favor enorme hasta un destrato cotidiano, porque cree que decir que no es traicionar al otro. Esa confusión entre amar y tolerarlo todo es, según la especialista, la raíz de muchos de los malestares que hoy llegan al consultorio en forma de ansiedad, de insomnio, de contracturas que no se explican en un estudio médico y de un resentimiento que se va guardando como un archivo viejo en un cajón que nunca se abre.
Por qué nos cuesta tanto decir que no
La dificultad para poner límites no aparece de un día para otro ni es, como se suele creer, un defecto de carácter con el que se nace. Se construye, y se construye muy temprano. Un bebé necesita que alguien le marque el afuera, que a veces le diga que no, que otras lo haga esperar. Esa experiencia de frustración, vivida en los primeros meses y años, es la que va dibujando la diferencia entre uno mismo y el otro. Cuando ese proceso no se completa, el adulto queda atrapado en uno de los dos patrones que la psicopedagoga ve una y otra vez en su práctica.
- El que no puede poner límites: aprendió que su deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. Acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Paga el costo en ansiedad, en cansancio que ningún descanso resuelve y, con los años, en síntomas físicos que el cuerpo empieza a poner en el lugar de la palabra que no salió.
- El que no tolera el límite ajeno: vive cualquier no como una ofensa. Su postura parece fortaleza, pero esconde una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones terminan girando alrededor de su voluntad y, a la larga, se vacían.
El cuerpo como frontera que habla
Vázquez insiste en un punto que a sus pacientes suele sorprenderles. Cuando alguien no puede decir basta con palabras, el cuerpo se encarga. Dolores que aparecen y desaparecen sin una causa orgánica clara, noches en vela, jaquecas que resisten a los calmantes, contracturas en la espalda o en la mandíbula. Son, dice la especialista, límites que la persona no se animó a poner y que el organismo termina poniendo por su cuenta. Por eso, en un consultorio de clínica médica suele faltar la mirada que conecte esos malestares con la historia de aguantar en silencio.
El otro extremo también hace daño, y mucho. Marta, vecina del barrio de San Cristóbal, de 52 años, cuenta que durante años convivió con un hijo que no aceptaba un no por respuesta. Cada vez que ella intentaba marcar algo, un horario, una decisión, una negativa, la discusión se volvía un campo de batalla. Ella, que es docente, fue aprendiendo a callar para mantener la paz. Hasta que un día, dice, se dio cuenta de que su casa ya no era suya. Esa imagen, la de una casa propia que de a poco se va volviendo ajena, es la que mejor resume lo que pasa cuando no se tolera el límite del otro.
Entre la sumisión y la imposición hay un punto intermedio al que, para Vázquez, vale la pena llegar: la capacidad de decir que no sin sentirse culpable y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Ese punto tiene un costo real, advierte la psicopedagoga, porque muchas veces implica arriesgar un vínculo con alguien de quien uno depende, afectiva o económicamente. Pero ese costo, dice, suele ser más chico que el de seguir callando o el de seguir avasallando. Y lo mejor es que no estamos hablando de un rasgo inmodificable: lo que se construyó en un momento se puede revisar en otro. Un tratamiento adecuado, señala, ofrece el espacio para aprender a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro. Para quienes llegan a la consulta agotados, esa es, en general, la noticia que estaban esperando escuchar.
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