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JUE, 22 OCT 2026
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Cuando el barro y la paciencia le ganan al píxel: cinco años a la sombra del bosque de Wildwood

Laika vuelve a arremeter con una película de stop-motion que parece sacada de un taller de artesanías del conurbano: 231 muñecos, 136 escenarios y una épica que no les baja el precio a las grandes producciones digitales. Acá te cuento por qué esta sexta entrega del estudio Oregoniano bien vale una tarde larga en el cine.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · · lectura 5 min
Cuando el barro y la paciencia le ganan al píxel: cinco años a la sombra del bosque de Wildwood

Les confieso algo antes de arrancar: cada vez que escucho hablar de un nuevo estreno de Laika me acuerdo de mi vieja, que decía que las cosas bien hechas son como el guiso de los domingos, llevan su tiempo y nadie se queja cuando la olla queda chica. Y esa frase me volvió a la cabeza mientras investigaba Wildwood, la película que el estudio Oregoniano presentó hace pocas semanas y que llega como su producción más ambiciosa desde que en 2009 nos deslumbraron con Coraline. Son nada menos que seis los largometrajes que llevan acumulados, entre los que se cuentan títulos de la talla de Kubo y las dos cuerdas mágicas y El alucinante mundo de Norman, y en todos ellos se repite una misma filosofía de trabajo que a esta altura ya es marca registrada: nadie corre, nadie improvisa, y cada fotograma se construye a mano como si fuera una pieza de orfebrería.

Antes de meternos en la película conviene describir el galpón. Imagínense una nave enorme en las afueras de Portland, iluminada con esa luz tibia de los talleres de barrio, donde decenas de artesanos conviven durante meses con minúsculas figuras de arcilla, telas cosidas a mano y decorados que parecen maquetas de arquitectura. En ese ecosistema de paciencia casi monástica se gestó Wildwood a lo largo de cinco años, con un equipo que en su pico de actividad llegó a movilizar a decenas de personas para animar 231 muñecos articulados distribuidos en 136 escenarios distintos, todos construidos a mano. El resultado es un filme de 132 minutos, una duración inusual para el género, que se anima a contar una historia de aventura épica sin por ello dejar de lado la violencia, las relaciones complejas y un tono que claramente está pensado para un público adolescente y adulto, muy lejos de la moraleja sencilla que a veces se le endilga al stop motion.

Prue, Curtis y un bosque que se come la pantalla

La historia sigue a Prue y Curtis, dos protagonistas que se internan en un universo de proporciones considerables, un mundo fantástico que el estudio construye con esa minuciosidad geográfica que ya es sello de la casa. Laika, vale recordarlo, opera con independencia creativa sostenida por el respaldo financiero de Nike, lo que le permite encarar proyectos de esta envergadura sin los condicionamientos comerciales que pesan sobre los grandes estudios digitales. Esa libertad se nota en la película, que evita la moraleja fácil y se permite una narrativa más cercana a la épica que a la fábula infantil, con batallas de gran escala y un tercer acto que es, a juicio de quienes la vieron, el punto de mayor exigencia técnica del proyecto: cientos de figuras moviéndose de manera sincronizada en una secuencia de combate donde cada fotograma requiere reposicionar manualmente cada muñeco, un trabajo de precisión extrema que explica por qué un plano de pocos segundos puede llevar semanas de rodaje.

Ahora bien, no todo es color de rosa. Aunque la película construye su mundo de forma ágil y sin renunciar a la complejidad, el desarrollo de los personajes principales muestra algunas limitaciones que, según coinciden varias críticas, derivan del material de origen en el que se basa el guion. Es como cuando un buen cocinero prepara un plato con ingredientes que ya venían algo golpeados del mercado: por más esmero que le ponga, hay detalles de la materia prima que no se pueden disimular. En el caso de Wildwood, eso se traduce en que Prue y Curtis no terminan de quedar grabados en la memoria con la misma intensidad con la que sí lo hacen los decorados y las secuencias de acción.

“En el stop-motion tradicional cada fotograma requiere reposicionar manualmente cada figura, lo que convierte una escena de esa magnitud en un trabajo de precisión extrema.”Material de prensa del estudio Laika

La pregunta que nos queda dando vueltas

Y acá me permito abrir el juego, porque es la pregunta que sobrevuela toda la cobertura: ¿creés que el cine de animación artesanal puede competir de igual a igual con las producciones digitales de los grandes estudios, o Wildwood es más bien la excepción que confirma la regla? Mi postura, ya que estamos en confianza, es que la competencia no pasa por ganarle a Marvel o a Pixar en volumen de efectos, sino por ocupar un lugar que esas productoras hace rato abandonaron: el del oficio, la paciencia y la materia visible. Mientras la animación digital tiende a borrar las huellas del trabajo humano, el stop motion de Laika las exhibe con orgullo, y en esa diferencia hay una propuesta estética y hasta política que vale la pena defender, aunque sea desde la butaca del cine.

Dónde, cuándo y qué se come

Wildwood todavía no tiene fecha de estreno confirmada para la Argentina, así que por ahora lo que les puedo decir es lo que se sabe: la película se estrenó en Estados Unidos y se espera que durante el primer semestre del año próximo empiece a rodar por festivales internacionales, lo que suele ser la antesala del desembarco en las salas locales. En el mientras tanto, les sugiero algo bien a la nuestra: si les gusta el plan, armen una noche de stop-motion en casa con Coraline o Kubo, háganse un buen balde de pochoclos bien salados, y cuando llegue el momento de verla en pantalla grande, vayan sin chicos chiquitos y con la misma paciencia con la que se mira crecer un bonsái. Ahí se entiende por qué Laika sigue siendo, para mí, el taller de artesanías más importante del cine de animación contemporáneo.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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