Cuando el Himalaya te cambia la vida, aunque creas que vas a cambiarlo a él
Brad Pitt se pone en la piel de Heinrich Harrer, la criatura australiana que la criatura austríaca acaba siendo: un alpinista que dejó todo para escalar y volvió con algo que no esperaba, y la peli de Annaud sigue tan viva como la prohibición china que arrastró.
Yo siempre digo, como repetía mi abuela de la colectividad austríaca chaqueña —muy distinto por usted, claro está, porque ella decía cualquier cosa con un strudel de por medio—, que cuando uno se va lejos termina volviendo otro, y algo de eso late en Siete años en el Tíbet, el filme de Jean-Jacques Annaud que vuelve a circular por las plataformas y que sigue provocando eso que a mí, como espectadora de cuarenta y tantos con doscientas películas encima, me parece lo más interesante de cualquier peli: que te mueva el sillón.
El galpón, la sala, la montaña: antes que la peli, el decorado
Porque antes de hablar del guion hay que contar dónde se rodó, que es parte del asunto: Annaud armó un verdadero galpón de ficción en el altiplano, con sets desplegados en Nepal y en la Argentina, allá por 1996 y 1997, y la propia cadena logística daba cuenta de la enormidad del proyecto, con equipos entrando y saliendo de aldeas a cinco mil metros para capturar esa luz particular del Himalaya que uno ve en la sala y que parece de otro siglo, y ahí ya empieza la peli aunque todavía no haya salido un solo fotograma en pantalla.
Heinrich, el alpinista que pensaba que el mundo era una pared
La historia arranca en 1939 y ahí conocemos a Heinrich Harrer, un alpinista de élite interpretado por un Brad Pitt al que todavía le faltaban un par de musculaturas actorales pero que igual llena la pantalla con esa cosa suya de tipo alto y rubio que parece sacado de una postal, y lo vemos dejando en Europa a su esposa embarazada y a un hijo por llegar para irse a escalar el Himalaya, lo que en aquel momento era el Everest, y entonces la guerra le revuelve el plan y termina prisionero de los ingleses en un campo de la India, y es justamente ese cautiverio, esa pausa involuntaria, la que termina siendo la bisagra de toda la historia.
Porque la peli es ante todo una historia de transformación personal, y eso Annaud lo cuenta con paciencia de artesano, sin apurarse, dejando que el espectador se acomode en la incomodidad del personaje, y eso, para mí, es lo que la rescata del típico relato de aventuras para transformarla en algo más hondo, más cercano, más de domingo a la tarde con un libro entre manos.
La fuga, el Dalai Lama y la amistad que nadie vio
Harrer logra escapar y atraviesa el Himalaya hasta llegar a Lhasa, y allí se cruza con el Dalai Lama, que en la peli es un niño, y entre los dos nace una relación improbable, tierna, casi de maestro y alumno al revés, y es ahí donde el film pega el salto: ya no es una peli de acción en la montaña sino un retrato del vínculo entre un occidental descreído y un chico que gobierna un pueblo entero con una sabiduría que al personaje de Pitt lo desarma, y Annaud filma ese proceso con una delicadeza enorme, dejando que las escenas respiren, que las conversaciones se estiren, que uno tenga ganas de quedarse ahí escuchando, y por eso la peli dura sus dos horas y pico y no se siente larga, que ya es bastante.
Mientras tanto, del lado de afuera de la pantalla, China se prepara para invadir el Tíbet, y ese contexto histórico va entramándose con el recorrido íntimo del personaje, de modo que la peli funciona en dos planos que se alimentan mutuamente: lo que le pasa a Harrer por dentro y lo que le pasa al Tíbet por fuera, y esa doble lectura es la que le da a Siete años en el Tíbet su peso, su densidad, y la explica, en parte, por qué sigue conversándose casi tres décadas después de su estreno.
Las consecuencias que la peli nunca imaginó
- En 1997 China prohibió los estrenos de Sony Pictures en su territorio y la restricción se mantuvo durante todo ese año, lo que dejó a la majorola con un agujero enorme en una distribución como la del mercado chino.
- A Brad Pitt y a Jean-Jacques Annaud les aplicaron la medida extrema del veto de ingreso al país, una prohibición que inicialmente se estableció de por vida, algo que en el mundo del cine internacional tiene muy pocos precedentes.
- Con el tiempo las cosas cambiaron: Annaud pudo entrar en 2012 y filmó allí El último lobo, mientras que Pitt recién consiguió pisar suelo chino en 2014, lo que muestra que la diplomacia cultural también es un camino lento.
Y a mí, que sigo la carrera de Annaud desde sus primeras pelis y que vi Siete años en el Tíbet en el cine cuando todavía se iba al cine, me gusta pensar que esa huella que dejó la peli en la geopolítica del entretenimiento dice mucho de lo que un film puede hacer cuando toca un nervio histórico, porque no todos los filmes logran que un país le cierre la puerta a su protagonista y a su director, y eso, aunque sea una rareza, forma parte del recorrido de esta historia que hoy vuelve a estar disponible para quien quiera reencontrarse con ella o descubrirla por primera vez.
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