Cuando la panza avisa: por qué la monotonía en la mesa puede jugarnos en contra
Una nutricionista clínica estadounidense advierte que gases, hinchazón y cambios persistentes en las deposiciones merecen consulta profesional, y que la variedad de alimentos y los hábitos cotidianos son la base del equilibrio intestinal.
Me lo cruzo seguido en el colectivo, en la verdulería, en la sala de espera del médico: la vecina de toda la vida, Marta, que vive acá en la zona centro, me cuenta que hace meses le hincha la panza después de comer, que tiene gases que no la dejan ni dormir, y que ya se acostumbró a convivir con el reflujo como si fuera parte del paisaje. Le pregunto si fue a un profesional y me dice que no, que seguro es nervioso, que ya va a pasar. Lo cierto es que esa normalidad autoimpuesta es justo lo que un equipo de salud digestiva busca desarmar antes de que algo menor se vuelva un problema serio, y por eso me parece importante detenerme en este tema con el cuidado que se merece, porque nosotros solemos subestimar las señales que el cuerpo nos manda a diario y porque hay recomendaciones muy concretas que pueden mejorar la calidad de vida sin necesidad de grandes revoluciones en la rutina.
Cuando el cuerpo pide consulta y no un consejo de pasillo
La licenciada Marcie Vaske, especialista en nutrición clínica, lo dijo con una claridad que me dejó pensando: convivir con gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no debería convertirse en una costumbre, y cuando esas molestias se prolongan en el tiempo lo que corresponde es una evaluación profesional, porque detrás pueden esconderse intolerancias, enfermedades digestivas o alteraciones de la microbiota que ningún consejo genérico puede terminar de resolver. Esa frase me parece que resume el punto de partida de toda esta conversación: el cuerpo no se queja por vicio, se queja porque algo está fuera de lugar, y naturalizar el malestar es, en el fondo, una manera de postergar el alivio.
La fibra como aliada y el riesgo de la dieta repetida
- Frutas y verduras frescas, idealmente crudas o poco cocidas, porque conservan mejor su aporte de fibra y nutrientes.
- Legumbres como lentejas, garbanzos o porotos, que además aportan proteína vegetal y ayudan a sentirse satisfecho por más tiempo.
- Frutos secos y semillas, en porciones moderadas, como parte de colaciones o incorporados a ensaladas y yogur.
- Cereales integrales en lugar de sus versiones blancas, porque conservan el salvado y el germen donde se concentra la fibra.
- Alimentos fermentados como yogur, kéfir o chucrut, que pueden sumar diversidad microbiana aunque nunca reemplazan la consulta médica.
La Organización Mundial de la Salud recomienda incluir estos grupos de alimentos en la alimentación cotidiana y alcanzar un consumo diario de al menos cuatrocientos gramos de frutas y verduras, una cifra que a veces suena abstracta pero que se traduce, en la práctica, en cubrir la mitad del plato con vegetales y sumar dos o tres frutas frescas a lo largo del día. Cuando en la mesa predominan pocas preparaciones y los ultraprocesados se vuelven protagonistas, esa diversidad se pierde, y la dietista Jenna Volpe advierte que sostener ese patrón puede modificar la microbiota intestinal y favorecer procesos inflamatorios que después se traducen en malestar, cansancio o digestiones pesadas que parecen no tener explicación.
Antibióticos, estrés y movimiento: el resto de la fórmula
En el intestino conviven bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que intervienen en la digestión, en las defensas del organismo y hasta en la manera en que obtenemos energía de los alimentos, una comunidad enorme y delicada cuya composición cambia con el tiempo según la alimentación, los medicamentos y el ritmo de vida. El Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de los Estados Unidos ubica a la dieta y a los fármacos entre los principales factores que pueden modificar ese equilibrio, y por eso los antibióticos merecen un párrafo aparte: son necesarios frente a infecciones bacterianas cuando un profesional los indica, pero su uso innecesario puede afectar a microorganismos beneficiosos y dejar huellas que tardan en repararse, de ahí la recomendación sanitaria de tomarlos siempre con prescripción médica y completar el tratamiento hasta el final, sin acortar ni extender los días por cuenta propia. A ese cuadro se suma el estrés, que la gastroenteróloga Asma Khapra describe como capaz de alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y de aumentar la sensibilidad intestinal, algo que muchos traducen en una panza que se revoluciona en épocas de mucho trabajo o de preocupaciones familiares. Para completar el círculo, la Organización Mundial de la Salud sugiere para los adultos entre ciento cincuenta y trescientos minutos de actividad física por semana, una franja que se puede cubrir con caminatas, bicicleta, baile o cualquier movimiento que se sostenga en el tiempo y que, además del beneficio cardiovascular, ayuda a que el aparato digestivo funcione con menos sobresaltos. Con todo eso sobre la mesa, lo que Marta espera, y seguramente lo que muchos de nosotros esperamos también, es volver a comer tranquilos, dormir sin que la panza marque el ritmo y entender que cuidarse el intestino no es un capricho de fin de semana sino una inversión diaria que empieza por aceitar la variedad en el plato, respetar las indicaciones médicas y animarse a consultar cuando las molestias dejan de ser una excepción para convertirse en una compañía demasiado habitual.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Colorada Noticias