Cuando lo que uno ve o cree deja de coincidir con lo que ven los demás: las señales que justifican una consulta médica
De las imágenes que aparecen sin estímulo externo a la sensación de no reconocerse en el espejo, una especialista repasa las experiencias perceptivas y de pensamiento que merecen una evaluación profesional. Cuáles se asocian a cuadros neurológicos, cuáles a psiquiátricos y por qué no hay que automedicarse ni esperar.
Son las nueve de la mañana acá en la zona centro y la consulta empieza antes de que la paciente se siente. Hay algo que viene arrastrando desde hace semanas y que, según me dice, la tiene sin dormir: de un día para el otro, las paredes del living le parecen más chicas, los cuadros más grandes y la voz de su nieta, cuando la llama por teléfono, le llega como si viniera desde el fondo de un pozo. Ella sabe que algo raro le pasa. Sabe, sobre todo, que no encuentra una explicación. Y acá, mientras le ofrezco un vaso de agua, aparece la pregunta que más escucho en el consultorio: ¿esto me está pasando solo a mí?
La respuesta corta es sí: puede ser una experiencia que solo ella perciba. Y la respuesta larga, la que vale la pena repasar en esta nota, es que no hace falta entender qué está pasando para pedir una evaluación médica. Ver cosas que nadie más ve, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener una creencia firme que afecta la vida cotidiana son motivos suficientes para sentarse frente a un profesional, según me explica la médica psiquiatra con la que conversé para preparar este informe. La clave, dice, no es ponerle nombre a lo que ocurre en el living de cada casa, sino distinguir experiencias diferentes para que la evaluación tenga un norte.
Tres palabras que suelen confundirse y que conviene separar
Antes de seguir, una aclaración que parece técnica pero cambia todo. Distorsión, alucinación y delirio no son sinónimos, aunque en la conversación cotidiana se usen como si lo fueran. Una distorsión modifica la percepción de algo que existe: la habitación está ahí, pero se ve más chica o más grande; el brazo está, pero parece otro. Una alucinación supone percibir algo sin que haya un estímulo externo que lo produzca: una voz que nadie gritó, una figura que nadie ve. Un delirio, en cambio, es una creencia fija que se mantiene aunque la evidencia la desmienta: alguien está convencido de que su pareja lo engaña, de que un vecino lo vigila, de que ya no existe. Esa diferencia importa porque cada una de esas experiencias puede tener causas muy distintas, y el abordaje también.
Cuando los ojos mandan señales que el resto no ve
Hay un cuadro que los oftalmólogos y los psiquiatras conocen bien y que suele generar confusión en las familias. Se llama síndrome de Charles Bonnet y ocurre en personas con pérdida importante de visión: pueden ver imágenes complejas, a veces personas, a veces animales, a veces escenas enteras, y al mismo tiempo reconocer que eso no está pasando afuera. Reconocer que no son reales no le quita lo inquietante que resulta vivirlas, y la evaluación contempla exámenes neurológicos y cognitivos. En presentaciones atípicas, me explican, se piden también neuroimágenes para descartar otras causas. El punto para nosotros, los que acompañamos a un familiar grande en este proceso, es que ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. A veces, el ojo es el que está hablando.
El cuerpo que se encoge, el tiempo que se estira
Otra experiencia que aparece con relativa frecuencia en la consulta es la alteración del tamaño aparente del cuerpo o del entorno. Hay un síndrome que lleva el nombre del cuento que todos leímos de chicos, el de Alicia en el País de las Maravillas, y que en la clínica sirve para describir justamente eso: la sensación de que las manos crecen, de que el techo se aleja, de que el reloj se detuvo. Una revisión de 169 casos recogida por la literatura médica encontró que, en adultos, la causa más frecuente detrás de estas percepciones es la migraña, mientras que en menores de 18 años predominan las encefalitis. Eso no quiere decir que cualquier sensación así sea migraña o encefalitis, pero sí que el cuerpo, cuando se expresa de manera extraña, merece que lo escuchen con estudios.
“No hace falta saber qué está pasando para pedir una evaluación médica. Ver cosas que nadie más ve, sentir que el cuerpo cambió de tamaño o sostener una creencia firme que afecta la vida cotidiana son motivos suficientes para sentarse frente a un profesional.”Médica psiquiatra consultada para esta nota
Creencias que se vuelven parte del problema
Hay otro grupo de experiencias que comprometen las ideas que alguien tiene sobre sí mismo o sobre los demás. Pueden incluir la convicción de no existir, de haberse transformado en un animal o de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor. Estas vivencias requieren atención profesional, y un punto que la especialista subraya con énfasis: no deben interpretarse como conductas voluntarias ni como caprichos. Cuando alguien sostiene una de estas creencias con una firmeza que no se mueve frente a ningún argumento, no está eligiendo hacerlo: le está pasando. Lo mismo ocurre con los celos delirantes, que no equivalen a los desacuerdos habituales de pareja: son una convicción fija, con sufrimiento intenso y con impacto real en la vida de los que están alrededor.
- Distorsión: cambia cómo se percibe algo que existe, como una habitación que se ve más grande o más chica.
- Alucinación: aparece una percepción sin estímulo externo, como una voz que nadie gritó o una figura que nadie más ve.
- Delirio: es una creencia fija que se sostiene aunque haya pruebas en contra, como la convicción de que la pareja engaña o de que un vecino vigila.
- Síndrome de Charles Bonnet: imágenes complejas en personas con pérdida importante de visión, que suelen reconocer como no reales.
- Síndrome de Alicia en el País de las Maravillas: alteración del tamaño aparente del cuerpo, del entorno o del tiempo, asociada en adultos a migraña y en menores a encefalitis.
- Sensaciones de infestación: descartar primero infestación real, déficits vitamínicos, problemas de tiroides, infecciones o consumo de sustancias antes de cualquier diagnóstico psiquiátrico.
Antes de cerrar, una aclaración que me parece importante compartir con los lectores que, como Carmen, una vecina del barrio de Constitución con la que hablé esta mañana mientras esperaba el colectivo, tienen a un familiar grande en casa y no saben cuándo consultar. La sensación de tener organismos sobre la piel o debajo de ella, que en la clínica se conoce como delirio de infestación, no se trata como un diagnóstico psiquiátrico de entrada. Primero hay que descartar una infestación real, sí, pero también déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias, porque cualquiera de esas causas puede estar dibujando el cuadro. Y el tratamiento, me dice la especialista, depende de lo que aparezca en esa evaluación. No de lo que se nos ocurra en la mesa familiar un domingo a la noche.
Ahora bien, ¿qué espera la gente cuando sale del consultorio? En general, espera dos cosas: que alguien le diga qué le pasa y que ese nombre no le cambie la vida para siempre. La buena noticia es que muchas de estas experiencias, cuando se las aborda a tiempo y con los estudios correspondientes, tienen tratamientos efectivos. La mala es que esperar no ayuda: cuando se sostienen en el tiempo sin evaluación, suelen sumar sufrimiento y complicar los vínculos. Por eso, si algo de lo que se cuenta en esta nota resuena en alguna casa de la zona centro o de cualquier otro barrio del país, la indicación es concreta: pedir una consulta. No para confirmar un miedo, sino para sacárselo de encima. Nosotros, mientras tanto, seguimos aquí, escuchando.
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