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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

Cuando te hiciste cargo de todos y nadie se hizo cargo de vos: la trampa silenciosa de los 60

La psicología clínica advierte sobre un perfil muy común entre los adultos mayores: personas que durante décadas fueron el pilar de su familia y su entorno, siempre disponibles para escuchar, aconsejar y resolver, y que al llegar a la sexta década descubren que sus vínculos eran en su mayoría funcionales. Acá, por qué pasa y qué se puede empezar a hacer antes de que sea tarde.

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Yanina BenítezSociedad y vida · · lectura 4 min
Cuando te hiciste cargo de todos y nadie se hizo cargo de vos: la trampa silenciosa de los 60

Son las nueve de la mañana del martes y en el teléfono de Marta suena por tercera vez la misma llamada. Es su hija, otra vez con un problema de papeles; después será una prima que necesita un favor con el turno del médico; después, un vecino del edificio de la cuadra del colegio que precisa una recomendación laboral. Marta tiene 61 años, vive en un departamento de la zona centro, y atiende todo. Preguntenle a ella si está cansada y va a decir que no, que está bien, que es así, que siempre fue así. Lo que no sabe todavía, o no se anima a decirlo en voz alta, es que cuando un día necesite que alguien la atienda a ella del otro lado, el teléfono puede tardar en sonar.

La escena no es inventada al azar: la describen una y otra vez los consultorios de psicología clínica, y la volvió a poner sobre la mesa un informe reciente que recorrió el mundo bajo un título bien directo: por qué quienes cuidan a todos pueden llegar a los 60 en soledad. La respuesta corta no tiene que ver con la falta de contactos, de experiencia ni de capacidad para relacionarse. Tiene que ver, justamente, con lo contrario.

El perfil que nadie ve venir

Durante décadas, estas personas fueron el pilar de sus familias y de sus entornos. Escucharon, mediaron, resolvieron. Coincidieron con crisis ajenas, acompañaron duelos de otros, organizaron fiestas familiares, aconsejaron a hijos, nietos, hermanos y amigos. Casi todos los que las conocen las describen con la misma palabra: fuerte. Y acá en la zona centro, en cualquier barrio porteño o de las grandes ciudades argentinas, esa palabra es un sello que cuesta muchísimo sacarse de encima.

Los especialistas le ponen un nombre técnico, cuidado compulsivo, pero la idea es bastante sencilla de explicar: la identidad se arma alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Y el entorno lo aprende rápido. Aprende que esa persona no pide, no se queja, no necesita. Aprende que está ahí para dar, no para recibir. Con el paso de los años, esa asimetría deja de notarse: parece parte de la personalidad, cuando en realidad es una coreografía que todos terminaron bailando sin discutir.

Lo que cambia cuando cambia el contexto

El mecanismo se vuelve visible, dicen los expertos, cuando las circunstancias cambian. Una salida del mercado laboral, una pérdida personal, una mudanza, cualquier crisis propia. Ahí aparece la revelación incómoda: muchos de esos vínculos dependían de la utilidad funcional. Del acceso a cierta experiencia, a ciertos contactos, a cierta capacidad de gestión. Cuando la utilidad se corta, la red se adelgaza.

Hay además un obstáculo muy concreto, y muy argentino: la dificultad para pedir ayuda. Marta, la del teléfono que sonaba, lo vive en carne propia. Pedir auxilio se vive como una amenaza a la autoestima; mostrar vulnerabilidad resulta incómodo porque contradice la imagen que se construyó durante años. Esa incomodidad lleva a enfrentar las crisis propias en soledad, incluso cuando hay personas cerca. Incluso cuando hay hijos, hermanos, amigos.

“Yo siempre pensé que el que pide pierde, y que mientras más solo me las arreglaba, más fuerte me veían. Ahora me doy cuenta de que muchos me llamaban para pedirme algo, no para verme.”Marta, vecina de la zona centro

La salida que propone la psicología no es dejar de cuidar a otros. Eso sería, además de injusto, casi imposible para gente que tiene ese rol tan incorporado. La salida es habilitar la reciprocidad. Y eso se trabaja con dos movimientos muy concretos, que vale la pena anotar: comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, y revisar qué vínculos se sostienen solo por la utilidad que uno aporta.

Cuanto antes se empiece a trabajar este patrón, más margen hay. Más tiempo para construir relaciones de ida y vuelta antes de que la vida se reorganice otra vez, esta vez alrededor de la jubilación, de una vejez que a veces uno prefiere no mirar de frente. A los 60 todavía se está a tiempo. A los 50 también. Lo que cuesta entender, y acá también habla la experiencia de los consultorios, es que la mejor manera de cuidar al que tenemos al lado muchos años es empezar por animarnos a decir que nosotros también necesitamos. Eso, que parece tan chico, es lo que vuelve a un vínculo un lazo y no un servicio.

Marta, la del teléfono, todavía no llamó a su hija para decir lo que siente. Pero cuenta que el otro día, mientras hacía las cuentas a fin de mes, pensó en cómo le gustaría que la invitaran a un café sin tener que ser ella la que organice. Es un deseo chico. Sin embargo, para alguien que construyó toda una vida en torno a dar, es un primer paso enorme. Esperemos que no tarde otros diez años en pedirlo.

YB
Yanina BenítezSociedad y vida

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