Denisse González, del susto al aprendizaje: “Yo no soy la enfermedad”
La exparticipante de Gran Hermano contó cómo atravesó dos internaciones por púrpura trombocitopénica, qué tratamientos probó y por qué eligió hablarlo en público. Una crónica en primera persona sobre el miedo, los controles pendientes y el valor de sentirse acompañada.
Cuando uno escucha la palabra enfermedad, suele imaginarse algo lejano, algo que le pasa al vecino del quinto o a la señora que toma mate en la vereda de enfrente. Pero la vida tiene esas vueltas que nos sacuden sin aviso, y a veces lo que empieza como un chequeo de rutina termina con un turno en terapia y un diagnóstico que cuesta pronunciar. Eso le pasó a Denisse González, la chica que todos recordamos por Gran Hermano, y que en las últimas semanas se animó a contar en cámara lo que nadie quería escuchar: que su cuerpo le pasó una factura fuerte y que todavía la está pagando.
Denisse habló en un programa de televisión con la soltura de quien ya lloró lo que tenía que llorar en privado, y con la serenidad de quien entendió que compartir lo que le pasaba podía servirle a alguien más. Dijo que está estable, palabra médica que para los que pasamos por algo parecido sabemos que significa algo así como “por ahora respiramos”. Pero detrás de ese “estable” hay cuatro tratamientos probados, dos internaciones que le cambiaron la cabeza y un aprendizaje muy concreto: que una no es lo que le pasa, aunque a veces duela como si lo fuera.
El diagnóstico que llegó sin hacer ruido
La muchacha contó que le detectaron púrpura trombocitopénica idiopática, un nombre largo y enredado para una enfermedad que en criollo significa que las plaquetas, esas células chiquitas que cuidan que no nos desangremos por cualquier lastimadura, se van al piso sin aviso y sin explicación clara. Durante la charla, el médico Guillermo Capuya aclaró algo importante, y que vale la pena repetir: hoy se la llama púrpura trombocitopénica inmune, porque lo de idiopática sonaba a “no sabemos por qué” y la ciencia ya reconoce que el sistema inmunológico tiene bastante que ver en el asunto.
“Fui a hacerme un chequeo de rutina y terminé internada.”Denisse González
Esa frase la dice ella, y suena casi a chiste, pero no lo es. Denisse llegó al consultorio pensando en volver a casa con un par de estudios firmados, y terminó en una cama de hospital con un número que ningún paciente quiere ver en un análisis: mil plaquetas, cuando lo normal es moverse entre ciento cincuenta mil y cuatrocientos mil. Para que se entienda, eso quiere decir que cualquier rasguño era un riesgo, que un cepillarse los dientes podía ser una aventura, y que las actividades más simples, esas que uno hace sin pensar, de repente se llenaban de carteles de prohibido pasar.
Cuando el cuerpo frena y la cabeza empieza a correr
Confiesa Denisse que los primeros días sintió miedo, ese miedo espeso que se mete en la pancha antes de dormir y que no te deja pensar en otra cosa. Y reconoce algo que muchos callamos: que todavía le cuesta verse atravesando este proceso, que le cuesta imaginarse enfermable a ella, que siempre se mostró entera. Ahí aparece la frase que da título a esta nota y que resume medio manual de salud emocional: “Yo sé que tengo una enfermedad, pero yo no soy la enfermedad”. Una frase que parece simple y que no lo es, porque separar lo que somos de lo que nos pasa requiere una fuerza que no se aprende en los manuales.
Por qué eligió contarlo en las redes
Denisse vive de las redes, de mostrarse, de contar su día a día. Y cuando alguien vive de exponerse, el silencio se convierte en un mensaje. Ella misma lo explica: no quería desaparecer un mes sin dar una explicación, sin aclarar por qué dejaba de aparecer, por qué no subía historias, por qué los stories se cortaban. Decir la verdad, entonces, fue también una manera de cuidar su laburo, sí, pero sobre todo de no dejar que la gente llenara los huecos con rumores. Y, de paso, terminó conectando con un montón de personas que pasan por lo mismo y que le escribieron para contarle sus propias peleas. A veces, contar lo propio es el primer paso para que el otro se anime a contar lo suyo.
Bautista, las visitas y el mate en la sala
En medio de tanto estudio y tanta aguja, hubo un sostén que la propia Denisse se encarga de nombrar: su pareja, Bautista Mascia. Lo menciona con ese tono de quien sabe que sin esa mano cerca el cuento habría sido otro. Y a partir de ahí, se larga a reivindicar algo que quienes pasamos por una internación sabemos de memoria: las visitas, los mates compartidos al lado de la cama, las conversaciones que no curan pero que curan igual, las palabras que distraen el dolor. A veces alcanza con que alguien se siente al lado y te pregunte cómo estás hoy, sin demasiada vuelta, para que la jornada cambie de color.
Qué queda hacia adelante
Hasta acá, lo que Denisse sabe es esto: los tratamientos parecen estar haciendo lo que tienen que hacer, pero todavía no hay garantía de nada. No sabe si va a tener que tomar medicación para siempre, y esa incertidumbre la maneja como puede, con controles seguidos y análisis que le van midiendo cómo responde el cuerpo. Mientras tanto, sigue adelante, sube contenidos, trabaja, se muestra, y cada tanto recuerda que detrás del micrófono hay una persona que también se asusta.
Yo me quedé pensando en una cosa mientras escribía esta nota, y se las dejo como pregunta para llevar a casa: ¿qué formas de acompañamiento consideramos más útiles durante una internación? ¿Un llamado, un mensaje, un allegado con un termo, una mano apretada en silencio? Sirve cualquier gesto, pero sirva o no, vale la pena hacerlo.
Dónde verla, cuándo y qué se come
Por ahora, Denisse sigue activa en sus redes, donde viene compartiendo partes de su recuperación y agradecimientos a quienes se prendieron en mensajes de apoyo. Sus próximos pasos pasan por estudios programados y por la decisión, todavía abierta, de si continuará con medicación de forma permanente. Para los curiosos, queda una invitación que ya es toda una marca registrada en su estilo: estar atentos a sus stories, que de a ratos se llenan de mate cocido, facturas de la panchería de siempre y, ahora también, de reflexiones que invitan a cuidarse un poco más. La cultura del mate, diríamos en el barrio, como terapia casera y gratuita al lado de cualquier tratamiento.
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