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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

La bola negra que Lorca dejó a medias y que Calvo y Ambrossi se animaron a rodar

Los directores españoles imaginan un final posible para el manuscrito truncado de García Lorca: un joven marginado por querer entrar a un casino de Granada. Una película que trabaja con cuatro páginas, cartas y recuerdos, y que se anima a completar lo que el asesinato de 1936 se llevó.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · · lectura 5 min
La bola negra que Lorca dejó a medias y que Calvo y Ambrossi se animaron a rodar

Lo dijo alguna vez la abuela de mi vieja cuando se sentaba a la mesa y empezaba a contar una historia que no terminaba nunca: «Lo que no se cuenta, lo termina cualquiera». Yo lo pienso ahora mientras miro la pantalla y pienso en Federico García Lorca, que en 1936 se llevó una obra sin terminar y dejó a un puñado de personajes suspendidos en el aire, esperando una votación que nunca llegó. Esa obra truncada, conocida como La bola negra, es la materia viva con la que Calvo y Ambrossi acaban de armar una película que se atreve a completar lo incompleto, sin pedir permiso pero pidiendo disculpas.

Antes de la función, si es que la hay, conviene describir el galpón donde se guarda la herencia: un recinto blindado, mantenido a una temperatura estable de 21 grados, donde se custodian los papeles del poeta granadino. Allí, junto a otros manuscritos, sobreviven apenas cuatro páginas de La bola negra. Cuatro páginas, un elenco proyectado de hasta 36 personajes y un argumento que Lorca le contó de palabra a su amigo, el dramaturgo Cipriano Rivas Cherif. Con eso, y con una buena dosis de cartas y de recuerdos de quienes lo escucharon hablar, los realizadores españoles armaron una ficción que no pretende ser el original ni un documental: es, como ellos mismos reconocen, un «qué hubiese sido si».

La votación en el casino

Carlos, el protagonista que Lorca había imaginado, es un muchacho de Granada que llega a la puerta de un casino con un pedido que en los años treinta equivalía a una provocación: quiere ser admitido, y los socios lo deciden con una votación a base de bolas. Si predominan las blancas, entra; si predominan las negras, queda afuera. Esa es la maquinaria dramática que el dramaturgo había dejado plantada, con la elegancia simple de las tragedias de pueblo. El motivo del rechazo, según el propio Lorca se lo había contado a su círculo más íntimo, era la homosexualidad del joven, aunque en las páginas que sobrevivieron no aparezca escrita de manera explícita. Sí queda en cambio una conversación entre Carlos y su hermana, un fragmento íntimo que los directores incorporaron tal cual al filme, como se incorpora al álbum de familia una foto que no se quiere tirar.

“Todo es un «qué hubiese sido si».”Javier Calvo y Javier Ambrossi

A mí, lo confieso, me cuesta imaginar qué haría yo si me tocara continuar una obra de Lorca. Porque una cosa es mirar el manuscrito desde la butaca y otra muy distinta es sentarse frente a la máquina y escribir lo que el poeta hubiera querido escribir si los milicianos no lo hubieran fusilado en Viznar en agosto de 1936, cuando tenía 38 años. Por eso me parece valioso el procedimiento que eligieron Calvo y Ambrossi: no inventaron un Lorca nuevo, sino que se sirvieron de los personajes que él ya había previsto, de las cartas que cruzó con sus allegados y de los testimonios de quienes compartieron con él aquellas conversaciones en las que iba bocetando las escenas siguientes. Es un trabajo de orfebre, de costurero, de esas manos pacientes que saben que cuando se hereda una tela rota no alcanza con comprar género nuevo.

Cartas, recuerdos y un final prestado

Lo que se ve en la pantalla, entonces, es una película que nace de la suma de fragmentos: cuatro páginas originales, una constelación de 36 personajes imaginados por el autor, el eco de sus palabras y la libertad creativa de sus adaptadores. Esa combinación da lugar a situaciones y a un desenlace que el dramaturgo nunca llegó a escribir, y que la película presenta como una versión posible, jamás como el capítulo perdido. Hay algo de conmovedor en esa honestidad: el filme no se disfraza de obra completa, no le pone la firma de Lorca a algo que Lorca no escribió. Lo que hace es tender un puente entre lo que quedó y lo que pudo haber sido, y deja al espectador cruzar a su propio ritmo.

  • La obra parte de un manuscrito de apenas cuatro páginas conservado en un archivo a temperatura controlada.
  • El elenco previsto alcanzaba los 36 personajes, entre familiares y amigos del protagonista.
  • La trama se centra en la votación con bolas en un casino de Granada, con las negras como sinónimo de exclusión.
  • El motivo del rechazo era la condición homosexual del joven, no explicitada en el papel pero sí en el relato oral del autor.
  • Lorca alcanzó a contar el argumento a Cipriano Rivas Cherif, lo que permitió reconstruir la idea original.
  • El proyecto fue interrumpido por el asesinato del poeta en Viznar, en agosto de 1936.
  • La película asume su carácter de «qué hubiese sido si», sin presentarse como desenlace escrito por Lorca.

Mientras terminan de acomodar la sala y de revisar la temperatura del proyector, uno se queda pensando en esas obras que se quedan a medio camino, como canciones que se cortan en el estribillo. A veces las terminan los hijos, otras veces los herederos, otras veces, como en este caso, dos directores españoles que se animan a ponerle imágenes a lo que el papel no alcanzó a guardar. La cita que abre esta nota no es de ninguna vedette ni de ningún poeta famoso: es de mi abuela, que mientras pelaba papas repetía que «lo que no se cuenta, lo termina cualquiera». Cuando la función termine y se enciendan las luces, yo voy a querer quedarme un rato más en la butaca, pensando cuántas bolas blancas y cuántas bolas negras le hubiera tocado a Carlos si Lorca hubiera tenido tiempo de terminar la suya.

Dónde se la puede ver: la película recorre actualmente festivales y salas de cine en España y tiene previsto su desembarco en plataformas de streaming en los próximos meses. Cuándo conviene ir: en funciones que no sean de trasnoche, porque la película pide silencio y atención. Qué se come mientras se la comenta: unas tapas de boquerones en vinagre, unas patatas bravas y, si la sala queda lejos del centro, una bolsa de garrapiñadas para el camino a casa, que siempre ayudan a digerir las historias que empiezan y no terminan.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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