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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

La chica de la aguja: cuando la maternidad se cruza con un crimen real en la Copenhague de posguerra

La película de Magnus von Horn reconstruye un caso policial danés de 1913 y lo convierte en una reflexión sobre la pobreza, la desconfianza y los márgenes de decisión de las mujeres en una ciudad marcada por la escasez. Trine Dyrholm compone a Dagmar, la mujer que ofrece soluciones a cambio de un precio que el relato va develando.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · · lectura 4 min
La chica de la aguja: cuando la maternidad se cruza con un crimen real en la Copenhague de posguerra

A mí siempre me hace acordar a lo que decía mi abuela cuando veía una película en blanco y negro: 'Hija, si no hay color es porque la historia no necesita adornos'. Y algo de eso tiene La chica de la aguja, el film que el director sueco-polaco Magnus von Horn estrenó el año pasado y que sigue dando que hablar entre quienes se toman el cine como algo más que un pasatiempo. La película reconstruye un caso criminal real que sacudió a Copenhague en 1913 —el conocido expediente de la 'madre del diablo', Anne Marie Heger— y lo viste con la ropa del drama social para preguntar cosas que todavía incomodan: qué hace una mujer cuando no tiene con qué mantener a su hijo, y hasta dónde es capaz de llegar alguien que dice tener la solución a ese problema.

Antes de que aparezca la trama en pantalla, el film ya está contando algo con sus formas. La fotografía es estrictamente en blanco y negro, la ambientación nos mete en una Copenhague húmeda y gris, con galpones fabriles, pasillos de conventos y pasillos todavía más angostos de pensiones donde entra un frío que se huele. La ciudad aparece lejos de cualquier postal turística: es una capital europea de posguerra donde todavía pesan las privaciones que dejó la Primera Guerra Mundial, y esa atmósfera opresiva funciona como un personaje más, porque condiciona cada decisión que toman las protagonistas.

La sala y la fábrica: el mapa de la pobreza

Von Horn no apura las cosas. Empieza mostrándonos dónde viven y cómo trabajan sus personajes antes de pedirles que reaccionen. Vemos el galpón donde Karoline —una joven obrera interpretada por Vic Carmen Sonne— cose durante horas, y vemos la pieza diminuta a la que vuelve cada noche, con las paredes descascaradas y la calefacción como un lujo ajeno. Esa puesta en escena no es decorado: es el motor silencioso que empuja a Karoline a buscar ayuda cuando descubre que está embarazada y que el padre del bebé, un hombre casado, no piensa dar la cara.

Ahí entra en escena Dagmar, a quien da vida Trine Dyrholm con una presencia que va de lo maternal a lo inquietante sin pasar por la exageración. Dagmar se presenta como una suerte de intermediaria amable, alguien dedicada a conseguir familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. Para Karoline, esa aparición representa una salida concreta frente a un futuro que se le cierra. La película construye el vínculo entre las dos con paciencia, dejando que la confianza crezca como crece en la vida real, con pequeñas conversaciones y gestos que parecen sinceros —hasta que la narración empieza a soltar información que vuelve a teñir todo de sospecha.

“El film no juzga a sus personajes: los pone frente a sus márgenes de elección y deja que el espectador saque sus propias conclusiones.”Elba Zimmermann

Un caso real detrás del relato

  • La historia toma como punto de partida el caso de Anne Marie Heger, la llamada 'madre del diablo' de Copenhague, condenada en 1913 por matar a varios bebés que las madres le habían entregado.
  • Magnus von Horn ya había mostrado interés en temas de vulnerabilidad social en films anteriores como 'Here We Are' y en su opera prima sueca.
  • Trine Dyrholm, que interpreta a Dagmar, es una de las actrices más reconocidas del cine danés contemporáneo, con una carrera que incluye títulos como 'A Royal Affair' y 'The Commune'.
  • La película fue seleccionada por Dinamarca para competir por el Oscar a Mejor Film Internacional en la edición correspondiente.

Lo que a mí más me interesa de La chica de la aguja, y se lo comento a quien me quiera escuchar, es que nunca se pone por encima de sus personajes. No los victimiza ni los condena: los acompaña mientras intentan resolver un problema que la sociedad de la época les dejó sin herramientas. Esa mirada conciliadora, que no esquiva lo que cada uno hace ni lo que cada uno deja de hacer, es la que vuelve a la película tan humana y la que la separa de un thriller policial al uso. Cuando la vean, no se queden solo con el suspenso: quédense con la pregunta de fondo que el film deja picando, esa que tiene que ver con el lugar que una ciudad, y una época, le da a las mujeres que no tienen red.

Dónde verla: La chica de la aguja está disponible en plataformas de streaming seleccionadas y en algunas salas de cine arte de Buenos Aires, donde suele programarse en ciclos de cine europeo contemporáneo. Cuándo: los fines de semana, en funciones nocturnas, suelen ser el mejor momento para encontrar butaca disponible. Qué se come: si la ven en casa, armen una mesa nórdica y de la vieja Europa —pan negro con manteca salada, arenques en escabeche, una cerveza tipo lager bien fría y, de postre, una manzana asada con canela—. No es obligatorio, pero ayuda a entrar en clima.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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