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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La consulta al psicólogo que empieza preguntando qué comés: una propuesta para mirar la salud mental con ojos más amplios

La psicóloga Kimberley Wilson plantea que el cansancio, la apatía y el bajo ánimo merecen una evaluación que también revise la alimentación, el descanso y los hábitos, sin reemplazar la terapia ni los medicamentos cuando hacen falta.

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Yanina BenítezSociedad y vida · · lectura 4 min
La consulta al psicólogo que empieza preguntando qué comés: una propuesta para mirar la salud mental con ojos más amplios

Acá en la zona centro, en cualquier sala de espera de un consultorio, uno escucha cada vez más seguido la misma queja: "Estoy cansada, no puedo más, no tengo ganas de nada". La frase se repite entre madres, docentes, empleadas administrativas y también entre jubilados. Muchas de esas personas llegan a la consulta psicológica con un cansancio que no se explica solamente por las horas de trabajo o por una situación puntual. Y ahí aparece la pregunta que la psicóloga Kimberley Wilson propone sumar a la evaluación de salud mental: ¿qué estás comiendo, cómo estás durmiendo, cuánto te movés?

Wilson, que trabaja en Londres y se formó en un centro pionero en la integración entre salud mental y nutrición, sostiene que la fatiga persistente, las dificultades para concentrarse y el ánimo bajo no deberían analizarse sólo desde el diván o desde un psicofármaco. Para ella, esos síntomas pueden tener múltiples capas, y una de ellas, muchas veces desatendida, es la alimentación. "Una persona con experiencias traumáticas puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva podría mejorar parte de sus síntomas al corregir una carencia concreta", explicó en una reciente charla recogida por medios especializados.

Lo que la dieta puede y lo que no puede

La especialista aclara que una deficiencia nutricional no explica por sí sola un trastorno mental. No se trata de decir que la depresión se cura con un plato de pescado, ni de reemplazar la psicoterapia por una dieta. La idea es más prudente y, a la vez, más ambiciosa: incorporar al mapa de evaluación los nutrientes que el cerebro necesita para funcionar bien, y que a veces faltan sin que nadie lo advierta.

  • Vitaminas del grupo B, en especial B3 y B12, ligadas al sistema nervioso y a los niveles de energía.
  • Zinc y selenio, minerales que participan en la regulación del ánimo y la respuesta al estrés.
  • Omega-3, grasas esenciales presentes en los pescados azules y relacionadas con la función cognitiva.

La propuesta, como me contaba días atrás Miriam, una vecina del barrio de Once que trabaja en un call center, "no suena tan loca si una lo piensa dos minutos". Ella vino a verme después de leer un artículo similar y me dijo: "Llevo meses con un cansancio que no se me va, hago terapia, tomo la medicación, y nunca un profesional me preguntó si como pescado o si duermo bien". No es un caso aislado: en la consulta cotidiana, la revisión del sueño, la alimentación y el movimiento suele quedar fuera del primer encuentro con el profesional de salud mental.

Sardinas, descanso y algo de movimiento

Para quienes pueden comer de todo, Wilson recomienda sumar al menos una porción semanal de pescado azul: sardina, salmón o caballa, por su aporte de omega-3. Para quienes siguen una dieta vegetariana o vegana, la sugerencia es consultar con un profesional de salud sobre alternativas de suplementación, porque cubrir esos nutrientes sólo con alimentos de origen vegetal requiere planificación.

La revisión que propone la psicóloga inglesa no se agota en la comida. También incluye preguntas sobre el sueño, el sedentarismo, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral. Es, en definitiva, una mirada integral que entiende que la cabeza no funciona separada del cuerpo. Y acá viene el llamado de atención: los efectos de modificar la alimentación, el descanso y la actividad física no aparecen de un día para el otro. Wilson advierte que los cambios de hábitos pueden tardar meses en percibirse, y que la constancia es parte del tratamiento tanto como la pastilla o la sesión con el psicólogo.

Su interés por esta relación se afianzó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde observó dificultades de regulación emocional asociadas con carencias alimentarias en internas que, en muchos casos, arrastraban dietas muy pobres desde mucho antes de entrar a la cárcel. También citó ensayos clínicos aleatorizados realizados en contextos carcelarios que vincularon la administración de micronutrientes con una reducción de los episodios de violencia. Es un dato fuerte, que no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, pero que suma evidencia a la hora de pensar la salud mental como un problema de múltiples causas.

Nosotros, como sociedad, solemos separar lo que en realidad está unido. Vamos al médico por el cuerpo, al psicólogo por la cabeza, y al nutricionista por la comida, como si fueran tres mundos sin conexión. La propuesta de Wilson, sin ser revolucionaria, tiene el mérito de recordarnos algo básico: que un cerebro mal alimentado, mal descansado y sin movimiento difícilmente pueda funcionar a pleno, por más terapia y medicación que reciba. Por eso, la próxima vez que alguien cercano te diga "estoy cansada de todo", tal vez la pregunta no sea sólo "qué te pasa", sino también "qué comiste hoy y cómo dormiste anoche". Es un pequeño cambio de enfoque que, en muchos casos, puede abrir la puerta a un tratamiento más completo y, sobre todo, más justo con lo que cada persona necesita.

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Yanina BenítezSociedad y vida

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