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JUE, 22 OCT 2026
Vida

La discapacidad que no sale en la foto: por qué las rampas siguen siendo más urgentes que los exoesqueletos

El periodista Robert Kingett y la filósofa Liz Jackson ponen el foco en una discusión incómoda: los dispositivos más costosos y vistosos para personas con discapacidad se llevan los flashes y el financiamiento, mientras lo más básico —rampas, puertas anchas, sitios web compatibles con lectores de pantalla— sigue sin resolverse. La pregunta de fondo es quién decide qué merece ser atendido.

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Yanina BenítezSociedad y vida · · lectura 4 min
La discapacidad que no sale en la foto: por qué las rampas siguen siendo más urgentes que los exoesqueletos

Acá en la zona centro, cada vez que uno se cruza con un video de alguien que sube una escalera con un exoesqueleto, la secuencia se vuelve viral en cuestión de horas. Nosotros lo vemos compartido con admiración, con ese entusiasmo que despierta lo extraordinario, y casi nadie repara en el detalle que a mí, como cronista de la vida cotidiana, me parece el verdadero centro de la cuestión: si esa persona tuvo que recurrir a un artefacto de alta gama para sortear un escalón, lo que está fallando no es su cuerpo, sino la arquitectura que la rodea.

Esa es, precisamente, la tesis que viene sosteniendo el periodista Robert Kingett en sus análisis sobre tecnología y discapacidad. Kingett, que se mueve en silla de ruedas y conoce el tema desde adentro, lo dice sin rodeos: él no necesita una silla robótica para escalar una montaña; lo que necesita es poder entrar a la biblioteca del barrio, tomarse un colectivo sin negociar con el chofer, o comprar un kilo de pan en la esquina sin depender de la buena voluntad de alguien que le abra la puerta. La comparación puede sonar dura, pero es la que ordena el debate: durante demasiado tiempo, la industria mostró la discapacidad como un drama individual que se resuelve con ingenio o con presupuesto millonario, cuando en realidad se trata de un problema colectivo que tiene que ver con cómo se construyen las ciudades, las páginas web y hasta las conversaciones de mesa larga.

El "disability dongle" o la trampa del gadget bien intencionado

La filósofa de la educación Liz Jackson acuñó hace un tiempo un término que está dando que hablar: disability dongle, algo así como "dispositivo parche para la discapacidad". La idea es simple y a la vez demoledora: muchas veces se diseñan soluciones tecnológicas costosas para problemas mal definidos, sin consultar de verdad a las personas que las van a usar. En esos casos, la persona con discapacidad aparece en la foto de la presentación del producto, sonríe, tal vez firma un convenio, pero no tuvo incidencia sobre qué se decidió construir ni puede cuestionar la premisa de partida. La rampa sigue sin estar, la página web sigue siendo inaccesible, pero existe un gadget novedoso que promete compensar todo eso.

“La diferencia entre diseñar para alguien y diseñar con alguien no es un detalle de proceso: define quién tiene autoridad para nombrar el problema.”Liz Jackson, filósofa de la educación

Si uno lo mira desde acá, desde nuestro país, la discusión tiene derivaciones muy concretas. En la Argentina, las leyes de accesibilidad existen hace décadas, pero las rampas en los locales gastronómicos de la city porteña siguen siendo la excepción, las páginas oficiales de muchos organismos no son compatibles con lectores de pantalla, y las aplicaciones de bancos y de turnos médicos son terreno minado para alguien que necesita un lector de pantalla o un comando de voz. Entonces uno se pregunta, mirando los presupuestos: ¿a dónde van los fondos? ¿A la rampa que falta en la esquina de siempre o al desarrollo de un prototipo que va a salir en una nota colorida y después nadie va a volver a ver?

  • Rampas y puertas accesibles en comercios, edificios públicos y veredas de la zona centro.
  • Sitios web oficiales y aplicaciones de servicios que funcionen con lectores de pantalla.
  • Transporte público con unidades adaptadas, paradas con información accesible y frecuencias garantizadas.
  • Señalización en Braille y pictogramas en hospitales, bancos y organismos donde se tramita documentación.
  • Participación real de personas con discapacidad en el diseño de cualquier política o tecnología que las involucre.

Marta, una vecina del barrio de San Telmo con la que hablé mientras preparaba esta nota, me lo dijo con la claridad que suelen tener los que viven el problema todos los días: "Yo no quiero salir en la tele probando un exoesqueleto, quiero entrar al banco sin tener que pedir que me abran la puerta de servicio". Esa frase resume, mejor que cualquier paper académico, lo que Kingett y Jackson vienen planteando: el espectáculo de la superación individual convierte en épica lo que debería ser simplemente posible. La innovación tecnológica no está en discusión, nadie razonable propone frenarla; lo que se discute es la prioridad. Mientras una persona con movilidad reducida tenga que negociar cada entrada, cada trámite, cada clic en una página, la rampa y el teclado accesible no son un detalle: son el verdadero salto al futuro.

Lo que la mayoría de las personas con discapacidad espera, y esta es la idea con la que quiero cerrar la nota, es que la próxima vez que alguien hable de tecnología para la discapacidad, la conversación no empiece por el artefacto costoso que se prueba en un escenario, sino por esa vereda agrietada, por esa puerta que pesa de más, por ese formulario web que no se puede completar. El resto, el brillo y la foto, vendrá solo cuando lo básico deje de ser una hazaña.

YB
Yanina BenítezSociedad y vida

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