La IA en las aulas puede agrandar la brecha en vez de cerrar la grieta
Un investigador británico advierte que las herramientas actuales no reemplazan bien a los docentes y tienden a uniformar las respuestas. Lo concreto: donde faltan maestros, se ofrece un parche tecnológico en lugar de una solución de fondo.
Lo escucho todo el tiempo en las redacciones y en las escuelas: la inteligencia artificial va a salvar la educación. Me lo dijo un directivo de un colegio privado de Palermo la semana pasada, con una sonrisa que mezclaba orgullo y marketing. Pero un investigador del University College London, Wayne Holmes, dice que eso es justamente lo preocupante. Y lo dice con datos.
Holmes trabaja en el UCL Knowledge Lab y viene estudiando hace años qué pasa cuando metés IA generativa en el aula. Su diagnóstico no es optimista. Para él, las herramientas que hoy están en el mercado no garantizan respuestas correctas, tienden a repetir lo que ya se piensa en sus datos de entrenamiento y, en los barrios donde faltan docentes, se usan para tapar agujeros en lugar de enseñar mejor.
La comparación con la calculadora no cierra
El argumento clásico es que la IA es a la escritura lo que la calculadora fue a la matemática: una herramienta que cambia cómo se enseña, sin matar la materia. Holmes lo descarta. La calculadora, si apretás las teclas correctas, siempre tira el resultado correcto. La IA generativa puede equivocarse y encima no te da una señal clara de cuándo lo hizo. Para chicos que están aprendiendo, esa diferencia es enorme.
“Con una calculadora, si apretás los botones correctos en el orden correcto, obtenés la respuesta correcta siempre. Con la IA generativa, el resultado es incierto: puede ser correcto o no, y el usuario no siempre puede distinguirlo.”Wayne Holmes, investigador del UCL Knowledge Lab
La paradoja de la desigualdad
Piensen en cualquier colegio privado de Martínez o de Belgrano. ¿Qué se vende en la recorrida de admisión? Los profes, el seguimiento, el proyecto educativo. No la notebook ni el chat con IA. En el otro extremo, en las escuelas de Moreno o de La Matanza, donde cuesta cubrir cargos, la tecnología empieza a aparecer como reemplazo del docente que no está. La consecuencia es directa: la brecha se agranda.
- Los colegios de elite se publicitan por la calidad de sus docentes, no por la IA que usan.
- En zonas con escasez de maestros, la IA se ofrece para sustituir, no para acompañar al profesor.
- Si esa diferencia se profundiza, se debilita la base de la participación ciudadana para todos.
- Reducir inversión en educación con la excusa de la eficiencia tecnológica tiene consecuencias fuera del aula.
Todo el mundo dice lo mismo: el problema con el ejemplo típico
Holmes cuenta una experiencia concreta que vale la pena repetir. Le preguntó a varias herramientas qué problemas tenía el llamado aprendizaje personalizado. Las respuestas fueron casi calcadas: lo único que mencionaban era que era difícil de implementar. Ninguna ponía en duda si el enfoque sirve o no. ¿Por qué? Porque los datos con los que se entrenaron esos sistemas ya dan por hecho que es algo bueno. La IA no cuestiona, aplaude lo que ya se piensa.
Imagínense eso en una clase de Formación Ética y Ciudadana en una escuela de Barracas. Si la herramienta repite el consenso sin filtero, el chico no aprende a pensar distinto. Aprende a repetir lo mismo un poco más rápido. Y eso es lo contrario de la educación.
¿Y si Holmes armara hoy una escuela?
Le preguntaron qué haría si tuviera que fundar un colegio mañana. Su respuesta fue tajante: no metería ninguna de las herramientas que existen hoy. No porque la IA no vaya a servir nunca, sino porque las que están en plaza todavía no están a la altura del lo que se les pide. Primero docente, currícula, libros, tiempo. Después, se verá.
Volviendo a Buenos Aires: en la Ciudad ya hay experiencias piloto con IA en escuelas secundarias, y en varias provincias se está discutiendo cómo regular el uso de chatbots en tareas y evaluaciones. Lo que dice Holmes es una advertencia concreta: la tecnología puede venir a sumar, pero también puede venir a tapar lo que falta. Y la pregunta es cuándo vamos a poder discutir eso sin que parezca una postura antitecnológica, porque no lo es. Es, simplemente, una discusión seria sobre qué educación queremos.
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