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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Memoria en jaque: por qué el celular, la mala noche y la vida sedentaria pasan factura al cerebro

Especialistas consultados por distintos centros de investigación coinciden en que pequeños cambios cotidianos —dormir bien, cortar las distracciones, moverse y comer de forma equilibrada— pueden marcar una diferencia real en la capacidad de recordar. Una guía práctica para entender qué pasa en el cerebro y qué decisiones tomar desde hoy mismo.

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Yanina BenítezSociedad y vida · · lectura 4 min
Memoria en jaque: por qué el celular, la mala noche y la vida sedentaria pasan factura al cerebro

Son las nueve de la mañana, acá en la zona centro, y María, que vive en el barrio de Nueva Pompeya, ya lleva revisados tres chats, dos mails y una transferencia. Antes de sentarse a desayunar, se olvida de dónde dejó las llaves. La escena, que parece menor, es la postal que repiten los consultorios: la cabeza trabajando a los saltos, con la memoria de corto plazo pagando los platos rotos. Y lo curioso es que casi todo lo que hacemos en el día puede empujar para el otro lado.

El cerebro no es multitasking: cada salto de pantalla cuesta

Organizar el día con menos interrupciones aparece como el primer consejo que repiten los especialistas. Atender un mensaje mientras se contesta un correo o se conversa con alguien obliga al cerebro a cambiar de foco de manera permanente, y ese ir y venir no es gratis. Gary W. Small, director de terapias innovadoras de salud conductual de Hackensack Meridian Health, lo resume con una frase que deja pensando: cada vez que el cerebro cambia de tarea aumentan los errores y se dispara el estrés, dos factores que pueden deteriorar la memoria reciente.

Por eso, los especialistas sugieren algunas rutinas simples: dejar el celular lejos mientras se trabaja, fijar horarios para mirar el correo y reunir los trámites administrativos en un mismo bloque. Pequeñas decisiones que, repetidas, bajan el nivel de fragmentación que hoy parece norma. Y hay un segundo paso, todavía más chico: cuando uno no recuerda el nombre de alguien, esperar unos segundos y dejar que la cabeza trabaje antes de salir corriendo a buscarlo en el teléfono. Esa pausa, explican los investigadores, no es pérdida de tiempo: es entrenamiento.

“Ese esfuerzo por recordar antes activa el hipocampo y la corteza prefrontal, las dos regiones que sostienen el aprendizaje y la recuperación de recuerdos.”Sara Mednick, profesora de Ciencias Cognitivas de la Universidad de California en Irvine

Dormir bien, moverse y comer con cabeza

El segundo gran eje pasa por el descanso. Mientras dormimos, el cerebro reorganiza lo aprendido y consolida recuerdos. Dormir entre siete y ocho horas por noche no es un lujo, sino la base del proceso. Mednick suma un dato que a muchos les va a gustar: una siesta de unos 30 minutos puede funcionar como complemento para fijar información, sobre todo después de una jornada con mucha carga mental. No se trata de suplantar la noche, sino de ayudar al cerebro a terminar el trabajo.

El movimiento entra en la misma conversación. Small lo explica con una cadena que vale la pena entender: hacer ejercicio aumenta el flujo de oxígeno y nutrientes que recibe el cerebro y favorece la producción de proteínas clave para que las neuronas se comuniquen entre sí. No hace falta un plan maratoniano: una investigación de la Universidad de Illinois siguió durante un año a 120 personas de entre 55 y 80 años y encontró que quienes caminaron a paso rápido 40 minutos, tres veces por semana, terminaron con un hipocampo un 2 por ciento más grande que aquellos que se limitaron a hacer estiramientos y tonificación.

La vida social y el aprendizaje como gimnasia cerebral

Hay un último punto que los especialistas no se cansan de remarcar y que a veces queda afuera de la conversación: la memoria no se cuida solo con lo que comemos o cuánto caminamos, sino también con lo que hacemos hablar al cerebro. Una conversación cara a cara obliga a escuchar, interpretar el tono del otro, pensar una respuesta y, muchas veces, recuperar una experiencia para ilustrar lo que se dice. Tocar un instrumento o empezar un idioma nuevo exige algo parecido: retener reglas, sostener la atención y volver sobre lo aprendido. Es, en cierto sentido, una forma de mantener el músculo despierto.

Nosotros, que cada tanto nos quedamos con la palabra en la punta de la lengua, solemos buscar afuera lo que podríamos intentar reconstruir adentro. Y la ciencia viene diciendo hace rato que esa pequeña insistencia cuenta. La esperanza de María, y probablemente la de varios que se reconocen en estas líneas, es que estos cambios chicos —dormir mejor, sacar el celular de en medio, caminar unas cuadras más, juntarse con un amigo, sentarse a estudiar algo pendiente— se traduzcan, con el tiempo, en una memoria más lúcida. No hace falta esperar a que el cuerpo avise: el cerebro empieza a agradecer mucho antes de lo que uno se imagina.

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Yanina BenítezSociedad y vida

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