«Rose of Nevada»: dos hombres, un barco fantasma y el mar como máquina del tiempo
La nueva película del británico Mark Jenkin, rodada en 16 milímetros y ambientada en Cornualles, cruza la fantasía con la economía de un pueblo que vive de la pesca. George MacKay y Callum Turner encabezan una historia donde un pesquero reaparece treinta años después y arrastra a sus tripulantes hacia un viaje fuera del tiempo.
Yo no sé qué me pasa con el mar, que cada vez que lo miro me parece el mismo de la que veía de chico y, al mismo tiempo, uno completamente distinto. Mark Jenkin parece entender esa sensación mejor que nadie: en su nueva película, «Rose of Nevada», el océano no es un paisaje, es un portal. Y como toda puerta que se respeta, se abre cuando dos hombres, cada uno con su urgencia en la mochila, deciden cruzar al otro lado.
Antes de hablar de la película conviene hablar del sitio. Imagínense un pueblo costero del norte de Cornualles, en el extremo suroeste de Inglaterra, donde las casas parecen sostenerse con la misma terquedad con la que se sostienen sus habitantes. Ahí, en ese escenario de muelles húmedos, redes apiladas y odeur a sal y a gasoil, Jenkin vuelve a plantar su cámara después de «Bait» y «Enys Men», sus dos largometrajes anteriores. La acción vuelve a transcurrir en ese mismo universo de pueblos que viven de lo que el mar les da y de lo que el mar, caprichoso, a veces les niega.
El pesquero que volvió
El punto de partida es de esos que a mí, personalmente, me erizan la piel: un barco de pesca desaparece durante treinta años y un buen día aparece otra vez en el puerto, como si nada hubiera pasado, con la pintura gastada y el motor en silencio. Se llama Rose of Nevada, igual que la película, y su regreso desordena la vida cotidiana del pueblo. Los vecinos se organizan para repararlo y volver al agua, porque la economía local depende de esa actividad y no hay mucho más para hacer cuando el horizonte se termina en la línea del agua.
El problema, claro, es la tripulación. A la pesca hoy no se sube cualquiera: los riesgos son enormes, los sueldos no siempre alcanzan y la falta de recursos es una sombra permanente. Hasta que aparecen dos voluntarios con motivaciones muy distintas. Uno es un padre joven que necesita el dinero para arreglar el techo de la casa donde vive con su familia; el otro quiere dejar atrás su propia historia y alejarse de todo lo que conoce. Jenkin los cruza en ese barco con la misma naturalidad con la que la corriente cruza dos aguas, y a partir de ahí empieza lo raro.
El tiempo, ese otro protagonista
«Rose of Nevada» es, por encima de todo, una película sobre viajes en el tiempo, y ahí está su verdadero motor. La aventura de los protagonistas corre en paralelo a un montaje que no respeta el orden cronológico: Jenkin filma en 16 milímetros con una textura gastada, casi como si la propia cinta hubiera pasado años en una lata olvidada, y va intercalando secuencias sin seguir una continuidad lineal. El desorden temporal está en la historia y también en la manera de contarla, y esa decisión estética es de las que separan a un director con voz propia de uno que se limita a narrar.
“Cuando el mar te lleva y te trae, uno nunca sabe si vuelve el mismo. Eso es lo que les pasa a estos dos tipos: vuelven, pero no vuelven.”Vecina del puerto, personaje de la película
Por qué importa esta película
Más allá del artefacto fantástico, a mí lo que me interesa de «Rose of Nevada» es lo que dice sin gritarlo. Habla de la gente que vive en pueblos costeros del Reino Unido, de la falta de recursos, de los peligros del trabajo en el mar, de la pesca como una actividad de la que no se puede prescindir aunque a veces parezca que el mundo se olvidó de ella. Jenkin no moraliza, no señala con el dedo: pone la cámara ahí y deja que el viento y la sal hagan el resto. Es un cine que respeta a sus personajes, que no los convierte en ni en héroes, y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante. Si les gusta el cine que se toma su tiempo, que huele a muelle y que entiende que las historias más fantásticas suelen nacer en los lugares más concretos, agenden este nombre: Rose of Nevada. Yo, mientras tanto, voy a buscar el DVD, porque un film así merece verse dos veces.
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