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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Una mano que alcanza: cuando el contacto físico baja los pulsos del miedo y la ansiedad

La neurocientífica afectiva Paula Salamone repasó cómo un gesto tan simple como tomar la mano de alguien o darle un abrazo puede mover las respuestas del cuerpo frente al estrés. Qué pasa en el sistema nervioso, por qué no es lo mismo acariciarse uno mismo que recibir la caricia de otro y hasta dónde la cultura marca la distancia.

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Yanina BenítezSociedad y vida · · lectura 4 min
Una mano que alcanza: cuando el contacto físico baja los pulsos del miedo y la ansiedad

Acá en la zona centro, en una sala cualquiera de un consultorio o de un laboratorio, una persona se sienta frente a otra y le extiende la mano. No hay ritual ni promesa: apenas el gesto, la palma abierta y el pulso del otro del otro lado. La escena parece mínima, y sin embargo, según explicó a este portal la doctora en Neurociencias Afectivas Paula Salamone, ahí empieza a tejerse algo que tiene que ver con el miedo, la angustia y la manera en que el cuerpo aprende a calmarse. "Cuando alguien siente miedo o angustia, darle la mano puede ser una forma de acompañarlo con efectos concretos sobre su estado emocional", resumió la investigadora, y agregó que hay un caso especialmente ilustrativo: el de los chicos que toman la mano de un adulto. Esa escena, dijo, fue muy estudiada porque muestra de manera directa cómo la cercanía física ayuda a reducir el temor.

Cómo responde el cuerpo cuando alguien nos toca

Salamone investiga desde hace años de qué forma los estímulos que llegan a la piel se conectan con la actividad del cerebro, de la médula espinal y con las respuestas fisiológicas del resto del cuerpo. En ese ida y vuelta, recibir una caricia o un masaje no queda en la superficie: modifica reacciones vinculadas con el estrés y la relajación. Por eso, explicó, "tomar una mano, abrazar o acariciar puede intervenir en la regulación de las emociones y en las respuestas del organismo al estrés". No se trata de una metáfora: el sistema nervioso traduce ese contacto en señales que bajan o suben pulsos, hormonas y tensiones.

Uno mismo o el otro: no es lo mismo

Todos, en algún momento, nos tocamos el cabello, nos acariciamos la barba o nos pasamos la mano por el brazo cuando algo nos preocupa. Salamone lo describió como gestos de autocontacto, formas en las que una persona se regula a sí misma. Pero aclaró algo clave: la respuesta no es la misma cuando el estímulo viene de afuera. "El cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera", sostuvo. La especialista usó un ejemplo bien conocido para mostrar esa diferencia: las cosquillas. Si uno mismo intenta provocárselas, el cuerpo ya anticipa dónde, cuándo y cómo va a llegar el contacto, y esa previsión atempera la sorpresa. Cuando las hace otro, en cambio, queda un margen de incertidumbre que cambia por completo la intensidad de la sensación. "Además, las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social", recordó Salamone, como quien recuerda que hasta el cosquilleo más liviano es una forma de vínculo.

La distancia que marca cada cultura

También la cultura se mete en el medio. Salamone contó que durante su trabajo de investigación en Suecia mantuvo con un colega una conversación a unos tres metros de distancia, algo que en Buenos Aires resultaría por lo menos extraño. "Las diferencias culturales en el espacio personal no implican emociones distintas, sino otras maneras de expresarlas y de vincularse", señaló la especialista. Acá en la Argentina, apuntó, solemos ser más cercanos físicamente, y eso se nota en los saludos, en los abrazos y hasta en la manera de sentarse en un bar. La neurociencia, aclaró, no juzga esas distancias: las registra.

En el país, Salamone integra además el equipo Tango-i Lab, que estudia la relación entre el contacto y los síntomas de despersonalización, esa sensación de extrañamiento del propio cuerpo que algunas personas atraviesan después de experiencias fuertes. El grupo también se preguntó si la falta de interacción física durante los largos meses de aislamiento por la pandemia dejó huellas posteriores, una pregunta que todavía sigue bajo investigación y que, según la propia Salamone, no tiene una respuesta cerrada.

“Una mano o una caricia pueden formar parte del acompañamiento cotidiano. Lo que uno espera que pase, cuando se sienta al lado de alguien que está asustado, es que ese gesto tan chico cumpla algo mucho más grande: que el cuerpo del otro encuentre, aunque sea por un rato, un lugar un poco más calmo para respirar.”Yanina Benítez, Sociedad y vida
  • El contacto físico recibido de otro activa respuestas del sistema nervioso que ayudan a bajar el miedo y la ansiedad.
  • Los gestos de autocontacto, como acariciarse el cabello o la barba, también regulan emociones, pero el efecto no es igual al del tacto que viene de afuera.
  • El cerebro diferencia entre las acciones propias y los estímulos externos, algo que se ve con claridad en el contraste entre hacerse cosquillas a uno mismo y recibirlas de otro.
  • Las distancias que cada cultura considera normales cambian la manera de vincularse, sin que eso signifique que las emociones sean distintas.
  • El equipo Tango-i Lab, en Argentina, investiga la relación entre el contacto y los síntomas de despersonalización, y los posibles efectos del aislamiento físico durante la pandemia.
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Yanina BenítezSociedad y vida

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