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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Aaron Sorkin se dirige a sí mismo y se tropieza otra vez con la misma piedra

La secuela de "La red social" confirma lo que el propio guionista ya arrastraba: cuando nadie lo frena, sus soliloquios se estiran, sus escenas se oscurecen y la urgencia narrativa se pierde en el camino.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Aaron Sorkin se dirige a sí mismo y se tropieza otra vez con la misma piedra

Lo dijo una vez mi abuela de la colonia, mientras miraba por la ventana del galpón donde funcionaba el taller de costura: hijo, cuando uno se manda solo, se escucha tanto que termina gritándose a sí mismo. La frase me volvió a la cabeza mientras veía "El precio de la red", la película que Aaron Sorkin escribe y dirige como secuela de "La red social", y que vuelve a poner sobre la mesa un debate que en Hollywood ya nadie discute en voz alta: ¿conviene que el mejor guionista de su generación se siente también en la silla del director? Yo creo que la respuesta, después de ver este filme, es la misma de siempre: no, no conviene.

El galpón sin ventana: cuando Sorkin dirige sus propios textos

Antes de hablar de la película conviene describir la sala, como me enseñaron los viejos cronistas del género. "El precio de la red" arranca con ese clima de oficinas corporativas, departamentos luminosos de Silicon Valley y aulas universitarias que ya conocíamos de la primera entrega. Pero lo que en 2010 David Fincher resolvía con una precisión de relojo suizo, acá se vuelve opaco, denso, casi claustrofóbico. Las escenas de interiores están mal iluminadas, y llama la atención porque el director de fotografía es el mismo de "La red social". El problema no es la luz que entra al set, sino la decisión de Sorkin de no saber qué hacer con esa luz.

El propio Sorkin mete en el guión una frase que funciona como autocrítica involuntaria. Se la dice el personaje que interpreta Bill Burr, ya famosa porque aparece en todos los tráileres: Sorkin es, según esa línea, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo. Es una imagen que define el corazón del filme: un escritor talentoso que observa el desastre sin intervenir, y que además elige quedarse con el volante.

Los directores que salvaron a Sorkin de sí mismo

Cuando uno repasa la filmografía del guionista, la cuenta es bastante clara. Sus textos grandes brillaron en manos de realizadores que supieron ponerles límites. David Fincher en "La red social" le sacó los excesos con una estética fría y milimétrica. Danny Boyle en "Steve Jobs" le dio ritmo y urgencia a unos diálogos que en papel podían sonar a recital. Y Rob Reiner en "Algunos hombres buenos" hizo lo que parecía imposible: convertir un libreto brillante en una película que también lo era. El patrón se repite, y esta nueva película lo confirma con todas las letras.

“Los mejores resultados de Sorkin llegaron cuando otros directores pusieron en escena sus textos; sin esa tensión externa, el material se queda a mitad de camino.”Lectura crítica que recorre la filmografía del guionista

En "El precio de la red" se notan los tres males que el propio Sorkin arrastra cuando dirige. Primero, los soliloquios extensos: hay secuencias largas de diálogo que existen básicamente porque suenan bien leídas en voz alta, no porque la trama las necesite. Segundo, una tendencia al idealismo algo ñoño, que en otro director quizás pasaría como capricho, pero en él se nota porque ya vimos la fórmula cansarse. Tercero, un montaje sin urgencia: las imágenes no trascienden lo funcional, no hay un plano que se quede en la memoria después de salir del cine. Y todo eso se nota más en una secuela que carga con el peso enorme de un clásico como "La red social".

  • Aaron Sorkin escribe y dirige esta secuela de "La red social", repitiendo el experimento que ya había intentado en otras cintas.
  • La dirección vuelve a mostrar los mismos problemas: soliloquios extensos, interiores mal iluminados y montaje sin urgencia.
  • El filme incluye una frase del personaje de Bill Burr que funciona como autocrítica involuntaria del propio guionista.
  • Los mejores trabajos de Sorkin llegaron cuando otros directores, como Fincher, Boyle o Reiner, supieron poner límites a sus textos.
  • El resultado final no alcanza la altura del antecedente que le da origen y deja pensando si conviene que el autor se controle a sí mismo.

A mí, que vengo siguiendo a Sorkin desde los tiempos de la sala de redacción, me queda una sensación encontrada. Reconozco que hay algo valioso en que un escritor con esa cabeza quiera controlar todo el proceso, y entiendo que el material incluye ecos de "The Newsroom" y de un proyecto sobre el 6 de enero que el autor viene intentando levantar hace años. Pero también creo, con la franqueza que me caracteriza, que el cine no es un monólogo. Es un diálogo, y cuando el mismo guionista escribe, dirige y produce sin nadie que lo discuta, lo que se escucha es una sola voz. Una voz talentosa, sí, pero que acá termina gritándole al vacío de una sala vacía.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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