Amaru: una suegra con cola de serpiente que sacude los cimientos de una familia de palabras cruzadas
Vine a buscar palabras y me encontré con silencios. Eso es lo primero que uno siente al sentarse en la butaca del Teatro Picadero y dejarse llevar por Amaru, la nueva comedia de Andrea Garrote que los domingos a las 18 rompe con la solemnidad de cualquier sobremesa familiar porteña. Porque acá no hay gritos ni portazos: hay discusiones sobre el uso correcto de un adjetivo que duran más que cualquier conversación sobre lo que realmente les pasa a los protagonistas. Y uno, desde la platea, no puede evitar pensar en la propia mesa de los domingos.
“Discutir sobre semántica es más fácil que mirarse a los ojos.”La madre de la obra, en uno de los tantos vericuetos verbales de la función
La pampa y la puna: dos mundos que se cruzan en un living
Amaru es el nombre quechua de la serpiente sagrada, y también es el nombre de la joven que el hijo trae una noche a la casa de sus padres. Ella no viene a provocar nada, pero lo provoca todo. Tiene una relación distinta con el tiempo, propone pactos sobre el uso de pantallas y trae consigo el contacto afectivo que en esa casa de clase media ilustrada nunca había tenido lugar. Es puna metiéndose en la pampa, raíz andina colándose en un living alfombrado donde hasta ahora solo se hablaba de libros y de modos verbales.
El galpón del Picadero, antes que la obra, ya cuenta algo: es un espacio pequeño, cálido, con esa cercanía física que obliga a los actores a trabajar sin red. La sala invita a la complicidad, y la obra la aprovecha. Garrote interpreta a Mariel, la madre, con una precisión cómica que no sacrifica la emoción: uno la mira y ve a esa madre que cuestiona todo pero que en el fondo está preguntándose por qué nadie la abraza. Marcos Ferrante compone al padre en plena crisis de mediana edad, desbordado por una vitalidad que no sabe dónde poner. Julián Cnochaert, como Lucas el hijo, alterna el humor con una ternura casi imperceptible que desarma. Y Fiamma Carranza Macchi da vida a Amaru con esa presencia que genera tanto encanto como un runrún de inquietud en el estómago.
- La obra se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero.
- La dirección es compartida entre Andrea Garrote y Carolina Stegmayer.
- La escenografía de Santiago Badillo organiza el espacio en niveles que acompañan la dinámica de poder entre los personajes.
- En el tramo final se incorpora un elemento fantástico, pero sin perder el tono de comedia.
- La función dura 80 minutos, justo y necesario.
Humores que se cruzan: la carcajada y la incomodidad
Lo que más me gustó, se los confieso, es que la obra no deriva hacia el drama. Es comedia con humor sostenido, construida en varias capas: funciona en la carcajada pero también en esa incomodidad reconocible de cuando uno ve en escena algo que no le resulta tan ajeno. Hay algo en esa familia que uno puede llegar a tener cerca, en la casa de un amigo, en la mesa de un pariente, en el espejo retrovisor del propio departamento. Y Amaru, la chica nueva, funciona como un catalizador que muestra las fallas sin romper nada, pero tampoco sin dejar nada igual.
Dónde, cuándo y qué se come
Amaru se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, en el pasaje Enrique Santos Discépolo 1857, pleno corazón del Abasto. La función dura 80 minutos y la entrada es ideal para combinar con una cena por la zona: después de la función uno puede caer por cualquier bodegón de la calle Corrientes y pedir una milanesa con papas fritas, porque siempre hace bien, después de ver una familia que habla tanto, sentarse a comer en silencio.
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