Aquella hoguera de Loudun vuelve al cine entera, como Ken Russell quiso contarla
La versión definitiva que el director inglés armó en 2004, con los 89 segundos recuperados por el crítico Mark Kermode, llega por fin a las salas españolas en copias restauradas en 4K. Una película maldita que incomoda a la Iglesia, a los censores y al paso del tiempo, pero que no se deja apagar.
Lo dijo el propio Ken Russell, ya en las últimas entrevistas que dio antes de morir en 2011, y lo repite cada vez que puede el crítico inglés Mark Kermode, que lo conoció de cerca: hacer esta película le partió el corazón dos veces. Una cuando la filmó, en 1971, con una Vanessa Redgrave memorable y un Oliver Reed descomunal, y otra cuando vio que le amputaban metraje para que pudiera verse siquiera en una sala de cine. Yo no había nacido cuando Los demonios se estrenó mutilada, y aun así siento que conozco esa historia de toda la vida, porque me la cruzé en libros, en clases de cine y en conversaciones de sobremesa con gente que sí la vio en versión clandestina, en VHS pasados a mano, con la advertencia de que aquello era lo que se podía ver, no lo que Russell había filmado. Por eso la llegada a los cines españoles, desde el 16 de octubre, de la versión restaurada en 4K de 114 minutos, la que el director consideró definitiva en 2004, me parece una de esas noticias pequeñas que en realidad son enormes.
Loudun, el convent y que al pueblo
Conviene empezar por el galpón antes que por la función, decía mi vieja, y tenía razón: antes del personaje de la monja poseída, antes del sacerdote Urbain Grandier que termina quemado vivo, hubo un convento verdadero. En el pueblo francés de Loudun, durante el siglo XVII, las religiosas ursulinas empezaron a denunciar que el diablo las visitaba por las noches. Señalaron a Grandier, un cura brilhante y mujeriego, como responsable de los males. Lo juzgaron por brujería, lo torturaron y lo quemaron en la plaza. Medio siglo después, Aldous Huxley — el mismo autor que imaginó Un mundo feliz — reconstruyó el caso en la novela Los demonios de Loudun, y de ahí salió el guion que Ken Russell convirtió en una película que es, también, una película política. Para mí, decía Russell, trataba sobre el lavado de cerebro, sobre la toma del poder por parte del Estado. Y eso es lo que vuelve a verse hoy, entero, por primera vez.
Los 89 segundos que faltaban
- La copia británica circuló durante décadas con 111 minutos; la estadounidense, con 108. La versión completa, la del director, tiene 114.
- fueron retirados oficialmente por la Agencia Británica de Clasificación de Películas en la escena que en los créditos figura como C Cut 89, apenas un minuto y medio de metraje que el censor consideraba inaceptable.
- Mark Kermode, crítico y amigo personal de Russell, rastreó el rollo durante años con ayuda de la filial británica de Warner Bros y de archivistas independientes, hasta dar con él.
- Con ese material, Russell pudo armar en 2004 la versión que consideraba definitiva, que se proyectó una sola vez en el BFI Southbank de Londres y nunca había llegado a las salas comerciales.
“Estas alteraciones le rompieron el corazón a Ken Russell porque el material eliminado no solo contenía parte de su mejor trabajo, sino que también encapsulaba el corazón temático de la película.”Mark Kermode, crítico cinematográfico
Lo que vino después: vetos, condenas y calificaciones
La película no solo fue cortada: también fue prohibida. En los años setenta, diecisiete municipios británicos directamente la sacaron de sus salas, y donde se exhibió lo hizo con la vieja calificación X, aquella que equivalía a no recomendada para menores de dieciocho años. Finlandia la tuvo vedada hasta noviembre de 2001, es decir, durante treinta años. Y en el Festival de Venecia, cuando se presentó originalmente, la propia Iglesia católica pidió que se levantaran las funciones. No es un detalle menor: para una película que cuenta la historia de un sacerdote quemado por acusaciones de pacto con el diablo, que el Vaticano saliera a pedir que no se proyectara forma parte, casi, del argumento. Lo que incomoda no es la imaginería religiosa, sino la pregunta que Russell deja que formular, y que es sobre todo lo que el poder — religioso, político, militar — está dispuesto a hacer con un cuerpo para sostener una verdad.
Yo creo que por eso la película sigue dando miedo, y por eso sigue mereciendo una sala llena. No por sus escenas fuertes, que las tiene, sino por su manera de mostrar que la línea de ataque — como diría cualquier abuela de la colectividad — empieza cuando alguien señala al distinto y termina, siempre, en una hoguera. Verla hoy, entera, en 4K, es una manera de devolverle a Russell, aunque sea cuarenta años tarde, el corazón que le faltaba.
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