Créditos fintech: refinanciar la deuda o dejar que la bola de nieve se agrande
Más de 2,4 millones de personas con préstamos de fintech y billeteras digitales están en mora. El sector asegura que nueve de cada diez ya tiene un plan de pago, mientras insiste en que la TNA del 194% no significa devolver diez veces lo pedido. Quién se queda con la diferencia.
La Cámara Argentina Fintech se presentó esta semana ante la Comisión de Finanzas de la Cámara de Diputados con un número que parece una buena noticia y, a la vez, una señal de alerta: el 90% de los deudores morosos de créditos otorgados por fintech y billeteras digitales ya cuenta con algún esquema de refinanciamiento, asistencia o salida acordada. La cifra, de todos modos, no puede leerse sin el contexto que la rodea, porque detrás de ese porcentaje hay 2,4 millones de personas con préstamos de ese tipo en situación irregular, lo que representa nada menos que el 16% del total de los créditos en mora que pesan sobre el sistema financiero argentino.
Una mora que crece sobre hombros sin historial
En el país hay, según los registros del sector, unos 21 millones de personas con acceso a crédito formal, una marca histórica. Pero esa masificación tiene una contracara: 5,8 millones de esos usuarios registran algún grado de irregularidad crediticia, y dentro de ese universo el segmento de las fintech y las billeteras digitales aparece como el de mayor crecimiento reciente. La explicación que dio la cámara empresaria es que estas plataformas otorgan financiamiento a personas con poco o ningún historial crediticio previo y, muchas veces, sin las garantías tradicionales que exigen los bancos. Como el riesgo es más alto y el fondeo sale más caro, las tasas terminan siendo más elevadas. La pregunta, entonces, no es sólo cuánto se paga, sino quién asume el costo de esa diferencia.
La trampa de mirar la TNA y no el costo real
En la reunión en Diputados, la Cámara Argentina Fintech fue terminante en un punto: la Tasa Nominal Anual (TNA) y la Tasa Efectiva Anual (TEA) que se publican de manera obligatoria no sirven para medir lo que efectivamente paga una persona que pide un crédito a corto plazo. Para eso, argumentaron, hay que mirar en conjunto el monto solicitado, los intereses, los cargos y el plazo de devolución. El ejemplo que pusieron sobre la mesa fue el de un préstamo de $100.000 a 14 días, que se devuelve con $7.400 de intereses y $1.600 de impuestos, es decir, un pago total de $109.000. El costo efectivo de esa operación concreta es del 9%. Ahora bien: si esa misma tasa se anualiza, la TNA trepa al 194%, la TEA salta al 550% y el Costo Financiero Total Efectivo Anual (CFTEA) llega al 850%. Lo que eso quiere decir, insistió el sector, no es que el deudor termine devolviendo $950.000, sino qué pasaría si el crédito se renovara sin pausa durante todo un año. La diferencia entre los dos enfoques no es menor: para una persona que toma un préstamo para atravesar un fin de mes y lo cancela en dos semanas, el costo es sensiblemente más bajo que el que sugiere la tasa publicada. Para alguien que encadena renovaciones, en cambio, la bola de nieve se hace real.
“El crédito regulado, aun con tasas altas, ofrece contratos, supervisión, defensa del consumidor y canales de reclamo. El informal deja a la gente sin ninguno de esos paraguas.”Cámara Argentina Fintech, ante la Comisión de Finanzas de la Cámara de Diputados
Quién se queda con la diferencia
La presentación dejó planteada la discusión de fondo: si el crédito fintech es una herramienta de inclusión financiera para millones de personas que nunca pudieron acceder a un banco, o si termina siendo un negocio redondo para las plataformas, que cobran tasas muy por encima de la inflación y de los plazos cortos, mientras una porción creciente de sus clientes se va entramando en planes de refinanciamiento que, justamente, evitan que la deuda se vuelva impagable. El dato que dejó la cámara es que nueve de cada diez morosos ya están dentro de algún esquema. La pregunta que sigue abierta, y que Diputados tendrá que empezar a responder, es quién se queda finalmente con la diferencia entre lo que pagan los deudores y lo que efectivamente cuesta fondear esos préstamos.
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