Cuando el aula se muda al living: cómo reconocer y acompañar el estrés escolar en los chicos
La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, advierte que la presión por las tareas y las notas puedeinstalarse en el hogar y afectar el ánimo, la conducta y hasta el cuerpo de los estudiantes. Una guía para ordenar las obligaciones, sostener los vínculos presenciales y entender por qué el descanso también es parte del rendimiento.
Son las nueve de la noche en un departamento cualquiera de acá en la zona centro y, mientras yo escribo esta nota, imagino a Juliana, una vecina del barrio de Once, preparando la mesa para que su hijo de doce años termine de hacer la tarea de matemática. Ella me lo cuenta cada vez que nos cruzamos en el ascensor: que si antes el nene llegaba del colegio y tiraba la mochila en un rincón, ahora la trae apretada contra el pecho, se sienta en la silla y no habla hasta terminar. Que si antes le contaba del partido de fútbol del recreo, ahora le contesta con un monosílabo y se va directo a la pieza. Juliana dice que nota a su hijo distinto, más callado, más irritable, y que ella misma termina la jornada con la sensación de haber fracasado como madre aunque haya hecho todo lo que estaba a su alcance. Esa escena, que se repite en miles de hogares argentinos con el running de un informativo de fondo, es la que describe la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, cuando habla del estrés escolar: una presión que ya no se queda en el aula y que se instala, también, en el living de casa.
Cómo se nota en casa lo que pasa en la escuela
Para Albers, el acompañamiento frente al estrés escolar empieza por los adultos que rodean al estudiante, porque la manera en que respondemos a lo que les pasa influye de manera directa en cómo ellos lo procesan. La especialista propone, en primer lugar, hacer una pausa antes de reaccionar, bajarse un cambio de revoluciones antes de contestar, y mostrar, con el propio ejemplo, que es posible pedir ayuda cuando una situación nos supera. Esa pausa no es un detalle menor: es la diferencia entre transformar la cena en un campo de batalla o en un espacio en el que el chico se siente escuchado en lugar de evaluado.
El apoyo, además, no tiene que recaer únicamente en la familia inmediata. Albers destaca el valor de que el estudiante cuente con otros adultos de referencia, capaces de manejar sus propias emociones y de acompañarlo cuando las obligaciones lo desbordan. Y ahí viene un punto que a mí me resonó especialmente, porque lo veo seguido en mi propio entorno: si el adulto que cuida también está estresado, no tiene por qué disimularlo ni cargar con esa tensión en soledad. Muy por el contrario, puede mostrar cómo trabaja sobre esa dificultad y cómo busca ayuda, porque ese gesto, lejos de debilitar, le enseña al chico que nadie está obligado a comerse los problemas solo.
Señales que conviene no pasar por alto
- Cambios de humor frecuentes, con irritabilidad, llanto fácil o apatía que antes no aparecían.
- Dificultades de conducta, como discusiones en casa, negativa a hacer la tarea o aislamiento del grupo familiar.
- Síntomas físicos recurrentes: dolor de panza, de cabeza, problemas para dormir o para conciliar el sueño los domingos a la noche.
- Uso compulsivo del celular para revisar mensajes del colegio o comparar su rendimiento con el de otros en redes sociales.
A las tareas y a las expectativas de calificación se suman, según Albers, las comparaciones en redes y los mensajes que mantienen al estudiante conectado de manera permanente con las demandas escolares. Esa conexión sin pausa, advierte la especialista, prolonga la sensación de estar bajo evaluación y termina alimentando la tensión. Frente a ese panorama, la psicóloga marca una diferencia clave: existe una exigencia puntual que puede funcionar como motor y una respuesta de estrés demasiado frecuente o prolongada, que es la que preocupa, porque en ese caso al organismo le quedan menos oportunidades para recuperarse. Y hay un dato que a mí me parece central y que vale la pena repetir: la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que necesitamos para manejar información en el momento, y eso dificulta recuperar lo aprendido. Por eso explicarles a los chicos que cuidar el bienestar no es un capricho sino una parte del propio rendimiento puede cambiar la conversación en la mesa familiar.
Ordenar el día sin convertirlo en una carrera de obstáculos
Para las jornadas que se vuelven una carrera de obstáculos, Albers propone un ejercicio concreto: revisar juntos qué requiere una resolución inmediata, qué admite una espera y qué puede delegarse o directamente quitarse de la lista. Después, conviene tomar la obligación prioritaria y separarla en acciones más pequeñas, de modo tal que esa demanda que parecía imposible de abordar se transforme en pasos cortos y manejables. No se trata, aclaremos, de bajarles el piso a las responsabilidades escolares, sino de construir con ellos una manera adulta de organizarse frente al mundo.
El tiempo libre también merece capítulo aparte. Albers plantea que las redes sociales pueden funcionar como un eco permanente de la exigencia, por eso sugiere reemplazarlas, al menos por momentos, por actividades artísticas o por prácticas de meditación que permitan anclar la atención en el presente. Y a mí, honestamente, me cuesta imaginar un recurso más noble para un estudiante saturado que sentarse a dibujar, escuchar música o simplemente mirar por la ventana sin la pantalla encendida, porque son instancias que le devuelven al cuerpo algo que el aula le viene quitando.
Albers remata su planteo con un consejo que a Juliana le cambió la rotina, según me confiesa ella misma cada vez que nos cruzamos: priorizar el descanso, sostener los vínculos presenciales y aceitar la comunicación para que el chico sepa que puede hablar de lo que le pasa sin miedo a un sermón. Nosotros, los adultos, solemos quedarnos con la última palabra del día, pero en estos casos lo más sano es dejar que sea el chico el que cierre la charla y, sobre todo, que perciba que en casa tiene un puerto seguro al que volver después del temporal. Porque, en definitiva, lo que la mayoría de los estudiantes esperan no es que les resolvamos los problemas, sino que los acompañemos mientras aprenden a transitarlos. Eso, dicen los especialistas, es lo que finalmente mejora el rendimiento.
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