Treinta kilómetros de pozo por medio: la odisea de tomar la Ruta 40 entre Junín y Zapala
El tramo neuquino de la 40 acumula un deterioro severo que ya se cobró cubiertas y piezas mecánicas. Acá en la zona centro lo saben de memoria: los pozos vienen de lejos, las últimas lluvias los taparon de agua y el que planifica salir tiene que armarse de paciencia, ojo y una rueda de auxilio en condiciones.
Son las ocho de la mañana y la térmica ya marca varios grados bajo cero en el playón de la estación de servicio de Junín de los Andes. Carmen, vecina del barrio Centro, acomoda las valijas en el baúl de su camioneta y repasa por tercera vez la lista de cosas que no pueden faltar antes de meterse en la Ruta 40 con destino a Zapala: rueda de repuesto en buen estado, matafuegos cargado, balizas, teléfono con el número del auxilio mecánico grabado en papel, por si las dudas. "Hace quince años que voy y vengo por este camino y te juro que cada vez está peor", me dice mientras mira el horizonte todavía oscuro. "El año pasado volví con una cubierta reventada y un amortiguador que terminó en el taller de Cutral Có. Desde ahí planeo todo como si fuera una expedición."
Lo que cuenta Carmen no es un caso aislado ni una exageración de viajante. Quienes circulan con regularidad por el tramo que une Junín de los Andes con Zapala, en la provincia de Neuquén, coinciden en describir un panorama que se repite durante varios kilómetros: una calzada agujereada, con pozos de dimensiones considerables, varios de ellos prácticamente imposibles de esquivar sin reducir la velocidad al mínimo. Las últimas lluvias los cubrieron de agua, lo que vuelve aún más engañosa la lectura del camino: el conductor no llega a calcular la profundidad real del hueco antes de que la cubierta entre con todo.
Un deterioro que no es nuevo
El problema no nació con la última tormenta. Quienes conocen el corredor lo describen como un mal de larga data, un desgaste acumulado que nunca terminó de repararse del todo y que cada temporada vuelve a ponerse en evidencia. Los viajeros frecuentes lo resumen con una frase que se repite en las charlas de estacionamientos y en los grupos de WhatsApp de quienes van al sur: la 40 en ese tramo está así desde hace rato y nada cambia. La cantidad de pozos que se relevan a lo largo de unos treinta kilómetros habla por sí sola: no se trata de uno o dos hundimientos puntuales, sino de un deterioro extendido que afecta de manera sostenida a toda la traza.
- Circular de día y a velocidad moderada, para ver los pozos con anticipación y tener tiempo de reacción.
- Llevar una cubierta de repuesto en buen estado, porque las roturas son una de las consecuencias más reportadas.
- Tener a mano el teléfono de un auxilio mecánico, sobre todo en los sectores con poca o nula cobertura de señal.
- Revisar la suspensión y la alineación antes de salir, ya que los golpes reiterados pueden pasar factura a largo plazo.
- Considerar postergar el viaje en moto, el vehículo más expuesto a este tipo de calzada irregular.
Los testimonios recogidos a lo largo de los años dan cuenta de cubiertas destrozadas, amortiguadores doblados y, en los casos más serios, roturas mecánicas que obligaron a los conductores a cortar el viaje y pedir asistencia. Algunos viajeros confesaron directamente que reprogramaron sus planes y eligieron no volver a sacar el auto por esa zona, mientras esperan que la ruta reciba una intervención de fondo. En las conversaciones aparecen también otros corredores cercanos con problemas de similares características, como la Ruta Nacional 52 y la Ruta Nacional 51, como parte del mismo combo de caminos en mal estado.
La ruta que sostiene al turismo regional
Para entender la dimensión del asunto alcanza con mirar el mapa. La Ruta 40 en Neuquén es uno de los corredores más utilizados para llegar a los destinos turísticos de la región, en especial durante la temporada estival, cuando familias enteras se mueven desde distintos puntos del país hacia el sur. Sobre una calzada que ya muestra un deterioro acumulado, la llegada del verano suele traer más caudal de tráfico y, con él, más exposición al riesgo. Nosotros, los que vivimos en la zona centro del país y miramos de reojo las escapadas a la Patagonia, solemos idealizar el camino; lo que no vemos desde la ventanilla del micro es la cantidad de badenes tapados de agua que esperan a los que sí van en su propio vehículo.
La advertencia, entonces, no es nueva pero sí oportuna: si el plan incluye meterse en la 40 entre Junín y Zapala, lo prudente es asumir que se transita por una zona crítica y prepararse en consecuencia. Nadie espera tener que parar en medio de la nada con una rueda destrozada y sin señal, y la mejor forma de evitarlo es llegar a ese tramo con el auto revisado, el repuesto listo y la velocidad justa para leer el camino. Acá en la zona centro sabemos que las vacaciones soñadas se arruinan muchas veces en un tramo corto de ripio o de asfalto roto: el que pueda postergar o elegir otro corredor, probablemente termine agradeciéndolo; el que tenga que pasar, que pase prevenido. Y que cuente cómo le fue, porque esa información la agradecemos todos.
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