Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa que aparece después de los 20
La producción de la enzima que digiere el azúcar de los lácteos cae con la edad y puede provocar hinchazón, gases y diarrea. Qué la origina, cómo reconocerla y qué opciones hay para comer sin resignar nutrientes clave.
Son las siete de la tarde de un martes y en la cocina de Norma, acá en la zona centro, se huele a queso derretido. Mientras revuelve una salsa, me cuenta, mientras acomodamos los platos, que dejó de tomar leche a los 32 años. No fue de un día para el otro: empezó con una panza hinchada que no se iba, después vinieron los gases, después las idas al baño a las apuradas. «Yo pensé que era stress del trabajo, pero un día tomé un café con leche y a la hora ya estaba corriendo», me dice, con la cuchara de madera todavía en la mano, mientras nosotros vamos acomodando los bancos para la cena.
La historia de Norma no es rara ni mucho menos. Muchas personas consumen lácteos toda la vida sin un solo problema y, de golpe, el cuerpo empieza a pasarles factura. Lo que ocurre, según explican los especialistas, es que el intestino delgado produce cada vez menos lactasa, que es la enzima encargada de descomponer la lactosa, el azúcar natural de la leche. Cuando esa enzima falta o escasea, la lactosa sigue su camino sin digerir hasta el intestino grueso, donde las bacterias la fermentan. De ahí vienen los gases, la hinchazón, los cólicos y, muchas veces, la diarrea, porque esa lactosa sin absorber además arrastra agua.
Por qué aparece en la adultez y a quién le toca más
Durante la infancia, la producción de lactasa suele ser alta porque la leche es el alimento principal. Con el paso de los años esa fábrica de enzimas va aflojando y, en algunos casos, se reduce tanto que cualquier vaso de leche se vuelve un problema. Las molestias suelen asomar entre los 20 y los 30 años, aunque hay quienes las descubren bastante más grandes. La herencia pesa: la condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa, donde la cría de animales lecheros y el consumo de sus derivados se sostuvo por muchísimas generaciones.
El abanico de síntomas es bastante claro: hinchazón, dolor abdominal, gases, heces blandas y diarrea, casi siempre a las pocas horas de haber tomado un vaso de leche o comido un helado. La tolerancia, eso sí, cambia de una persona a otra. Hay gente que se infla con apenas media taza, mientras que otros bancan un poquito de queso o un yogur sin mayores consecuencias. También influye con qué se comió: un lácteo solo en el estómago pega más fuerte que si se lo acompaña con pan, con una comida completa, o si se lo ingiere dentro de un plato con otras grasas y proteínas. Quienes ya tienen el intestino irritable suelen notar los síntomas amplificados.
No es lo mismo que una alergia
Acá vale una aclaración que muchos confunden: la intolerancia a la lactosa no es lo mismo que la alergia a la leche. La alergia involucra al sistema inmunitario reaccionando contra las proteínas de la leche y puede dar urticaria, vómitos, eccema o, en los casos más serios, dificultad para respirar. Aparece sobre todo en chicos y es otra historia. La intolerancia, en cambio, es un problema de digestión, no de defensas: la enzima no llega, el azúcar no se rompe y el cuerpo lo acusa a su manera.
Cómo se confirma y qué se puede hacer
Para llegar al diagnóstico existe una prueba que se llama de hidrógeno espirado: la persona toma una dosis de lactosa y sopla en un aparato cada cierto tiempo durante unas cuatro horas. Si el hidrógeno en el aire que exhala sube bastante, quiere decir que las bacterias del intestino grueso fermentaron lo que no se absorbió. Pero la verdad es que no siempre hace falta llegar a ese estudio. Muchas veces alcanza con sacar los lácteos de la mesa por dos semanas y ver si los malestares se van. Si desaparecen y vuelven cuando se retoma el consumo, ya hay una respuesta bastante clara.
- Ir ajustando de a poco la cantidad de lácteos que se toleran, en lugar de cortarlos de golpe y de un día para el otro.
- Probar yogur y quesos duros, que suelen tolerarse mejor porque tienen menos lactosa por fermentación o por el proceso de elaboración.
- Sumar otras fuentes de calcio a la comida diaria, como vegetales de hoja verde, legumbres, frutos secos o alimentos fortificados, para no quedar corto en ese nutriente.
- Consultar al médico o a un nutricionista si las molestias siguen después de dos semanas sin lácteos, para descartar otras causas y armar un plan a medida.
Norma, mientras termina la salsa, me dice que extraña el flan con crema y los sándwiches de queso a la madrugada, pero que aprendió a reemplazarlos. Hoy toma leche deslactosada, come yogur natural y se da el gusto del queso rallado en pequeñas cantidades. «Uno no se muere por dejar la leche», me dice, mientras revuelve, y se ríe, «pero tampoco hay que pasarse tres meses con la panza inflada pensando que es nada». Es,, el mejor resumen que escuché en mucho tiempo: consultar, ajustar y no resignar nutrientes pensando que es una condena de por vida.
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