Cuidar a un familiar en la Argentina: seis de cada diez cuidadores principales arrastran algún grado de sobrecarga, según la Universidad Austral
Una encuesta nacional preguntó cómo impacta la tarea de asistir a un ser querido en el descanso, los proyectos personales y el empleo. Las mujeres aparecen como las más afectadas y el relevamiento advierte que no alcanza con tener ayuda: importa la calidad del acompañamiento.
Acá en la zona centro del país, en cualquier edificio de departamentos o en una cuadra cualquiera, la escena se repite casi todos los días: una mujer de alrededor de cincuenta años termina su jornada laboral, pasa por la verdulería, llega a su casa, deja las bolsas en la mesa, mira el reloj y sale corriendo hacia lo de su madre para darle la medicación, controlar la cena y acomodar lo que haga falta antes de volver a su propio departamento a preparar la mochila del día siguiente. No es un caso aislado. Una encuesta reciente de la Universidad Austral, que nosotros pudimos conocer en detalle, se propuso ponerle número a esa rutina y la conclusión es tan elocuente como preocupante: seis de cada diez personas que asumen el rol de cuidador principal de un familiar registran algún grado de sobrecarga, y dentro de ese universo, el 40,8 por ciento llega a un nivel que los propios investigadores definieron como intenso, un punto en el que, según sostienen, ya haría falta una intervención profesional para evitar que la situación se vuelva insostenible.
El relevamiento se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió respuestas de 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina. Una de cada cinco, el 20,4 por ciento, manifestó que estaba a cargo del cuidado de un familiar. Dentro de ese grupo, la responsabilidad principal recaía sobre el 60,6 por ciento de las mujeres cuidadoras y sobre el 44,4 por ciento de los varones, un dato que, de entrada, ya empieza a dibujar el mapa de a quiénes les toca la carga más pesada. Para dimensionar el desgaste, el equipo de la Austral trabajó con una submuestra de 120 cuidadores principales a los que les aplicó la escala de Zarit, un cuestionario reconocido internacionalmente que mide la sobrecarga a través de 22 ítems. El resultado fue categórico: alrededor del 60 por ciento presentó algún grado de sobrecarga y, como se dijo, cuatro de cada diez llegaron al umbral intenso.
Descenso, proyectos y trabajo: las tres frentes donde más se nota el costo
Cuando la encuesta preguntó por las consecuencias concretas del cuidado, las respuestas dejaron al descubierto tres frentes donde la vida se resiente de manera evidente. El primero es el descanso. Entre las mujeres cuidadoras, el 54 por ciento sostuvo que esa responsabilidad le impedía dormir lo necesario; entre los varones, esa proporción bajó al 30 por ciento. El segundo frente es el de los proyectos personales: el 44 por ciento de las mujeres dijo que cuidar limitaba sus propias metas, mientras que entre los hombres el porcentaje se redujo al 10 por ciento. El tercero es el trabajo remunerado: el 75 por ciento de quienes cuidaban también tenía un empleo, y la posibilidad de compatibilizar ambas cosas variaba de manera marcada según la modalidad de contratación. Entre los trabajadores formales, el acceso promedio a licencias y prestaciones, un paquete que incluía maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería, fue del 53,7 por ciento. Entre los informales, cayó al 17,1 por ciento, y entre los independientes, apenas al 9,5 por ciento.
A mí, como periodista, lo que más me llamó la atención de todo el informe es un hallazgo que, a primera vista, parece contradictorio y que en realidad termina siendo de los más reveladores. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40 por ciento, exactamente la misma, tanto entre quienes dijeron recibir apoyo de otras personas como entre los que reconocieron no tener ayuda de nadie. ¿Cómo se explica? La investigación lo aclara con una frase que a mí me quedó dando vueltas en la cabeza: "importa la calidad del apoyo y no solamente su existencia". Para llegar a esa conclusión, el equipo de la Austral desagregó el acompañamiento en tres dimensiones, que son la afectiva, la informacional y la operativa, y lo que vio es que no alcanza con que alguien se acerque a preguntar cómo estás: hace falta que ese alguien pueda, efectivamente, relevar unas horas, hacer un trámite, escuchar sin juzgar o acompañar a un turno médico sin que la situación se vuelva una carga más.
“El afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios alcanzados por la persona cuidada fueron señalados como aspectos gratificantes por el 95,7 por ciento de los cuidadores, lo que muestra que la experiencia convive con el desgaste y no lo anula.”Informe de la Universidad Austral
Y acá viene el costado más humano del trabajo, ese que a mí me interesa especialmente como cronista. La encuesta no se quedó en el relevamiento del sufrimiento, porque el 95,7 por ciento de los cuidadores también reconoció al menos un aspecto gratificante de la tarea. Los más mencionados fueron el afecto recíproco, los momentos compartidos y los cambios positivos que la persona cuidada iba logrando con el tiempo. Esa valoración positiva, lejos de contradecir los datos de sobrecarga, convive con ellos, y a mí me parece que eso es lo que mejor describe lo que le pasa, por ejemplo, a Marta, una vecina del barrio de Once con la que hablé mientras preparaba este informe: ella cuida a su padre hace más de cuatro años, duerme apenas cinco horas por noche, renunció a un curso de cocina al que iba los sábados y, sin embargo, cada vez que su padre le dice que la quiere, ella siente que vale la pena. Esa mezcla de agotamiento y de sentido es, justamente, la que la Universidad Austral puso sobre la mesa y la que las políticas públicas deberían empezar a mirar de cerca.
Lo que uno espera que pase de acá en adelante, y lo digo con la misma seriedad con la que encaro cada nota, es que estos números no queden archivados en un cajón. La investigación de la Austral deja dos mensajes que no se pueden pasar por alto. Por un lado, que las mujeres siguen siendo quienes cargan con la parte más pesada del cuidado, tanto en el porcentaje que asume el rol principal como en el impacto sobre el descanso y los proyectos propios. Por el otro, que no alcanza con multiplicar licencias o con crear nuevos beneficios en el papel: mientras el acceso real de los trabajadores informales e independientes no se acerque al de los formales, la sobrecarga va a seguir golpeando exactamente sobre los hombros que menos red de protección tienen. Lo que esa vecina, lo que Marta y lo que las 1.028 personas que respondieron la encuesta esperan, en definitiva, es que cuidar deje de ser un asunto privado que se resuelve con voluntad y empiece a ser, de una vez por todas, un asunto colectivo que se resuelve con políticas concretas.
- Seis de cada diez cuidadores principales presentan algún grado de sobrecarga, y el 40,8 por ciento llega al nivel intenso, según la escala de Zarit aplicada por la Universidad Austral.
- El 54 por ciento de las mujeres cuidadoras afirma que la tarea le impide descansar lo necesario, frente al 30 por ciento de los varones.
- El 44 por ciento de las mujeres señala que cuidar limita sus proyectos personales, contra el 10 por ciento de los hombres.
- El acceso promedio a licencias y prestaciones es del 53,7 por ciento entre formales, del 17,1 por ciento entre informales y del 9,5 por ciento entre independientes.
- El 95,7 por ciento de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante, como el afecto recíproco o los momentos compartidos con la persona cuidada.
- La sobrecarga intensa se mantiene en el 40 por ciento tanto con apoyo como sin él, lo que lleva al informe a sostener que importa la calidad del acompañamiento y no solo su existencia.
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