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VIE, 16 OCT 2026
Economía

La mesa del lunes se arma con fiado, tarjeta y la incertidumbre de no saber si el mes alcanza

El informe de septiembre del IETSE muestra que casi nueve de cada diez hogares debieron financiar la compra de alimentos y que más de la mitad registró restricciones en la comida, en un contexto en el que la inflación mensual volvió a acelerarse y la canasta básica total ya supera los dos millones de pesos.

IK
Ingrid KowalczukCampo y yerba · · lectura 6 min
La mesa del lunes se arma con fiado, tarjeta y la incertidumbre de no saber si el mes alcanza

Comprar la comida del mes dejó de ser, para la enorme mayoría de las familias argentinas, un trámite que se resuelve con el sueldo en la mano. Según el Informe Económico y Social del IETSE correspondiente a septiembre de 2026, el 88,8% de los hogares relevados tuvo que recurrir a alguna forma de financiamiento para acceder a los alimentos, un dato que describe con una crudeza inhabitual el estado de la economía cotidiana y que ubica al fiado, la tarjeta de crédito y los préstamos personales como instrumentos centrales de la subsistencia, en lugar de la excepción a la que muchas veces se los quiere reducir desde los despachos oficiales.

El desglose de ese 88,8% muestra una radiografía minuciosamente preocupante de las estrategias familiares: el 38,4% de los hogares apeló al fiado, es decir, a esa compra a cuenta que el almacenero, el verdulero o el carnicero del barrio anotan en una libreta o en una pantalla de celular y que se salda cuando se puede; el 36,5% cargó los alimentos a la tarjeta de crédito, una herramienta que en los hechos funciona como un crédito permanente pero con un costo financiero que suele quedar invisibilizado en el resumen mensual; y otro 13,9% directamente tomó préstamos para pagar comida, una decisión que las familias no toman por gusto sino cuando el resto de las opciones se ha agotado, y que suele comprometer ingresos futuros para resolver una urgencia presente.

Restricciones que se vuelven paisaje de mesa

El informe no se limita a registrar cómo se paga la comida: también releva qué se come, y el resultado es un mapa de restricciones que se han instalado como paisaje habitual en miles de hogares. Apenas el 42,4% de las familias consultadas declaró haber podido acceder a todos los alimentos que necesitaba durante septiembre; el restante 57,6% señaló algún tipo de dificultad o recorte, un porcentaje que por sí solo debería obligar a cualquier funcionario a salir del tono latido, no del tono empleado, a medir cada cuento o cada evasión retórica.

La situación se vuelve más áspera cuando se observan los datos desagregados. En los hogares con menores de edad, el 28,6% reconoció que algún niño, niña o adolescente había comido menos durante septiembre por falta de dinero, una respuesta que no admite eufemismos: describe a chicos que se acuestan con la pancha vacía o que directamente se saltean comidas porque en la casa no alcanza. En paralelo, en el 39,1% de los hogares relevados alguna persona adulta redujo voluntariamente su propia comida para que el resto de los integrantes pudiera comer, un comportamiento que los economistas suelen llamar autosacrificio alimentario y que, mirado desde cualquier cocina, no es otra cosa que un padre o una madre que se sirve menos para que el plato de los hijos no quede en blanco.

  • El 88,8% de los hogares debió financiar la compra de alimentos: 38,4% con fiado, 36,5% con tarjeta de crédito y 13,9% con préstamos.
  • El 28,5% pidió dinero para cubrir gastos básicos y el 61,3% dijo que resistiría menos de una semana sin ingresos.
  • El 57,6% tuvo dificultades para acceder a todos los alimentos y el 28,6% de los hogares con menores reportó que algún chico comió menos por falta de plata.
  • La inflación mensual fue de 2,1%, cortó la racha de desaceleración y la interanual trepó al 32,8%.
  • La Canasta Básica Total llegó a $2.076.505 y la Canasta Básica Alimentaria, a $1.130.236.
  • Las ventas de alimentos y bebidas en comercios de proximidad cayeron 8,3% interanual en volumen.

Precios que se aceleran y una canasta que ya pasó los dos millones

El contexto inflacionario que rodea estos datos es, en sí mismo, parte del problema. El IETSE registró una variación mensual de precios del 2,1% en septiembre, tres décimas por encima del 1,8% de agosto, un repunte que interrumpió la tendencia a la baja de los meses anteriores y que volvió a complicar los cálculos domésticos de fin de mes, en los que cada punto de inflación se traduce en un ajuste de porciones, en un corte de carne que se reemplaza por otra cosa o en una marca de yerba que se cambia por una más barata. Con ese 2,1% de septiembre, la inflación acumulada de 2026 se ubica en el 24% y la interanual alcanza el 32,8%, cifras que sirven para entender por qué el financiamiento de la comida dejó de ser una decisión y pasó a ser una necesidad.

Para dimensionar lo que significa esa dinámica, basta reparar en los valores que el propio informe asigna a las canastas. La Canasta Básica Total, que marca la línea de pobreza para el hogar de referencia del estudio, trepó hasta $2.076.505, mientras que la Canasta Básica Alimentaria, que define el umbral de indigencia, sesituó en $1.130.236. Son montos que expresan los ingresos mínimos que una familia necesita para cubrir un conjunto de consumos considerados indispensables, y que contrastan de manera brutal con la realidad que describen el 61,3% de los hogares que aseguró que resistiría menos de una semana sin ingresos y el 32,7% que estimó que podría mantenerse entre una semana y un mes. El resto, directamente, no llega a imaginarse ese escenario.

El cierre del informe agrega un dato que completa la fotografía desde el lado de la oferta. Las ventas de alimentos y bebidas en comercios minoristas de proximidad, medidas en volumen, cayeron un 8,3% respecto de septiembre de 2025, una baja que no se explica por una mudanza masiva a los supermercados ni por un cambio de hábitos sofisticado de consumo, sino por una contracción real de la demanda: se compra menos comida porque alcanza menos el dinero, y la caída se siente primero en el almacenero de la esquina, en el kiosco barrial, en la despensa familiar, en todo ese entramado de pequeños negocios que sostiene el consumo cotidiano y que empieza a mostrar los números rojos de una crisis que las estadísticas macro suelen mirar de reojo.

La pregunta que sobrevuela todo el relevamiento, y que cada hogar argentino se hace en silencio al llegar el estado de cuenta de la tarjeta o al mirar la libreta del almacenero, es quién se queda finalmente con la diferencia entre lo que cuesta producir los alimentos y lo que las familias pueden pagar. Mientras esa pregunta no encuentre una respuesta explícita en políticas de ingresos, de precios y de financiamiento productivo, el fiado, la tarjeta y el préstamo seguirán siendo no solo un mecanismo de compra, sino el termómetro más preciso de una economía que, puertas adentro de cada cocina, lleva varios meses sin dar respiro.

IK
Ingrid KowalczukCampo y yerba

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