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JUE, 10 SEPT 2026
Vida

Los chicos que no pueden más: cuando pedir ayuda se vuelve una carrera de obstáculos

Síntomas que se multiplican en aulas, consultorios y guardias, equipos profesionales que no alcanzan y un Estado que llega tarde, tarde, tarde. Una recorrida por lo que viven niñas, niños y adolescentes cuando el sufrimiento no encuentra respuestas a tiempo.

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Yanina BenítezSociedad y vida · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Acá en la zona centro, en un aula cualquiera de cualquier escuela pública, la seño recibe una nena de nueve años que no durmió en toda la noche. Otra que se come los pelos. Otro que se golpea la cabeza contra el banco cuando se frustra con una cuenta de dividir. No son casos aislados, nos dicen quienes los ven pasar todos los días: es un patrón que se repite y que se fue volviendo paisaje, y como paisaje muchas veces deja de alarmar. A mí, cada vez que lo escucho, se me parte algo.

Lo que llega a las escuelas, a los consultorios y a las guardias hospitalarias es la punta de un iceberg que lleva años formándose debajo del agua. Chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman los brazos con la hebilla de la mochila, que escriben en una carpeta que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. Y acá quiero ser clara: no se trata de caprichos de la generación de cristal ni de chicos malcriados, como se escucha por ahí con una facilidad que asusta. Se trata de pibes y pibas atravesando situaciones que ningún chico debería atravesar.

La violencia que carga el cuerpo antes de que la palabra pueda

La violencia es parte central del cuadro que estamos describiendo. Las estimaciones de UNICEF son demoledoras y hay que repetirlas hasta que dejen de ser un número y se conviertan en lo que son: una de cada ocho niñas y mujeres argentinas fue víctima de una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada, guardada durante años, porque nunca encontró un interlocutor que la pudiera nombrar sin culpar a quien la sufrió. Y a eso se le suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones en la mesa familiar, que pocas veces quedan registradas en ningún expediente y que sin embargo pesan como plomo en la mochila de un pibe que tiene que sentarse a las ocho de la mañana a tratar de aprender la raíz cuadrada.

Marta tiene 52 años, vive en el barrio San Martín y es maestra de grado desde hace veintitrés. Me cuenta, mientras tomamos un mate en su cocina, que lo que más le duele de los últimos años es ver cómo se modificó el motivo de las derivaciones. Antes era el chico que no entendía la matemática o que repetía de año; ahora es el chico que se autolesiona, el que no come, el que se orina encima a los diez años porque la noche anterior fue testigo de escenas que nadie tendría que presenciar. Nosotros, como adultos responsables, no podemos seguir mirando para otro lado esperando que el problema se arregle solo, me dice, y se le quiebra un poco la voz.

Pantallas, apuestas y un aprendizaje que se cae a pedazos

Las plataformas digitales agregaron una dimensión nueva que todavía estamos lejos de dimensionar como sociedad. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas disfrazadas de juego y a material que promueve conductas de riesgo como si fueran hazañas. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que a esta altura ya debería haber hecho sonar todas las alarmas en todos los despachos donde se toman decisiones que tienen que ver con la infancia. El uso intensivo de pantallas no es un capricho generacional ni un pasatiempo inocuo: en muchísimos casos funciona como refugio ante soledades que no encuentran otro lugar adonde ir, y eso también hay que decirlo en voz alta.

A esta radiografía se suman los resultados de las pruebas PISA 2025, que muestran que casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender, nos explican los que saben, exige atención, confianza y una cierta capacidad de tolerar la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando toda la energía psíquica de un pibe está puesta en sobrevivir al hambre, en esquivar un golpe o en aguantar un abandono. Cuando un chico llega a la escuela con la panza vacía y la cabeza llena de ruidos, la cuenta de dividir pasa a ser un problema menor frente a lo que tiene que resolver adentro suyo antes de sentarse al banco.

Pedir ayuda y chocar contra una pared

Y acá viene la parte que más bronca me da como periodista y, sospecho, como ciudadana común: cuando una familia por fin advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, lo más probable es que se encuentre con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten lo que pudo ser una señal temprana en una urgencia absoluta. La atención llega fragmentada, cada uno por su lado y sin articular con el resto: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma físico, la justicia la infracción a la ley. El chico, mientras tanto, queda en el medio, perdiéndose como persona dentro de un circuito de informes, de planillas y de intervenciones que casi nunca se hablan entre sí.

Los equipos de salud mental infantojuvenil son escasos, los servicios están desbordados y la atención aparece partida entre salud, educación y justicia, lo que hace que muchísimos pibes queden sin acompañamiento sostenido precisamente en los momentos más críticos de sus vidas. Lo que uno espera, lo que todos los que estamos del otro lado del mostrador esperamos, es que el próximo gobierno, el próximo ministro, el próximo funcionario que se siente en ese sillón se haga cargo de lo que está pasando con nuestros chicos y deje de tratarlo como un tema de nicho. Mientras tanto, acá en la zona centro, la seño Marta sigue abriendo la puerta del aula a las ocho de la mañana, con el mate todavía tibio en el termo, preguntándole a cada nena y cada nene cómo durmió, como si esa pregunta fuera un pequeño acto de resistencia contra un sistema que, por ahora, los viene dejando caer.

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Yanina BenítezSociedad y vida

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