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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Miyazaki y un Sherlock Holmes con cara de perro: la serie olvidada de 1984 que parió un talento enorme

Antes de Nausicaä y muy lejos del Totoro, el futuro maestro del animé japonés se sentó en la silla de director para darle forma a una adaptación muy particular de los relatos de Arthur Conan Doyle, con animales antropomorfos, máquinas a vapor y un marcado aroma steampunk que todavía hoy sorprende.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · · lectura 6 min
Miyazaki y un Sherlock Holmes con cara de perro: la serie olvidada de 1984 que parió un talento enorme

A mí me gusta empezar las notas con una frase de mi abuela, que cuando veía una serie animada decía, sin fallar: "Mijo, mientras haya un dibujo bien hecho y una historia que valga la pena, no importa quién la cuente". Y esa sentencia me vuelve a la cabeza cada vez que me topo con esta joyita llamada Sherlock Holmes, una producción de 1984 que reunió al estudio japonés TMS con la televisión italiana RAI y que tuvo entre sus principales impulsores a un muchacho que todavía no era una leyenda pero que ya dibujaba como si lo fuera: Hayao Miyazaki, a quien hoy conocemos por obras maestras como Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro o El castillo ambulante.

Antes de meternos de lleno en la serie, vale la pena imaginar el galpón: un estudio de animación japonés de principios de los años ochenta, con mesas de luz, acetatos, pizarrones llenos de storyboards y, en el centro, a un director con bigote que revisaba cuadro por cuadro cada plano. Eso era TMS por entonces, y eso fue, más o menos, lo que vio Kyosuke Mikuriya cuando se le ocurrió la idea de adaptar los relatos de Arthur Conan Doyle en formato animado. La propuesta original tenía una ambición enorme: llevar al célebre detective a un universo donde los personajes fueran, en su mayoría, perros con rasgos y comportamientos humanos, es decir, animales antropomorfos que caminan, hablan, piensan y sienten como nosotros. Esa decisión visual, que a primera vista puede sonar caprichosa, fue la que terminó acercando la historia al público infantil y la que terminó dándole a esta versión una identidad propia, distinta a cualquier otra que se hubiera visto antes.

El detective inglés con cola y olfato afinado

Lo más llamativo de esta Sherlock Holmes es, sin dudas, el casting visual. Sherlock es un perro, el doctor Watson también, y prácticamente todos los habitantes de esa Londres de ficción son canes con dos patas, ropa victoriana y, claro está, un talento singular para el disfraz. Esa condición animal no es un simple adorno: condiciona la manera en que se mueven, los gestos, incluso la forma de resolver los misterios. Pero atención, que también hubo un cambio de planes importante: la idea original de Miyazaki había sido darle a la serie un enfoque bastante más adulto, más oscuro, más cercano al clima de los cuentos originales de Conan Doyle. Sin embargo, cuando el proyecto empezó a tomar forma definitiva, se optó por un tono más amigable, pensado para toda la familia. Ese volantazo estético es, para mí, lo que más se nota cuando uno se sienta a ver los capítulos: hay humor, hay aventura liviana, hay un ritmo que no agobia al espectador, pero también hay un respeto enorme por el universo literario del detective.

Avionetas, máquinas a vapor y misterios al mejor estilo steampunk

Y acá viene otro de los grandes atractivos de la serie, que a mí, personalmente, me tiene fascinada: la propuesta combina las investigaciones clásicas con escenas de aventuras que incluyen avionetas, carreras de autos, máquinas a vapor de todo tipo y un despliegue estético que muchos críticos coinciden en marcar como steampunk, esa corriente que mezcla ficción científica, tecnología a vapor y estética victoriana. Los casos inspirados en Conan Doyle comparten pantalla, entonces, con vehículos e inventos disparatados que amplían el componente de acción y le dan a cada capítulo una dinámica muy distinta a la que solemos asociar con el nombre de Sherlock Holmes. Es como si a la lógica deductiva del detective le hubieran agregado una dosis extra de adrenalina y un toque de ciencia ficción bien entendida.

  • Estrenada en 1984, fue una coproducción entre el estudio japonés TMS y la italiana RAI, con un total de 26 episodios.
  • La serie presenta a los personajes como perros antropomorfos, es decir, animales con rasgos y comportamientos humanos.
  • Combina investigaciones, aventuras, avionetas, carreras de autos y máquinas a vapor en clave steampunk.
  • Hayao Miyazaki fue uno de los principales impulsores del proyecto junto a Kyosuke Mikuriya y dirigió seis de los 26 capítulos.
  • Miyazaki abandonó la dirección para concentrarse en Nausicaä del Valle del Viento, otra de sus obras cumbres.
  • El director ya tenía experiencia en adaptaciones occidentales como Heidi, El perro de Flandes, Marco y Ana de las Tejas Verdes, todas dentro del World Masterpiece Theatre.
  • Antes de esta serie, había dirigido Lupin III junto a Isao Takahata, y por su cuenta Conan, el niño del futuro y El castillo de Cagliostro.

Por qué Miyazaki no quedó en los 26 capítulos

Hay un detalle que a mí, como buena curiosa de las historias detrás de cámara, me parece de los más jugosos del asunto. Aunque el nombre de Miyazaki aparece asociado a la serie, lo cierto es que su intervención como director abarcó apenas seis capítulos de los 26 que integran la adaptación. ¿La razón? Los retrasos de producción. El proyecto iba más lento de lo previsto y, en paralelo, se había empezado a cocinar otra idea que iba a demandarle muchísimo tiempo y energía: Nausicaä del Valle del Viento, la película que muchos consideran como una de las puertas de entrada al universo maduro del director y que se terminó estrenando en 1984, el mismo año en que esta Sherlock Holmes empezó aemitirse por televisión. Por eso, cuando uno hojea los créditos de la serie, ve el nombre del maestro pero también se cruza con varios realizadores que se hicieron cargo de los capítulos restantes. Y eso no le quita mérito a la obra, sino que la hace todavía más interesante: es el retrato de una época en la que la animación japonesa estaba en pleno salto de calidad y de identidad.

Lo que me queda dando vueltas, después de mirar con paciencia los pocos capítulos que tengo a mano y de leer bastante sobre el asunto, es esa sensación de que estamos frente a una serie que fue mucho más importante de lo que el tiempo le reconoció. Sherlock Holmes con forma de perro, con vapor por todos lados, con un director que estaba a punto de cambiar la historia del animé y con un equipo internacional que se la jugó por una adaptación distinta, libre, imaginativa. No fue la obra más recordada de Miyazaki, ni siquiera la más popular de su currículum, pero sí fue una de las que le permitió experimentar con otro ritmo, con otro tipo de narrativa y con un universo que venía de la literatura clásica europea. Y a mí, personalmente, me sigue pareciendo una razón más que suficiente para volver a sentarse a verla, con un buen té al lado y la paciencia de dejarse llevar por esos dibujos que, vistos hoy, todavía conservan ese perfume artesanal de los ochenta.

Antes de cerrar, una confesión que a esta altura ya no sé si es exceso de honestidad o simple deformación profesional: cada vez que me topo con una serie animada como esta, pienso en cuántos títulos parecidos estarán guardados en cajones olvidados del archivo, esperando que alguien se digne a rescatarlos. Si te interesa el género, una cita obligada para ver la serie es cualquier plataforma o archivo de animación japonesa con catálogo de los ochenta, y un buen plan para maratonear es preparar un té de boldo bien caliente con unas tostadas con manteca y dulce de membrillo, como hacía mi abuela cuando se sentaba a ver dibujos con nosotros los domingos a la tarde.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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