Treinta años sin Gilda: el camino oculto de «No me arrepiento de este amor» hasta convertirse en himno
A tres décadas del accidente que terminó con su vida en la Ruta 12, la historia de la canción que Gilda escribió en una etapa de cambios y que recién ganó a la masa del público después de su muerte.
Lo dijo la Negra Cristina, la que cantaba en los bailes del Conurbano cuando la fila daba vuelta a la manzana: «Mientras haya un boliche con ventilador de pie, hay una mina que va a cantar a Gilda». Y tenía razón, porque pasaron tres décadas exactas desde aquel 7 de septiembre de 1996 en el que Miriam Alejandra Bianchi se subió a una traffic en Buenos Aires y nunca más bajó, y la canción que mejor le sobrevive sigue sonando en cada fiesta donde se prende un par de luces de colores, en cada homenaje anónimo y en cada peluquería del país. Me refiero a «No me arrepiento de este amor», el tema que la propia Gilda escribió de puño y letra, y cuya historia es, en buena medida, la historia de ella: una mujer que dejó el guardapolvo de maestra jardinera, se calzó los tacos y se paró frente al micrófono en el momento exacto en que la cumbia argentina empezaba a pedir voz propia.
Para entender la canción hay que pensar en el galpón antes que en la pista: hay que imaginarse la cocina de Gilda en Villa del Parque, con la pava sonando y los cuadernos de la escuela todavía sobre la mesa, en esa semana bisagra en la que tomó la decisión de responder a aquella convocatoria para integrar una banda tropical y abandonar las aulas. «No me arrepiento de este amor» quedó inscripta en ese vértice personal y profesional, y abriría después el disco «Pasito a pasito con… Gilda», su tercer álbum, editado en 1994. Por eso el tema no es una pieza suelta: es el acta firmada de una elección de vida, el momento en el que la autora le puso su firma rítmica a la decisión de cambiar de raíz.
La grabación que casi no se hace
Quien mejor conoce los entretelones de esa etapa es Juan Carlos «Toti» Giménez, músico y productor que compartió con ella horas de estudio. «La canción fue compuesta íntegramente por Gilda —contó— y me la dedicó a mí. Ella no quiso poner la coautoría pese a que trabajamos juntos en muchos temas». El testimonio abre una puerta que a mí, particularmente, me sigue dejando pensando: cuántas veces la industria musical de los años noventa le habrá borrado el nombre a una autora en beneficio del varón de turno, y cuántas veces Gilda habrá decidido mirar para el costado con tal de no romper el equilibrio laboral.
La sesión tuvo sus bemoles. El productor José «El Cholo» Olaya no estaba convencido de incluir el tema en el disco y, según el relato de Giménez, la canción se registró mientras él estaba de viaje en Perú. Ese día Gilda estaba resfriada y el arreglo de teclado se usó para reforzar la voz en uno de los pasajes centrales. Son detalles que parecen menores pero que a los treinta años se vuelven enormes: una gripe, un jefe ausente, un teclado que entra para tapar una nariz congestionada y termina sosteniendo uno de los estribillos más escuchados de la música popular argentina.
El éxito que llegó dando la vuelta
Lo más llamativo del tema es su recorrido. En la Argentina no pegó de entrada: la primera recepción fuerte vino desde Bolivia y Perú, donde Gilda hizo presentaciones y pisó estudios de televisión con la insistencia que le caracterizaba. El reconocimiento masivo en nuestro país llegó después de su muerte, entre 1997 y 1998, cuando el álbum volvió a circular, las radios la pusieron en rotación pesada y las pistas de baile la adoptaron como propio. En 1998, la banda Attaque 77 publicó su propia versión, lo que terminó de instalar la canción fuera del circuito tropical y la dejó convertida en un cruce de géneros que ya nadie discute.
Quiero detenerme en una cosa que a mí me toca de cerca: la devoción alrededor de la figura de Gilda no se explica solo por una melodía pegadiza, se explica porque su vida cuenta una historia que muchas mujeres de mi generación y de varias anteriores reconocen al vuelo. Una piba que laburaba en una escuela, que se rompió la familia por animarse a cantar, que se la bancó en colectividades, en pueblos del Norte, en bailantas donde cobraba poco y volvía con lo justo. Cuando Natalia Oreiro la describió como «una mujer que tuvo que luchar contra muchos prejuicios sociales, culturales y familiares», me parece que no exageró: a Gilda le discutieron el micrófono, el apellido artístico, la autoría de las canciones y hasta el lugar que le correspondía como artista. Ella eligió no pelearse, eligió cantar. Y por eso cuando la escucho, cada tanto, en algún video de YouTube con la imagen un poco movida, siento que me está hablando a mí y a todas las que todavía estamos eligiendo.
Por eso celebro que se cumplan estos treinta años con su música sonando, y con esta nota como modesto homenaje. Para quien quiera sumarse al festejo o simplemente recordar a Gilda en vivo: este domingo hay una vigilia en el santuario que armaron sus fans a la vera de la Ruta Nacional 12, en el kilómetro 129, en el ingreso a la ciudad de Buenos Aires, en Entre Ríos; la convocatoria es a partir de las 10 de la mañana con misas, cantores locales y la presencia habitual de Gladys, la Bomba Tucumana y Los Tekis. Se come choripán, empanadas entrerrianas y se toma vino de la zona. Quien vaya me hace el favor de llevar una vela y un pañuelito blanco. Yo no voy a poder estar, pero ya me siento ahí, cantando bajito.
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