Tierra Colorada Noticias  Buscar
Dólar oficial $1.530,00 0,00%Dólar blue $1.555,00 +0,65%Dólar MEP $1.536,70 -0,21%Riesgo país 485 pb -1,22%
LUN, 14 SEPT 2026
Vida

Antes de subirse al auto, hay que recordar que todos caminamos por la misma vereda

Una campaña de la Asociación Internacional de Víctimas de Tránsito pidió en la Legislatura porteña que se mire la calle con los ojos del peatón. Madres del Dolor y otras familias insisten con una reforma penal que endurezca las sanciones para quienes manejan alcoholizados, participan en picadas o se fugan después de atropellar a alguien.

YB
Yanina BenítezSociedad y vida · 14 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Llegás a la esquina de siempre, la de todos los días, y antes de mirar el semáforo ya estás haciendo cuentas con el tiempo que te falta para llegar. Te apurás, mirás el celular, cruzás apurado. Del otro lado, un colectivero frena de golpe porque vos le pasaste por delante sin terminar de mirar. Es una escena mínima, de las que se repiten acá en la zona centro casi sin que nos demos cuenta, y es exactamente la escena que esta semana quisieron poner en primer plano las familias que perdieron a alguien en la calle. LaAsociación Internacional de Víctimas de Tránsito presentó en la Legislatura porteña una campaña que arranca con una frase que parece obvia y por eso se repite poco: antes de ponerse al volante, todos somos peatones.

La desproporción que casi nadie quiere ver

El núcleo del mensaje es bien sencillo y a la vez bien incómodo de aceptar para nosotros, los que manejamos todos los días: un auto pesa más de mil kilos, una persona pesa entre sesenta y noventa. Esa diferencia, que cualquiera entiende en una hoja de papel, es la que decide quién se lleva la peor parte cuando hay un choque. La campaña lo dice sin rodeos: el peatón es el eslabón más débil de la calle, y el que maneja carga con la responsabilidad de cuidarlo antes de decidir a qué velocidad acelera, dobla o pisa el freno. No es una opinión, es física pura, y sin embargo seguimos chocando.

Quien llevó la voz cantante en la presentación fue Viviam Perrone, una de las referentes históricas de Madres del Dolor. Su hijo Kevin Sedano tenía catorce años cuando lo atropellaron el primero de mayo de 2002 en Vicente López. El conductor se dio a la fuga y el adolescente murió una semana después. Desde entonces, Perrone se convirtió en una de las caras más conocidas de un reclamo que en Argentina lleva décadas: que la Justicia deje de tratar a un siniestro vial con muerte como un accidente menor y que el Congreso avance con una reforma penal específica. Son más de veinte años militando lo mismo, y eso dice mucho de cómo estamos como sociedad.

Porque la propuesta concreta que volvieron a poner sobre la mesa no es nueva, pero sigue trabada en el Congreso. La iniciativa apunta a endurecer las penas y a sumar agravantes para tres conductas que aparecen una y otra vez en los partes policiales y en los obituarios: manejar alcoholizado, participar en picadas ilegales y darse a la fuga después de atropellar a alguien. Como contó Viviam en la Legislatura, esos tres ítems concentran una parte enorme de las muertes que se podrían haber evitado, y la ley todavía los trata con demasiada benevolencia.

Estrellas amarillas que todavía duelen

La campaña también recuperó algo que ya forma parte del paisaje urbano y que muchos hemos visto sin detenernos demasiado: las estrellas amarillas pintadas o pegadas en el asfalto. Son el símbolo que las familias colocan en el lugar exacto donde murió alguien en un siniestro vial. Funcionan como una tumba chiquita en la calle, como una advertencia a los que pasan y como un recordatorio permanente de que detrás de cada una hay un nombre, un documento y una mesa que se vació para siempre. Cuando uno las empieza a ver en serio, deja de mirarlas como un dibujo y empieza a verlas como lo que son: un pedido de memoria y un pedido de cambio.

Mirta vive en el barrio de Once y suele cruzarlas cada vez que va a hacer un trámite al centro. Me dijo, mientras esperaba el colectivo, que cada estrella que pisa le cambia el humor del día: uno sabe que del otro lado hubo alguien que se fue a trabajar o a estudiar y no volvió más. Y me preguntó algo que la campaña también busca instalar: cuántas veces vamos a pasar por arriba de esas marcas sin preguntarnos qué se puede hacer distinto.

  • Bajar un cambio la velocidad máxima en zonas escolares y barrios residenciales, que es donde más atropellos a peatones se registran.
  • Cruzar siempre por las esquinas, aunque haya que caminar dos cuadras más, y dejar el celular en el bolsillo hasta pisar la otra vereda.
  • Exigir a los municipios que mejoren la señalización y la iluminación, porque muchas muertes ocurridas de noche se explican por calles mal iluminadas.
  • Acompañar el reclamo de las víctimas para que el Congreso trate la reforma penal que endurece penas para alcoholemia, picadas y fuga.
  • Si ves a alguien manejando alcoholizado o en una picada, denunciar: una llamada al 911 puede evitar una estrella amarilla nueva.

En el fondo, lo que estas familias nos piden es algo que no cuesta plata pero que cuesta muchísimo en lo cotidiano: bajarle dos cambios a la vorágina que llevamos arriba del auto y entender que la calle no es solo un camino para llegar más rápido, sino un lugar compartido con gente que camina, que se distrae, que se tropieza y que es, casi siempre, la que peor la pasa cuando algo sale mal. La reforma penal y las estrellas amarillas son la parte más visible del reclamo, pero la verdadera transformación, me parece a mí, empieza en esas decisiones chiquitas que tomamos cada vez que arrancamos el motor. Esperemos, de una vez por todas, que esta vez sea la definitiva.

YB
Yanina BenítezSociedad y vida

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo