Aquel Luis Scola que dejó a Popovich mudo y dejó un récord que nadie se anima a tocar
Dieciséis años atrás, en un Mundial de Turquía donde la selección se jugaba el futuro, el ala pivote firmó 37 puntos ante Brasil, una marca que sigue de pie. El técnico de los Spurs se levantó de la tribuna antes del final, masticando bronca.
Septiembre del 2010. Estambul ardía de calor y de humedad, esa mezcla que te pega en la nuca y no te deja respirar. Yo estaba convencido de que el Mundial de Turquía iba a ser otro torneo más para la selección argentina, de esos donde se compite con dignidad y después todos se vuelven a casa. Error mío, y de los más lindos que me tocó confesar.
El estadio Sinan Erdem era una caldera. Del lado de enfrente, Brasil. Del nuestro, un tal Luis Scola que aquel 7 de septiembre decidió, sin pedirle permiso a nadie, cargarse el partido al hombro. Treinta y siete puntos. Cifra redonda, pero redonda de verdad, de esas que no se ven seguido en una Copa del Mundo.
Un brasileño detrás de otro, y Scola pasaba igual
El arranque ya avisaba. Scola entró al poste bajo como quien entra a su casa después de un viaje largo: se sacó los zapatos, acomodó las cosas y se sentó cómodo. Anderson Varejao, Tiago Splitter, nombres pesados del básquet internacional, fueron probando y fueron perdiendo. Movimientos de pies cortos, enganches hacia un lado y hacia el otro, y el aro se transformó en algo así como un buzón al que le entraban cartas sin parar.
Y eso que no era un nueve de Julio cualquiera. Para encontrar los próximos diez puntos del Cóndor había que correr hasta el minuto 37 del partido. Un parcial personal de 10-0 en los minutos decisivos que dejó a Brasil mirando el marcador como cuando uno mira la factura del gas en pleno julio. De los 40 minutos que duró el encuentro, Scola descansó apenas uno. Uno. Ni para ir al baño.
“De 10 posesiones, iba a tomar ocho. Así y todo, convertía.”Rubén Magnano, técnico de Brasil en aquel partido
Detrás de cada uno de esos lanzamientos hubo un nombre y apellido: Pablo Prigioni. El base de Ranchi, de esos que parecen tenerlo todo calculado y que nunca pierden la pelota, le fue sirviendo la mesa a Luifa como en un restaurante de cuatro tenedores. Servicio, recepción, conversión. Mecánica simple, letal.
Popovich, la tribuna y la bronca
Pero la postal más sabrosa de la noche no se vio en la cancha. Aquel día, sentado en las tribunas del Sinan Erdem, había un señor con cara de pocos amigos: Gregg Popovich, entrenador de los San Antonio Spurs. Pop estaba viendo en vivo lo que la NBA había dejado pasar. Los Spurs habían drafteado a Scola tiempo atrás y nunca lo habían traído a Texas. En algún momento del último cuarto, según cuenta el libro "El Abanderado", el técnico se levantó, pidió permiso y se fue antes del final, repitiendo entre dientes una frase que recorre los pasillos del básquet como un eco molesto: "No puedo creer que cambiamos a este jugador".
Ah, una cosa más. Cuando todo terminó y Scola pudo volver a respirar, dijo algo que a mí me quedó dando vueltas: "Ellos no saben que este fue uno de los partidos más emocionantes que me tocó jugar. Algún día alguien les contará". Les hablaba a sus hijos. Dieciséis años después, ya es hora de que alguien les cuente.
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