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VIE, 04 SEPT 2026
Turismo

Cazar al fantasma de la estepa: tres días tras las huellas del puma en el corazón de Santa Cruz

Desde Perito Moreno, en el cruce de las rutas 40 y 43, salen expediciones que rastrean al felino más grande de la Patagonia por cañadones, campos privados y los márgenes del Parque Patagonia Argentina, con la nieve como aliada y la paciencia como única garantía.

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Natalia KriegerAmbiente y selva · 4 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Cuando todavía no asomó el sol sobre la meseta y el termómetro marca varios grados bajo cero, una camioneta enfundada en hielo deja atrás las últimas luces de Perito Moreno, esa ciudad chica del departamento Lago Buenos Aires que se acomoda justo donde la ruta nacional 40 se cruza con la provincial 43. Adelante esperan tres jornadas de marcha por la estepa patagónica con un objetivo tan preciso como esquivo: encontrar al puma que durante el invierno deja su firma en la nieve, ese pentágono perfecto de almohadilla sin marcas de garras, porque este cazador, a diferencia de otros felinos, retrae las uñas cuando camina. La huella, dicen los guías, es la puerta de entrada a un rastreo que combina intuición, lectura de paisaje y mucha, muchísima quietud.

La logística de estas salidas tiene la cadencia de una expedición: partida de madrugada, antes del amanecer, y recorrida por sectores lindantes con campos privados y por los márgenes del Parque Patagonia Argentina, un área que, según los registros que manejan los operadores locales, sostiene más de 120 especies de aves y una fauna terrestre donde reinan guanacos, zorros colorado y gris, piches patagónicos y zorrinos. El avistaje, aclaran los guías, nunca está garantizado, y esa incertidumbre es parte del contrato implícito con el viajero: uno no va a ver un puma, va a aprender a buscarlo, y en ese aprendizaje la estepa va mostrando capas que de otra forma permanecerían invisibles para el ojo apurado.

El invierno como aliado del rastreador

El rigor del clima patagónico en esta época del año opera como una paradoja útil. La nieve, que puede acumularse hasta la rodilla y dejar tramos de asfalto cubiertos por una placa de hielo traicionera, es la misma que vuelve legible el paso del felino: cada pisada queda impresa con una nitidez que el suelo seco jamás ofrece. La pata delantera del puma, además, es más grande que la trasera, un detalle que los baqueanos locales utilizan para distinguir la dirección de la marcha y hasta para estimar el tamaño del animal. En la adultez, un macho puede pesar entre 55 y 80 kilogramos, mientras que la hembra oscila entre 30 y 60; se trata del depredador tope de la región, regulador natural de las poblaciones de herbívoros, y por eso su presencia, aunque silenciosa, reorganiza todo el ecosistema a su alrededor.

Los guías trabajan con un menú acotado de señales para orientar la búsqueda, y lo repiten como un mantra durante las primeras horas de cada jornada. La agitación repentina de una tropilla de guanacos o la corrida de los choiques suele delatar la cercanía del felino, porque esos herbívoros detectan al predador antes que cualquier binocular. Las huellas en la nieve aportan la confirmación física del recorrido. El vuelo convergente de caranchos o cóndores un punto del terreno indica que algo murió y que la cadena de carroñeros ya empezó su tarea. Y los restos parcialmente cubiertos con tierra o vegetación, generalmente de guanacos o liebres, funcionan como la evidencia final de que el puma estuvo allí, acaso la noche anterior. Cuando alguna de esas pistas aparece, el grupo se detiene y trabaja desde posiciones elevadas, con binoculares, para evitar delatar la presencia humana en un entorno donde el ruido y el movimiento se pagan caro.

  • La huella del puma en la nieve es redondeada, con almohadilla en forma de pentágono y sin marcas de uñas porque el animal las retrae al caminar.
  • Los guías interpretan cuatro señales clave: agitación de guanacos y choiques, huellas en la nieve, vuelo de caranchos o cóndores hacia un punto y restos de presas tapados con tierra o vegetación.
  • El macho adulto pesa entre 55 y 80 kilogramos y la hembra entre 30 y 60; es el depredador tope de la Patagonia y se alimenta sobre todo de guanacos, choiques y liebres.
  • A diferencia de los grandes felinos, el puma no ruge: se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos, y puede saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal.
  • En el recorrido también aparecen guanacos, zorros colorado y gris, piche patagónico, zorrino, y en el cielo cóndores andinos, choiques y flamencos, dentro de un área con más de 120 especies de aves registradas.

La figura del puma, sin embargo, no termina en su condición de pieza de caza turística. Es un animal de hábitos principalmente crepusculares y nocturnos, solitario y territorial, lo que vuelve aún más meritorio cualquier encuentro visual, y por eso cada registro de avistaje se vive como una excepción y no como una regla. Mientras el sol se arrastra sobre la estepa y el viento empieza a barrer los campos, la sensación que queda es la de haber participado de un protocolo de lectura del paisaje más que de una excursión convencional: se trata de aprender a mirar donde antes solo había fondo, de entender que entre un cañadón y una barda hay una madeja de relaciones que el ojo humano común ni siquiera sospecha.

El propio enclave de Perito Moreno funciona además como cabecera para otras excursiones que completan la visita. A pocos kilómetros se levanta Los Antiguos, un pueblo que cultiva cerezas y frutillas gracias a un microclima de valle que rompe el molde árido de la provincia, y más al sur se abre el Parque Provincial Cueva de las Manos, con su repertorio de arte rupestre que testimonia miles de años de presencia humana en estos mismos cañadones donde hoy se busca al felino. Esa superposición de temporalidades, entre las manos pintadas en las paredes y las huellas frescas en la nieve, termina de darle al viaje una densidad que excede largamente al safari en sí y que devuelve al visitante con más preguntas de las que llevaba.

Queda, al final del recorrido, una certeza incómoda: el puma casi nunca aparece, y cuando aparece lo hace durante segundos, a varios cientos de metros, recortado contra una ladera o perdiéndose entre las matas de coirón. ¿Cuánto de lo que vemos en estos viajes depende del animal y cuánto del estado de atención que el paisaje, sin pedir permiso, nos termina imponiendo? ¿Y qué dice de nosotros que necesitemos pagar una excursión para volver a aprender a mirar un terreno que, técnicamente, nos pertenece a todos?

NK
Natalia KriegerAmbiente y selva

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