Cuando el crédito de la app se vuelve una sombra: pagar la luz con la billetera virtual y despertar ahogado de deuda
Tasas que parecen usureras, letra chica que nadie lee y familias neuquinas que recurren al celular para llegar a fin de mes: cómo se entra en el pozo y cómo empezar a salir sin que los intereses sigan multiplicándose.
Son las nueve de la mañana en una cola de la oficina de Defensa del Consumidor de Neuquén capital, en pleno centro cívico, y María Inés, vecina del barrio Cumelén, ya está ahí con el celular en la mano, mostrándole a la empleada la captura de pantalla de una notificación que le llegó a las tres de la madrugada. El mensaje la amenaza con figurar en un registro de deudores si no paga antes del viernes los ciento veinte mil pesos que, juraba ella, eran mucho menos cuando los pidió en la billetera virtual para tapar la diferencia del alquiler. Acá en la zona centro, en esta oficina que queda a tres cuadras de la municipalidad, la escena se repite todas las semanas, y cada vez con más gente, y cada vez con montos más altos, y cada vez con personas que, como María Inés, no entendieron bien lo que firmaron con un click en la pantalla del teléfono.
Porque de eso se trata, en definitiva, este fenómeno que cruza a la mayoría de los argentinos que tienen un smartphone: de entrar al crédito digital como quien entra a un pasillo con la luz encendida y terminar perdiéndose en un laberinto que se construyó a sus espaldas, con tasas que recién se entienden cuando ya es tarde. Los llamados préstamos instantáneos de las fintech, esos que aparecen como un botón dentro de las aplicaciones de pago, prometen plata en cinco minutos y terminan convirtiéndose en una bola de nieve que crece sola, mientras el usuario mira el extracto sin entender por qué el saldo que pidió de cien mil pesos ya supera los doscientos, y nadie le explicó bien por qué.
Salarios que no alcanzan y una pantalla que ofrece aire
Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén, lo explica con una frase que se está volviendo un lugar común en las charlas de Economía doméstica, pero que igual duele: los sueldos, las jubilaciones y lo que ganan los trabajadores independientes y los pequeños comerciantes perdieron la carrera contra la inflación en los últimos años, y entonces la familia mira la pantalla del celular como quien mira una soga en medio de la corriente. Ahí aparece el crédito digital, simpático, inmediato, sin ir al banco ni hacer fila, y la gente lo toma para la luz, para el gas, para la comida, para el alquiler, y a veces hasta para darse un gusto, y nosotros, como sociedad, lo vemos crecer.
“Esa deuda que era chiquita se te va haciendo cada vez más grande producto de los intereses. Cuando te querés acordar, tenés un lío bárbaro.”Fernando Schpoliansky, secretario de Finanzas de la Municipalidad de Neuquén
El índice de morosidad en Argentina ronda el veinte por ciento, casi cinco veces más que el promedio de los países vecinos de la región, donde se mueve entre el cuatro y el cinco por ciento, según los datos que maneja la Dirección de Protección al Consumidor local. Es un número que, dicho en frío, parece técnico, pero que en la calle significa familias enteras dejando de pagar algo para pagar otra cosa, y así, en cadena, hasta que todo se entrevera.
Letra chica, hostigamiento y derechos que pocos conocen
Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor de la provincia, no tiene pelos en la lengua para calificar el escenario, y dice que las tasas que cobran las plataformas digitales son prácticamente usurarias para los ciudadanos, y que las condiciones contractuales muchas veces no están escritas de forma clara, y entonces el usuario acepta sin leer, confiado en lo que le muestra la pantalla, y termina descubriendo cargos que no esperaba. El mecanismo, según cuenta el funcionario, es repetido y casi calcado de un caso a otro: la billetera ofrece una tasa, la letra chica mete otras condiciones, y cuando el deudor quiere regularizar, la deuda ya es otra, más grande, más pesada, más difícil de llevar.
“Casi usureras para los ciudadanos.”Pablo Tomasini, titular de la Dirección de Protección al Consumidor
Para quien ya está adentro del pozo y quiere empezar a salir, hay una herramienta concreta que el organismo provincial está difundiendo, y vale la pena repasarla porque a veces uno escucha la solución de un vecino y no se acuerda de anotarla. El Régimen Especial de Refinanciación de Deuda otorga préstamos de hasta cincuenta millones de pesos, con una tasa fija anual del treinta y cinco por ciento, una cifra que Tomasini describe como blandísima si se la compara con lo que cobran las fintech, y que está pensada justamente para cortar el ciclo de intereses que se va acumulando mes a mes. Los pasos para acceder se resumen en los siguientes:
- Ingresar al portal oficial del régimen y revisar los requisitos de ingresos y antigüedad laboral que pide cada línea.
- Completar la solicitud con el detalle de las deudas a refinanciar, incluyendo la plataforma, el monto original y el saldo actualizado.
- Adjuntar las liquidaciones de deuda que emiten las propias fintech para que la refinanciación tome el total, no un recorte.
- Esperar la aprobación y, una vez otorgada, cancelar las deudas anteriores para que los intereses viejos dejen de correr.
- Guardar todos los comprobantes de pago, porque en caso de un nuevo reclamo ante Defensa del Consumidor van a ser la prueba más firme.
La cobranza que se pasa de la raya
Hay otro costado de esta historia que golpea especialmente y que María Inés, la vecina de Cumelén, conoce de primera mano: el hostigamiento de las empresas que llaman, mandan mensajes a cualquier hora, amenazan con registrar al deudor en veraz, le escriben a sus contactos o le mandan fotos de supuestos embargos, y lo presionan hasta hacerlo vivir con el celular apagado por miedo. Tomasini es claro al respecto y señala que esa conducta directamente no está permitida, y que quien la sufra puede juntar capturas de pantalla, grabaciones y registros de llamados y presentarse en Defensa del Consumidor para iniciar un reclamo formal contra la plataforma, que es la que en definitiva responde por la cadena de cobro.
Ahora bien, y acá viene la parte que más me interesa contarles porque la aprendí charlando con esta gente que hace fila desde temprano, salir del pozo es solo el primer paso, porque el verdadero trabajo empieza después, cuando la deuda está en cero y uno tiene que decidir si vuelve a usar el mismo botón que lo metió en problemas. Tomasini lo dice sin vueltas: una vez que se sale de la trampa, conviene no volver a financiar gastos cotidianos con la billetera virtual, y en su lugar armar un presupuesto mínimo, aunque sea en una hoja de cuaderno, para que el próximo apurón no encuentre otra vez a la familia con el crédito instantáneo como única salida, que es exactamente el camino que María Inés quiere no volver a recorrer cuando salga de la oficina con su turno asignado y la esperanza de empezar a respirar un poco más tranquila, mientras cuenta los días que faltan para el viernes y piensa que ojalá, esta vez, la notificación de las tres de la madrugada no vuelva a aparecer.
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