De Melbourne al mundo en silla de ruedas: la cruzada de Fletcher y Lachie para demostrar que no hay destino imposible
Un joven parapléjico y su amigo, terapeuta en un centro de rehabilitación, hicieron una vuelta al mundo de tres meses que pasó por Hong Kong, los Alpes y la sabana sudafricana, y que se convirtió en una forma de militancia cotidiana.
Son las siete de la tarde en Melbourne y la zona centro todavía conserva ese calor espeso que deja el verano australiano. Fletcher Crowley llega al bar con su silla de ruedas, se acomoda en la mesa del fondo y pide una cerveza sin alcohol, la misma de siempre, mientras espera a Lachie Bennett, su amigo de toda la vida, que viene directo del centro de rehabilitación donde trabaja como terapeuta. Los dos se miran y se ríen, como hacen cada vez que recuerdan el día que compraron, casi por impulso, los pasajes de una vuelta al mundo con la que no habían soñado ni en sus mejores noches de guardia.
Fletcher tenía 17 años cuando un accidente en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Hoy puede ponerse de pie y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo agota enseguida y necesita apoyarse en alguien o en algo para no caerse. Esa limitación, lejos de achicarlo, terminó siendo el motor de una historia que estos días recorre las redes y que a nosotros, acá en la zona centro de las noticias que cuentan vidas más que estadísticas, nos parece una de esas que vale la pena contar bien despacio, con todos los detalles sobre la mesa.
Una amistad nacida en una guardia nocturna
Fletcher y Lachie se conocieron en el colegio, pero la amistad de verdad se construyó mucho después, en el centro de recuperación donde Lachie trabaja con personas que tienen lesiones medulares. Fue en una cena del turno nocturno, entre bandejas y mate cocido, donde se dieron cuenta de que compartían bastante más que la misma ciudad: los dos habían pasado por episodios de ansiedad, los dos habían aprendido a ponerles nombre y a manejarlos, y los dos se obsesionaban con la música, la moda y la idea de cruzarse con gente distinta a la del barrio.
Marta, una vecina del barrio de South Yarra que los conoce desde chicos, me dice mientras pasa el trapo por la mesa del bar: "A Fletcher lo vi crecer, lo vi caerme mil veces y levantarse mil una. Que ahora esté dando vueltas por el mundo con su silla no me sorprende, lo raro sería que se hubiera quedado quieto". La frase, casi sin querer, resume lo que los propios protagonistas repitieron durante los tres meses de viaje: que el mundo puede no estar pensado para ellos, pero que el problema no lo tienen ellos, lo tiene el mundo.
Tres meses, cuatro continentes y una lista de aventuras que parece escrita a propósito
- En Hong Kong, Lachie se cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda, una imagen que se volvió viral y que los propios protagonistas describieron como un momento "surrealista".
- En Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia y España recorrieron ciudades y pueblos chicos, siempre con la silla como compañera inseparable y con el tren y el auto adaptado como principales aliados.
- En Suiza, una familia que los seguía por redes sociales los invitó a quedarse en su casa y los recibió con una cena típica de la región, uno de los momentos que más los marcó en lo personal.
- En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza, durmiendo en colchones inflables en un piso de piedra.
- En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo, se metieron en ríos y se cruzaron con comunidades locales que nunca habían visto una silla de ruedas de cerca.
- En Sudáfrica hicieron safari en la reserva de Pilanesberg, bucearon con tiburones en jaula y volaron en parapente sobre la costa, tres experiencias que tenían en la lista desde adolescentes.
“Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione. El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett
El viaje arrancó casi por accidente: iban a comprarse dos semanas en algún destino cercano cuando apareció una oferta de vuelta al mundo con múltiples escalas y no lo dudaron. El itinerario terminó incluyendo Hong Kong, varios países de Europa, Brasil y Sudáfrica, todo en tres meses y con una logística que, según contaron, fue mutando sobre la marcha porque algunos lugares directamente no estaban preparados para una silla de ruedas. Cuando eso pasó, Lachie cargó a Fletcher, buscaron otra ruta o cambiaron de plan sin quejarse, una costumbre que, nos dicen, también les sirvió para aceitar la convivencia.
Ahorros, videos en redes y una campaña que les cambió la forma de viajar
Los primeros tramos los financiaron con plata de sus propios sueldos, ajustando cada gasto hasta el último centavo. Cuando empezaron a subir videos a redes sociales, la respuesta fue tan grande que se animaron a lanzar una campaña de micromecenazgo que les dio el margen para ser más espontáneos: apareció entonces la posibilidad de quedarse una semana más en un país, de cambiar un vuelo low cost por uno que les permitiera llevar la silla sin pelearse con la aerolínea, o de regalarse una actividad que antes hubieran descartado por el costo. Buena parte del alojamiento, además, se resolvió gracias a personas que los contactaron por internet y los recibieron en sus casas, una red de buena voluntad que, según nos cuentan, los dejó varias veces sin palabras.
Ahora, de vuelta en Melbourne, Fletcher y Lachie están armando los próximos pasos: quieren llevar su mensaje a escuelas y centros de rehabilitación, grabar un documental y, sobre todo, seguir viajando. Lo que esperan, nos dicen, es que cada vez más personas con lesiones medulares se animen a salir, a equivocarse, a perderse en una ciudad nueva sin que la silla sea un motivo para quedarse en casa. Lo que nosotros esperamos, mientras tanto, es que historias como esta se multipliquen y dejen de ser la excepción para empezar a ser, simplemente, una forma más de habitar el mundo.
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