Dos años y medio, una carpa prestada y un sueño que hoy se llama La Fonda
Ezequiel Banegas llegó a Neuquén desde Azul sin trabajo y sin techo. Un vecino le acercó una carpa, un refugio lo acompañó, y con dos hornallas empezó a cocinar para 500 personas. Ahora, a los 36, abre su propia rotisería en Mariano Moreno y ya piensa en un bodegón.
Son las diez de la mañana en Mitre y Correntoso, en pleno barrio Mariano Moreno, y Ezequiel Banegas está parado en la vereda mirando el local como si todavía no terminara de creer lo que ve. Tiene 36 años, una campera azul, las manos todavía con olor a masa de pizza y una carpeta abierta con la lista de proveedores. A dos metros de la puerta está la casa donde duerme cada noche, después de más de dos años de dormir donde podía. Acá en la zona centro de Neuquén, lo que hace unos meses era un galpón vacío hoy tiene un cartel pintado a mano que dice La Fonda y un mostrador nuevo que todavía no recibió ni un cliente.
La historia de cómo llegó hasta acá arranca en febrero de 2024, cuando este hombre de Azul, provincia de Buenos Aires, se subió a la ruta a dedo con una mochila, la ropa puesta y sin un destino fijo. Eran dos días de viaje hacia el sur y del otro lado no había nadie esperándolo, ni un techo ni un plato de comida. "Llegué sin nada", dice hoy, con la voz baja, como si todavía le pesara el recuerdo. Las primeras noches las pasó a la intemperie, hasta que se animó a pedir ayuda en un grupo de Facebook. Necesitaba una carpa. Un vecino del barrio, Raúl, le respondió y le llevó hasta donde estaba una carpa, una almohada y un acolchado. Esa ayuda, cuenta Ezequiel, fue la diferencia entre quedarse y volverse.
Un refugio, un corralón y la cocina como plan
Con la carpa prestada pudo sostenerse mientras buscaba trabajo. A los pocos días entró a un refugio de calle Belgrano al 2500, donde encontró algo más que un lugar para dormir: encontró compañía, contención y, sobre todo, un plan para reordenarse. "Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante", recuerda, y se le nota que lo dice en serio, no como frase hecha. Desde ese momento todo fue encadenándose: el primer empleo estable llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística; después se fue a un corralón en Cipolletti, donde arrancó como vendedor y terminó como jefe de ventas. Aprendió a manejar gente, a cerrar tratos, a escuchar lo que el otro necesita. Son herramientas que hoy, dice él mismo, usa cada vez que recibe un pedido por Instagram.
Dos hornallas, una heladera chica y quinientos clientes
Porque la cocina siempre fue el plan B que terminó siendo el plan principal. En su casa de siempre, con apenas dos hornallas, un horno roto y una heladera chica, empezó a hacer tortas fritas, chipá y bolas de fraile para vender en el Paseo de la Costa. Hacía las cuentas a mano, compraba lo justo y cuando sobraba algo, volvía a invertir. "Yo arrancaba con los poquitos recursos que tenía y a medida que tenía más demanda iba sumando cosas", explica. Así llegaron las pizzas, después las empanadas, después las hamburguesas. Cada producto nuevo fue una respuesta a alguien que le pidió algo más. Las redes sociales hicieron el resto: arrancó con quince seguidores en Instagram y hoy se acerca a los mil. "Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende", reconoce, y se le escapa una risa corta, la de alguien que todavía no se explica cómo pasó.
“Yo arrancaba con los poquitos recursos que tenía y a medida que tenía más demanda iba sumando cosas.”Ezequiel Banegas
El número que más repite, cuando uno le pregunta por la clientela, es quinientos. Quinientas personas que en poco más de un año empezaron a pedirle comida por mensaje, a pasar a retirar pedidos, a recomendarlo con un conocido. Es la cifra que lo convenció de dejar de pensar en la cocina de su casa y animarse a un local propio. Durante un año entero ahorró plata mes a mes, se privó de salidas, de gustos, de todo lo que no fuera la idea fija. "Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas", cuenta. Cuando juntó lo necesario, eligió un lugar que queda a metros de su propia casa, en una esquina conocida del barrio Mariano Moreno, y lo bautizó La Fonda, como esos lugares de paso donde uno se siente bienvenido.
Lo que se va a encontrar quien pase por La Fonda
- Apertura de lunes a domingo, excepto los martes.
- Dos turnos: mediodía, de 12 a 15, y noche, de 20 a 23.30.
- Carta con hamburguesas, lomos, empanadas, pizzas, tartas y burritos.
- Proyección de sumar en poco tiempo un menú diario al mediodía.
La Fonda todavía no abrió sus puertas al público, pero ya tiene horario, carta y precios pensados para que una familia pueda comer sin hacer un agujero en el bolsillo. Ezequiel lo dice con una mezcla de orgullo y cautela, la misma que se le nota cuando habla de lo que viene: "Mi sueño es abrirme un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias. Pero vamos de a poquito, paso por paso". Para él, el local propio no es el punto de llegada, es apenas una nueva estación en un viaje que empezó con una mochila y una carpa prestada. Lo que más le importa, afirma antes de volver a revisar la lista de proveedores, es que quienes entren sientan que allí adentro late algo parecido a lo que él sintió aquella primera noche en Neuquén, cuando un vecino que jamás había visto le acercó una carpa sin pedir nada a cambio.
Nosotros, los que vemos desde hace rato cómo trabaja Ezequiel en el Paseo de la Costa, sabemos que la apertura de La Fonda no es un cierre feliz: es un paso más. La fonda, el bodegón, los platos abundantes para las familias, todo eso está en la cabeza de un pibe de 36 años que hace dos años y medio dormía en la calle. Lo que la mayoría espera, y lo que él también, es que esta vez la rueda siga girando para el mismo lado.
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