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DOM, 20 SEPT 2026
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El aplauso silencioso: Manu Fanego y la herencia de un padre que aún golpea las tablas antes de cada función

A dos años de la muerte de Daniel Fanego, su hijo recorre el álbum familiar, revive la experiencia compartida en Teatro por la Identidad y revela el gesto ritual que lo conecta con él cada vez que sale a escena.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos · 20 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Yo lo confieso de entrada: hay pocas cosas que me conmuevan más en esta profesión que ver a un hijo hablar de un padre que ya no está y, sin embargo, sigue presente en cada gesto cotidiano. Por eso, cuando Manu Fanego se sentó a escribir aquel posteo para redes sociales en el segundo aniversario de la muerte de Daniel Fanego, no me costó nada imaginarlo en su departamento, con el celular en una mano y la mirada puesta en alguna foto antigua, eligiendo con cuidado qué recuerdos subir para que el mundo los acompañara en el duelo. La publicación no fue un comunicado frío ni un repaso de currículum: fue, simplemente, la manera que encontró este actor de decirle a su viejo que lo lleva colgado del alma cada vez que se planta frente a un escenario.

El dato que abre el homenaje, y que a mí me pareció el más hermoso de todo el material, es bien concreto: antes de salir a escena, Manu Fanego golpea las tablas del escenario. Es un movimiento pequeño, casi invisible para el público, pero cargado de una symbolique enorme. Lo aprendió de su padre, Daniel, y él mismo lo explicó en el posteo como una forma de saludarlo en cada función. Piensen lo que significa eso: cada noche de teatro, en cualquier ciudad del país, hay un Fanego que pisa fuerte el piso de un escenario y, de algún modo, le está diciendo «acá sigo, papá, y te llevo conmigo».

Elenco de padre e hijo en Teatro por la Identidad

El vínculo teatral entre ambos no se quedó, claro, en lo familiar: también se subió a las tablas en serio. En 2012, padre e hijo participaron de El vuelo del Cóndor, una obra que formó parte del ciclo Teatro por la Identidad, y les tocó interpretar distintas etapas de la vida de Pablo Podestá. Tiempo después, Manu describió aquel trabajo, en una publicación por el Día del Padre, como una experiencia única. Me imagino la cocina de la casa de los Fanego días previos al estreno, con los dos repasando el texto, discutiendo matices, midiendo silencios. No es un detalle menor: en un país donde el teatro se hereda como se heredan las recetas de la abuela, que padre e hijo hayan compartido escenario en un ciclo tan sensible como el de Teatro por la Identidad dice mucho de la coherencia artística de los dos.

Y si vamos a los orígenes, hay un momento que a mí, particularmente, me arrancó una sonrisa: una presentación escolar por el Día de la Bandera en la que Daniel le ayudó a preparar el personaje. Le practicó el texto, le resolvió la caracterización, y juntos usaron talco para simular canas y bigotes postizos. Manu recordó además el olor del mastik, ese adhesivo clásico del maquillaje teatral que varios de nosotros también asociamos con las bambalinas del colegio o del club del barrio. Detalles mínimos, casi de utilería, pero que terminan construyendo una memoria olfativa de la profesión.

“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego

En el mismo mensaje, Manu anunció que ese día iba a almorzar con su hermana Camila para recordar a Daniel. Y ahí, otra vez, aparece esa cosa tan criolla y tan nuestra de poner el duelo en la mesa, alrededor de un plato, con una copa, charlando de lo que fue y de lo que queda. Es la manera que tenemos los argentinos, y los rioplatenses en general, de procesar las pérdidas: no con ceremonias solemnes, sino con un asado, un fernet, una sobremesa larga.

Un recorrido que va de la escuela al escenario

Daniel Fanego murió el 19 de septiembre de 2024, a los 69 años, y al comunicar la noticia su hijo contó que estaba en su casa, rodeado por familiares y amigos. La noticia cayó fuerte en el ambiente artístico, porque Fanego padre era de esos actores de los que uno dice «trabaja siempre» y siempre en buen nivel: su trayectoria incluyó títulos que ya son parte de la historia reciente de la pantalla y la escena, como El marginal, El reino, Resistiré, Luna de Avellaneda y El Ángel, entre otros. Pero la foto que Manu eligió para el homenaje no es de ninguno de esos rodajes ni de ninguna de esas funciones: es la del acto escolar con bigotes de talco, la del abrazo de chico, la del mar, la del retrato final. Como si toda la filmografía pudiera reducirse, al final, a una cuestión de familia.

El homenaje, entonces, no fue un repaso de premios ni de críticas elogiosas: fue, sobre todo, un álbum. Y en ese álbum, el rito de golpear las tablas antes de cada función aparece como la herencia más concreta y más viva. Cada vez que Manu pise un escenario, en cualquier pueblo de la Argentina o del extranjero, va a estar dándole un golpecito al piso y, sin que el público lo sepa, dialogando con su viejo. A mí, que llevo años cubriendo esta sección, se me ocurre cerrar la nota con la pregunta que les dejo a ustedes, lectores: ¿qué trabajo de Daniel Fanego recordás especialmente? ¿Lo viste en una sala del under, en una función de Teatro por la Identidad, en una película que pasaste mil veces por cable? Cuéntenme, que para eso estamos.

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Elba ZimmermannCultura y espectáculos

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