El Camino Real que une ruta 7 con Villa Ruiz: un tramo de postas coloniales convertidas en fondas, granjas y viñedos
A 84 kilómetros de Buenos Aires, una traza pavimentada de 16 kilómetros revive la vieja senda al Alto Perú con propuestas gastronómicas criollas, actividades rurales y un patrimonio histórico que va de la colonia a las guerras civiles del siglo XIX.
El primer tramo del Camino Secundario Provincial 064-05 ya insinúa lo que viene: a la derecha, casi en el kilómetro 72 de la ruta 7, se levantan un lodge con spa y actividades de aventura y, apenas dos kilómetros después, una granja con laguna donde el menú del mediodía se extiende desde fiambres y empanadas hasta pastas, asado y postre, con taller de amasado de pan y contacto con animales incluido. La jornada arranca a las diez de la mañana y se estira hasta la merienda, en un paisaje de pasturas y arboledas que reemplaza las postas de aprovisionamiento del siglo XVII por comedores con olor a leña.
La traza, conocida históricamente como Camino Real al Alto Perú, data de mediados del 1600 y comunicaba las carretas que bajaban desde el norte con Buenos Aires; hoy esos antiguos puntos de descanso se transformaron en una sucesión de parrillas, casas de campo y comedores de cocina criolla que se relevan a medida que el asfalto avanza hacia Carlos Keen. Entre ellos se destaca un establecimiento que funciona desde hace generaciones, con especialidades elaboradas a partir de recetas familiares que superan el siglo de antigüedad, y un comedor enclavado en un bosque, reconocido por su picada, sus empanadas y sus carnes a las brasas.
De viñedos, maridajes y un hotel de campo de 1897
Pasado Carlos Keen, el camino suma atractivos que cambian el registro gastronómico: un viñedo propio ofrece catas y recorrido entre cepas de malbec, pinot, tannat, cabernet sauvignon y marcelan, con menú y maridaje incluidos. Más adelante, un restaurante con parque propone menú libre complementado con actividades al aire libre como búsqueda del tesoro, vóley, fútbol, juegos de mesa y taller de pan; hacia el final del recorrido, una casona de 1897 reconvertida en hotel de campo convive con comedores especializados en lechón a la estaca, bondiola con salsa de cerveza negra y pastas caseras.
La otra huella: la Estancia Azcuénaga y los ecos del rosismo
El recorrido no se agota en la gastronomía: en las afueras del pueblo de Azcuénaga se conservan parte de las instalaciones de una estancia construida en 1755, donde en 1834 se firmó un documento político relevante del período rosista, y por la que pasaron figuras centrales de las guerras civiles argentinas. Esa capa histórica, que el material describe sin abundar en detalles, convive con la propuesta más terrenal de asados, tirolesas y granjas educativas, y le da al tramo una densidad poco habitual para un paseo de fin de semana a menos de cien kilómetros de la capital.
Para llegar desde la ciudad, la vía es el Acceso Oeste hasta Luján y luego la ruta 7, hasta el kilómetro 72, donde se dobla a la derecha; Carlos Keen queda a unos 12 kilómetros de ese desvío, en el corazón del partido de Luján. Con el correr de los kilómetros, el visitante pasa de la promesa del lodge inicial a la frondosidad del bosque con empanadas, del viñedo con catas a la casona de 1897 con bondiola a la cerveza negra, en una secuencia que parece pensada para que nadie se baje del auto con hambre ni con aburrimiento, pero que en el fondo reescribe, ladrillo y asado mediante, la historia de las postas coloniales. ¿Alcanza con un día para recorrerlo entero, o la cocina criolla y las actividades rurales terminan por imponer, como en las viejas carretas, una segunda jornada de descanso?
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