"El mal hijo": la ópera prima de Jaime Lorente que empieza como un cuento de abuela y termina como un thriller de almacén
El actor español debuta como director con un drama ambientado en Murcia que convence en su retrato de la infancia y el vínculo con una abuela, pero se desinfla cuando la historia salta a la adultez y se entrega a fórmulas de cine negro ya muy pisadas. Una película correcta que deja gusto a poco.
“Las abuelas siempre tienen razón, aunque a veces se equivoquen con el de yerno, porque miran con los ojos del alma y no con los del barrio.”Proverbio popular de la colectividad murciana
Hay una imagen que se me quedó pegada del primer tramo de "El mal hijo", la ópera prima de Jaime Lorente como director, y que resume bastante lo que esta película pudo haber sido y finalmente no termina de ser: una ceremonia vista por una puerta entreabierta, algo íntimo y ajeno al mismo tiempo, como esas cosas que los chicos miran de costado cuando todavía no entienden del todo el lugar que los conocen. Esa puerta entreabierta es casi una declaración de principios del cine que Lorente querer hacer acá: un cine de gestos mínimos, de infancias filmadas con paciencia de abuela, de calor de galpón familiar antes que de sala de estreno.
La infancia en Murcia, ese primer mundo que sí funciona
Antes de que la historia arranque en serio, hay que contar dónde estamos parados, porque el lugar importa. La película se sitúa en Murcia, en ese sur español de veranos largos y familias sentadas en la puerta, y arranca con un Rubén niño que termina viviendo con su abuela después de que su padre pega el faltazo, un viejo tema si los hay, pero que acá está tratado con una textura muy de la tierra, muy de cocina con cebolla, sin estridencias ni golpes bajos. Ese vínculo entre el nene y la abuela es lo mejor del filme: escenas pequeñas, cotidianas, donde el cariño se construye con la naturalidad de las cosas que no necesitan explicarse, como cuando la vieja le prepara la merienda o le cuenta una historia mirando para otro lado, y uno como espectador siente que está sentado en esa mesa, tomando ese mate con esa galleta.
El salto al thriller: cuando la puerta se cierra de un portazo
El problema, y acá viene el giro que a mí particularmente me dejó con gusto a poco, es que la historia pega un salto temporal y Rubén ya es un pibe grande, y con el crecimiento se va también toda la calidez que sostenía al relato. De golpe estamos en otro mundo: tráfico de drogas, mafiosos de barrio, persecuciones, tipos con campera de cuero y diálogos que parecen sacados de una serie de Telecinco empezada después de la medianoche. Lo que antes era propio y específico, esa voz de Lorente director que uno empezaba a adivinar, se convierte en fórmulas reconocibles del cine negro y del thriller más gastado, de esas persecuciones que ya vimos mil veces y que no aportan mucho nuevo salvo el lugar común bien filmado, que no es lo mismo pero tampoco alcanza.
Lo que se gana y lo que se pierde
Entre lo que esta película prometía y lo que finalmente entrega hay una distancia considerable, y eso es lo que más duele del conjunto, porque no estamos hablando de un fracaso estrepitoso sino de una oportunidad desaprovechada. Lorente demuestra criterio en la composición de algunos planos, hay indicios de una mirada propia y de un director que sabe dónde poner la cámara, pero la inexperiencia se nota en la dificultad para sostener la tensión en las escenas de acción y, sobre todo, para dar espesor a los personajes secundarios, que quedan como figuras de género sin demasiado desarrollo, apenas silhouettes de thriller que pasan por la pantalla sin dejar ruido. Lo que se pierde en ese giro hacia el cine negro es justamente lo que hacía singular al primer tramo: los momentos dramáticos se acumulan con una insistencia que termina por desgastarlos, y esa puerta entreabierta que mencionaba al principio se cierra de un portazo que hace ruido pero no abre nada nuevo.
Dónde, cuándo y qué se come para ir a verla
"El mal hijo" se está estrenando en las salas comerciales de la Argentina, y se puede encontrar en el catálogo de plataformas comoMovistar Plus+ y Filmin, con sesiones que arrancan a partir de las 14:00 en el centro y a las 16:00 en los complejos de los shoppings del conurbano. Si van a ir, les recomiendo el combo de pochoclos grande y algo dulce, porque el primer tramo se disfruta mejor sin sobresaltos digestivos, y cuando empiecen las persecuciones ya tendrán el estómago ocupado con la bandeja. Ah, y si van con la abuela, llévenla de la mano: ella va a entender mejor que nadie esa primera media hora.
- El debut de Jaime Lorente como director muestra a un realizador con ojo para los gestos mínimos y las infancias filmadas con paciencia de galpón familiar.
- La primera mitad, centrada en el vínculo entre Rubén niño y su abuela en Murcia, es lo mejor del filme y funciona con escenas pequeñas y cotidianas, como una merienda compartida.
- El salto temporal a la adultez traiciona el tono inicial y el relato se entrega a fórmulas reconocibles de cine negro: drogas, mafias, persecuciones y personajes secundarios sin desarrollo.
- La película no defrauda de manera estrepitosa pero tampoco deja huella: hay trabajo honesto detrás de la cámara y un elenco que responde, aunque la distancia entre lo que prometía y lo que entrega termina pesando en el balance final.
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