La esquina detenida de Caballito: 70 veranos de masitas, miga y rock en un mismo mostrador
Sobre la avenida Rivadavia, una confitería que sobrevivió a demoliciones, modas y generaciones guarda el secreto de haber sido la mesa fundacional de Sui Generis mientras sigue despachando sándwiches de miga por triángulos y facturas con manteca a precios de otro siglo.
A tres cuadras del Parque Centenario, en plena avenida Rivadavia, hay una confitería que parece haberse resistido a la lógica del progresivo: El Greco sigue ocupando el mismo local desde 1952, con los mozos todavía vestidos de chaleco y corbata, las vitrinas todavía cargadas de facturas vienesas y masas finas, y unas mesas de madera donde todavía se decide, café mediante, buena parte de la rutina barrial de Caballito. Para los lectores que no lo conocen, vale la aclaración: el Caballito al que se entra por esa puerta es el de la cuadra del 5500, un tramo donde conviven edificios de los años treinta, veredas angostas y una densidad de locales gastronómicos que lleva décadas siendo patrimonio barrial, con el famoso parque como telón verde y pulmón del barrio y un arbolado centenario de plátanos y jacarandás que filtra la luz de la tarde sobre las mesas de El Greco.
Una esquina con varias vidas antes de El Greco
Lo que muchos comensales ignoran es que el edificio actual no es el original. A fines del siglo XIX funcionaba allí el café Campidoglio, con sus mesas de billar y sus partidas de cartas que se extendían hasta la madrugada. Tras idas y vueltas de dueños y un cierre definitivo en 1949, el inmueble fue demolido y en su lugar se levantó el local que hoy alberga El Greco, concebido desde el arranque como una confitería con fuerte impronta de pastelería, sándwiches y rotisería, tres oficios que por entonces caminaban juntos bajo el mismo techo y el mismo techo de vitrinas iluminadas.
Ese perfil casi intacto es el que todavía se palpa al cruzar la puerta: una planta longitudinal, mesones de mármol, espejos biselados y una barra antigua que funcionó como escenario secundario de infinitas conversaciones porteñas durante siete décadas seguidas, incluidas varias de las más trascendentes para la música popular argentina.
La mesa donde nació Sui Generis
Porque el dato más llamativo de El Greco no figura en ninguna carta y es, sin embargo, parte indisoluble de su identidad: a fines de los años sesenta, en una de esas mismas mesas que hoy ocupan jubilados, parejas y oficinistas, Charly García, Alejandro Correa y Beto Rodríguez se reunieron con Carlos Piegari para terminar de darle forma a un grupo de rock que estaba dando sus primeros pasos. Piegari aceptó sumarse, pero con una condición que quedó como una de las cláusulas fundacionales del rock nacional: que también convocaran a Nito Mestre. La condición se cumplió, y del encuentro salieron los cimientos de Sui Generis, la banda que terminó de modelar el lenguaje del rock argentino de los setenta y que dejó un legado que todavía hoy se discute en cada nueva camada de músicos y de cronistas del género.
Vitrinas que trabajan a pleno y precios que sorprenden
Al mediodía y a la noche, la propuesta se extiende con platos de rotisería que conservan el ADN fondista de la casa: el pollo al champiñón, el lomo a la castaña y las milanesas, con la milanesa Maryland como una de las opciones más pedidas por una clientela que mezcla habituales de toda la vida con familias que llegan desde otros barrios atraídas por la persistencia de un servicio a la antigua, con mantel, cubiertos de plata y un trato que en otros puntos de la ciudad ya casi ha desaparecido y que en El Greco se mantiene como un acto casi militante de resistencia cultural.
El contraste, a esta altura, resulta inevitable: mientras la gastronomía porteña gira hacia propuestas efímeras, cartas que cambian por temporada y locales que mutan de nombre cada pocos años, El Greco insiste con su catálogo prácticamente inalterado, sus mozos que conocen los pedidos de memoria y sus clientes que ocupan la misma mesa de siempre. La pregunta que queda picando, mientras se acomoda un plato de vitel toné junto a un cortado en una de esas bandejas que parecen salidas de otra década, es si este modelo de confitería de barrio, fundada sobre la rutina, la memoria y el servicio de proximidad, todavía tiene lugar en una ciudad que se reinventa a velocidad cada vez mayor o si, por el contrario, El Greco es ya la prueba viviente de que existen rincones de Buenos Aires dispuestos a sostener su propio ritmo, sin pedirle permiso a nadie y sin necesitar que la moda los confirme para seguir abiertos mañana, pasado y dentro de otros setenta años.
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