Llorente le dijo basta a España con la copa todavía caliente
El lateral del Atlético colgó los botines de la selección a 46 días de levantar el Mundial. Dice que la decisión la tenía tomada de antes, pero el timing deja picando a más de uno.
A cuarenta y seis días de haberse coronado campeón del mundo, Marcos Llorente agarró el celular, abrió Instagram y le soltó al país entero que se va de la selección española. Cuarenta y seis días, eh. Ni siquiera le dio tiempo a la camiseta de campeón de enfriarse del lavado. Uno se imagina al pibe escribiendo la carta con el termo del mate todavía al lado, después de haber mirado el calendario un par de veces para convencerse de que no estaba loco. Pero dice que está convencido, y viniendo de Llorente, suele ser así: cuando algo le da vueltas en la cabeza, termina haciéndolo.
Lo más jugoso del asunto no es la decisión en sí, sino el momento. España acaba de subir a lo más alto del podio en el Mundial 2026, con el lateral entrando desde el banco en la semifinal contra Francia para reemplazar a Pedro Porro. Tres partidos en el torneo, un rol secundario pero presente, y de repente, chau. Como ese amigo que se levanta del asado antes de que sirvan el postre, cuando la carne estaba en su punto.
La carta completa y lo que dice entre líneas
“Después de mucho tiempo dándole vueltas, he decidido cerrar mi etapa con la selección. Independientemente de si hubiese ido al Mundial o no, o de si hubiésemos ganado o no, esta decisión ya la tenía tomada.”Marcos Llorente, en su carta de despedida
El propio Llorense se sacó de encima las sospechas más obvias. Ni una discusión con el cuerpo técnico, ni una pelea interna, ni una mala relación con el grupo. Lo tuvo claro y lo blanqueó: si no lo convocaban igual se iba. Si perdían en octavos también. La decisión estaba adentro de la cabeza antes de subirse al avión a la Copa del Mundo. Cueste creerlo o no, el muchacho lo cuenta con una tranquilidad que da envidia.
Los números que respaldan el argumento y los que lo desmienten
- 31 años y vigente: la edad no parece ser el problema, porque en el Atlético Madrid disputó 49 partidos la temporada pasada, la mayoría como titular.
- Un todoterreno con chapa: Simeone lo usó en cuatro posiciones distintas, lateral derecho, mediocampista, volante por derecha y marcador central.
- Dos mundiales en el lomo: Qatar 2022, con los 120 minutos completos frente a Marruecos en octavos, y el título conseguido en 2026.
- Salida sin ruido: ni un cruce con el DT, ni un portazo en el vestuario, ni una queja pública. Todo parece haber quedado en una decisión íntima.
Acá es donde la cosa se pone interesante para discutir. Llorente tiene 31 años, un físico privilegiado y un entrenador que lo usa de comodín en cuatro puestos. En la lógica del fútbol, a un jugador así todavía le quedan uno o dos mundiales por delante sin forzarla. Pero el fútbol también tiene esa parte humana que a veces los números no explican: las ganas, el desgaste mental, la familia, el cuerpo que empieza a pedir facturas. A veces un jugador se retira de la selección no porque no pueda, sino porque ya no le dan los ánimos. Y eso, me animo a decir, vale tanto como cualquier estadística.
Yo lo miro desde afuera y me sale la parte emotiva antes que la racional. Llorente se va siendo campeón, en plenitud física y con la cabeza en su lugar. Eso es un lujo que pocos se pueden dar. Le queda el crédito intacto y el recuerdo fresco de levantar la Copa. Si está cansado de los viajes, de las concentraciones eternas, de los tres meses de verano sin ver a los hijos, me parece una decisión hasta sana. Ahora bien, si dentro de dos años lo veo en un programa de televisión diciendo que la Selección lo tentó de nuevo, no me voy a sorprender. Uno conoce a estos pibes: a veces se van y a veces la camiseta tira más fuerte que la almohada.
Mi pronóstico, con el derecho a errar que siempre me reservo: España va a extrañar a Llorente más de lo que cree. No mañana ni pasado, sino cuando empiecen los próximos torneos y necesiten a alguien que juegue de cuatro y de ocho sin quejarse. Pero también me juego a que el pibe, en dos años, está mirando los partidos por la tele y se le pianta un lagrimón. Veremos quién tiene razón.
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