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JUE, 10 SEPT 2026
Vida

Cuando la llaga en la boca deja de ser un trámite y empieza a pedir turno

Una herida común que casi siempre se va sola puede estar avisando algo más. Cuándo hay que dejar de bancarse el dolor y sentarse frente al profesional.

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Yanina BenítezSociedad y vida · 10 DE SEPT DE 2026 · lectura 3 min

Acá en la zona centro, mientras el consultorio abre temprano y la gente pasa con la taza de café en la mano, uno escucha seguido la misma frase: «Tengo una llaga en la boca que no se me va». La afta de toda la vida, esa herida chiquita y molesta que aparece de la nada, suele ser una molestia pasajera. Duele, incomoda, se nota cada vez que uno habla o toma algo caliente, y en una o dos semanas desaparece sin pedir permiso. No se contagia y le pasa, en algún momento de la vida, a casi una de cada cuatro personas, según los datos que maneja el Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos.

Por qué aparecen y por qué a veces se quedan

Las aftas se forman en la cara interna de los labios, las mejillas o la lengua, y no tienen un origen infeccioso. Muchas veces aparecen por cosas tan simples como morderse sin querer mientras se come, cepillarse los dientes con demasiada fuerza, o por el roce de un aparato de ortodoncia o de una prótesis que no termina de calzar bien. La Mayo Clinic suma a esa lista los bordes filosos de alguna pieza dental y el consumo de alimentos ácidos, picantes o salados, que irritan la zona y pueden hacer que la molestia dure más de la cuenta. Identificar y corregir ese factor —suavizar el cepillado, ajustar el aparato, limar el filo— es la manera más directa de reducir las chances de que la llaga vuelva.

Las señales para no dejar pasar más tiempo

  • Cuando la lesión supera las dos semanas sin cicatrizar.
  • Cuando las aftas reaparecen de manera frecuente.
  • Cuando la llaga es más grande de lo habitual.
  • Cuando aparece una nueva antes de que cierre la anterior.
  • Cuando el dolor impide comer, beber o hablar con normalidad.
  • Cuando se suma fiebre al cuadro.

Mirta, vecina del barrio, llegó a la guardia con una afta que arrastraba hacía casi un mes: «Pensé que se iba a ir como todas las otras, pero esta vez no había caso. Ya no podía ni tomar el mate», me cuenta mientras espera ser atendida. Su caso es el que la propia Mayo Clinic describe: una lesión que se prolonga más allá de las dos semanas deja de ser un trámite y empieza a pedir turno con un odontólogo o con un médico. También hay que prestar atención a las aftas que vuelven una y otra vez: pueden estar vinculadas a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12, aunque eso no significa que cualquier persona con llagas frecuentes tenga una carencia ni que deba salir a comprar suplementos por su cuenta. Es el profesional, mirando la historia clínica y los síntomas, quien decide si corresponde hacer análisis.

Mientras esperamos el turno, los geles de venta libre y los enjuagues antisépticos suelen alcanzar para calmar el dolor de una afta leve, y el tratamiento, según el instituto estadounidense, apunta sobre todo a aliviar la molestia y favorecer la cicatrización, aunque no asegura que las lesiones no reaparezcan más adelante. En los casos de aftas que se repiten con regularidad, una revisión publicada en el repositorio científico PMC insiste con un punto clave: antes de encuadrar todo como aftas recurrentes, hay que descartar otras causas posibles, y por eso la evaluación suele mirar también lo que pasa fuera de la boca.

La mayoría de las veces, una llaga ocasional no es motivo de alarma. Pero cuando el dolor se cruza en la rutina, cuando comer deja de ser un placer y la lengua se llena de preguntas, ahí lo que uno espera es que la consulta llegue a tiempo y que del otro lado haya alguien dispuesto a mirar la boca completa, no solo la herida. Porque a veces la señal más clara de que algo no anda bien es la que aparece una y otra vez en el mismo lugar.

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Yanina BenítezSociedad y vida

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