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JUE, 17 SEPT 2026
Vida

Cuando una respuesta corta se vuelve un terremoto: lo que pasa en la cabeza cuando sobreinterpretamos un mensaje de la pareja

Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti describen cómo los silencios, las respuestas breves o una demora se transforman en motivos de discusión cuando los miedos propios se meten en el medio. Tres claves para cortar ese circuito antes de que la confianza se resienta.

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Yanina BenítezSociedad y vida · 17 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

Son las diez de la noche de un martes cualquiera acá en la zona centro y el celular vibra sobre la mesa. Es un mensaje de la pareja: "ok". Nada más. Una sola palabra, seca, sin emoji ni carita, sin un "luego te cuento". Y entonces empieza esa película interna que todos conocemos: ¿está enojada? ¿la habré hecho algo? ¿le dije algo que le cayó mal? ¿me está dejando de a poco? En cuestión de segundos, un "ok" se transformó en un terremoto emocional. A mí, como a miles de lectores, me pasó. Y resulta que no es un defecto de carácter: tiene nombre, tiene mecanismos y, sobre todo, tiene salida.

Lo que pasó y lo que yo decidí que pasó

Lo que pasó y lo que yo decidí que pasó

La neuropsicóloga Karina Carreño propone, antes de responder cualquier cosa que nos genere malestar, hacer una distinción clave: por un lado está lo que efectivamente ocurrió —la pareja contestó con pocas palabras, demoró veinte minutos, no usó el mismo tono de siempre— y por otro lado está el significado que yo le estoy agregando. Que haya escrito poco es un hecho comprobable; que esté molesta es, en realidad, una interpretación. Esa diferencia parece mínima pero cambia todo, porque mientras el hecho nos deja tranquilos, la interpretación dispara la ansiedad y nos empuja a responder desde el miedo.

“El cerebro, cuando no tiene información sobre lo que siente o piensa el otro, intenta anticiparlo. Y para completar lo que no sabe, recurre a experiencias anteriores, a los propios temores e inseguridades. Así, una demora termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya nada que sostenga esa conclusión.”Karina Carreño, neuropsicóloga

Por eso la primera herramienta que sugieren las especialistas es bien terrenal: preguntar de manera directa. Parece obvio, pero en la vorágine del chat solemos saltar ese paso y mandarnos de cabeza a la peor lectura posible. Carreño explica que preguntar ayuda a bajar la incertidumbre y a desactivar esa reacción de alerta que se dispara cuando sentimos que algo no cierra. Y advierte algo que a nosotros, los más ansiosos, nos cuesta escuchar: a veces no vamos a tener una respuesta en el momento. Hay que aprender a convivir con eso sin convertir la espera en una cruzada personal.

Antes de descifrar al otro, mirarme a mí

La psicóloga Marina Mammoliti propone un cambio de foco que a mí, particularmente, me costó entender y aplicar. En vez de pasarnos horas tratando de descifrar qué quiso decir el otro con ese mensaje, sugiere mirar qué me está pasando a mí frente a ese silencio o esa respuesta escueta. ¿Me siento Abandonado? ¿Inseguro? ¿Envidioso? ¿Con miedo? Mammoliti lo resume así: prestar atención a la emoción que despierta el intercambio es una manera concreta de interrumpir la interpretación constante y volver a una conversación que sea, de verdad, con la otra persona y no con mis fantasmas.

Por qué nos cuesta tanto no caer en la sobreinterpretación

Por qué nos cuesta tanto no caer en la sobreinterpretación

Mammoliti señala que las experiencias dolorosas previas pesan mucho en cómo leemos las conductas de la pareja. Un pedido de estar solo, por ejemplo, se puede vivir como indiferencia cuando hay miedo al abandono de fondo. La inseguridad, la baja autoestima o haber atravesado una infidelidad alimentan lo que las especialistas llaman la búsqueda de confirmaciones: uno va juntando pistas para sostener la teoría de que algo anda mal, y termina Controlling al otro con pedidos reiterados de seguridad que, lejos de tranquilizar, erosionan la confianza. "En el consultorio vemos discusiones enteras por situaciones imaginadas", describe Carreño, y el dato duele porque suele empezar con un chat.

  • Separar el hecho de la interpretación: anotar qué pasó realmente y qué significado le estoy agregando yo.
  • Antes de responder, identificar la emoción propia: miedo, enojo, inseguridad, celos. Ponele nombre para bajarle el volumen.
  • Preguntar de manera directa y concreta qué quiso decir el otro, en vez de completar el vacío con la peor hipótesis.
  • Tolerar la espera: si la respuesta no llega en el momento, no convertir la demora en una prueba de nada.
  • Volver siempre al diálogo cara a cara cuando el tema es importante: el chat no alcanza para conversaciones que tocan la confianza.

La propuesta de fondo de las dos especialistas es volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la conjetura se transforme en pelea. Y a mí, como seguramente a varios lectores, me queda una tarea concreta para esta semana: la próxima vez que un mensaje me haga ruido, voy a respirar, voy a anotar qué siento, y voy a preguntar antes de inventar. La vecina del segundo piso, Marta de la colonia San Martín, me dijo el otro día algo que se me quedó grabado mientras hablaba del tema con el café en la mano: "Yo aprendí que callarme lo que pienso para no quedar pesada era peor, porque después él leía cualquier cosa y yo leía cualquier cosa, y terminábamos los dos enojados por nada". Tiene razón Marta. Lo que uno espera que pase, después de todo, no es que el otro adivine lo que uno sintió, sino que los dos aprendan a preguntar sin miedo lo que todavía no saben.

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Yanina BenítezSociedad y vida

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