El hombre que le dio la vuelta al mundo a un balandro podrido y desapareció sin dejar rastro
Joshua Slocum, un capitán canadiense que no sabía nadar y navegaba con un reloj de hojalata, fue el primero en completar una circunnavegación en solitario. Once años después de su hazaña, se hizo a la mar por última vez y el océano no lo devolvió. Acá en la zona centro reconstruimos su historia, esa que mezcla oficio artesanal, humor seco y un final que todavía intriga a los investigadores.
Son las seis de la mañana del 24 de abril de 1895 y en el puerto de Boston no hay casi nadie. Un balandro de once metros, con el casco gastado y una pinta que no invita a confiarse, se aparta del muelle con un solo hombre a bordo. No hay banda de música, no hay periodistas, no hay familiares despidiendo desde el muelle. Joshua Slocum, capitán sin trabajo en un mundo que ya empezaba a apostar todo al vapor, acaba de iniciar lo que será la primera vuelta al mundo en solitario de la que quede registro escrito. Nosotros, que hoy lo leemos con la distancia del siglo, todavía nos preguntamos cómo se animó.
El barco se llama Spray y la historia del Spray empieza antes que la del propio viaje. Slocum lo había recibido prácticamente podrido, abandonado en un pastizal de Massachusetts, como un esqueleto de madera que ya nadie quería. En lugar de buscar otro velero, se puso él mismo a la obra y durante trece meses lo reconstruyó tabla por tabla, sin más capital que el oficio que venía amasando desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete en un buque mercante para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Esa es la primera gran paradoja de este marino: el hombre que iba a hacer historia a bordo de un balandro solo, construyó su propio barco con sus propias manos.
Tres años, 46.000 millas y ningún cronómetro que valiera
La travesía duró tres años y cubrió más de 46.000 millas náuticas. Slocum cruzó el Atlántico, bordeó el cabo de Hornos bajando por el Estrecho de Magallanes, atravesó el Pacífico y el Índico, y terminó cerrando el círculo en Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había completado ese recorrido en soledad antes que él, y la cifra sigue siendo enorme si se la piensa despacio: 46.000 millas son casi dos vueltas al Ecuador, pero hechas con velas, con mapas de papel y a merced del clima.
Lo que vuelve a Slocum una figura tan singular no es solamente la valentía, sino la precisión artesanal con la que resolvía cada problema a bordo. Navegó sin un cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que incluso le faltaba el cristal. Para compensar ese instrumento improvisado se apoyaba en estimaciones de posición, en observaciones lunares y en una memoria corporal del mar que había ido afinando durante décadas de navegación mercante. Y hay un detalle que a mí, cada vez que lo leo, me sigue dejando sin respuesta: Slocum no sabía nadar. Decía, con esa ironía seca que después lo haría famoso entre los lectores, que en medio del océano nadar solo servía para alargar la agonía.
- Estrecho de Magallanes, 1896: para que los fueguinos no abordaran el Spray de noche, Slocum esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta. Los intrusos subieron descalzos, las pisaron y huyeron sin volver a probar.
- Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón. Cuando se le pasó la fiebre, el Spray seguía navegando con rumbo firme.
- En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, primero como serie en revistas y después como libro. Su estilo seco e irónico conquistó a lectores que hasta entonces no se habían acercado a un libro de navegación.
- En noviembre de 1909, a los 65 años, zarpó desde el puerto de Nueva York rumbo al sur. Nunca más se lo vio con vida.
Lo que más me interpela, y se lo cuento como si lo estuviera charlando con una vecina, es esa combinación de cálculo y humor que Slocum llevaba al mar como quien lleva una brújula en el bolsillo. Gladys, del barrio de Alberdi, me decía el otro día que ella admira a la gente que se ríe del miedo en vez de esconderse, y la verdad es que este canadiense parece tallado con esa madera. En su libro cuenta las penurias con la misma tranquilidad con la que un carpintero enumera los clavos que usó: sin épica impostada, sin gestos heroicos, con el asombro todavía fresco de quien sabe que el mar podía haberlo tragado en cualquier momento y sin embargo no lo hizo.
Un final abierto, sin testigos ni respuestas
La fama que le trajo el libro no lo dejó quieto en ningún puerto. En noviembre de 1909, ya con 65 años, Slocum zarpó una vez más desde Nueva York a bordo del Spray, esta vez con destino al sur, hacia el Caribe y más allá. Nunca regresó. No hubo pedido de socorro, no hubo testigos, no apareció un casco a la deriva ni un cuaderno de bitácora flotando entre las olas. La hipótesis más firme es que murió en el mar, probablemente en algún punto del trayecto hacia Sudamérica, y que el Spray, como tantas veces durante su vida, siguió navegando solo hasta que el tiempo y el agua terminaron su trabajo.
“En medio del océano, nadar solo servía para alargar la agonía.”Joshua Slocum
Cierro esta nota como la empecé, con una imagen: un balandro de once metros saliendo del puerto de Boston con un solo hombre a bordo y un reloj de hojalata como único lujo. Acá en la zona centro, cada vez que alguien me pregunta por qué vale la pena recordar a Slocum, yo termino diciendo lo mismo: porque nos recuerda que hubo un tiempo en que dar la vuelta al mundo dependía del oficio de las manos, de la lectura de las nubes y de una obstinación que hoy, rodeados de GPS y de satélites, cuesta imaginar. Y porque su desaparición, sin testigos y sin explicaciones, le devolvió al mar algo que él mismo siempre reconoció: que el océano es más grande que cualquier historia que contemos sobre él. Lo que uno espera, cada vez que se interna en una historia así, es que en algún archivo aparezca una carta perdida, un testimonio guardado durante un siglo, una pista que cierre el círculo. Todavía no apareció. Tal vez nunca aparezca, y haya que aprender a leer este final como Slocum leía el horizonte: con respeto, con paciencia y con la certeza de que no todo lo que importa tiene respuesta.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Colorada Noticias