Azcuénaga, el pueblo de los diez tenedores y los horizontes quietos a cien kilómetros de la city
A apenas un puñado de kilómetros del ruido capitalino, esta localidad de 350 vecinos combina fondas centenarias, panaderías con horno a leña y caminos rurales donde todavía se cruzan vizcachas y lechuzas al atardecer. Un recorrido por la oferta gastronómica, los alojamientos y las construcciones históricas que se pueden visitar en una escapada de fin de semana.
El cielo sobre Azcuénaga tiene esa largura pampeana que parece estirarse hasta confundirse con el pasto, y el pueblo, quieto como una foto vieja, se recuesta sobre la llanura con sus casas bajas, sus calles de tierra y la promesa de un almuerzo largo como sobremesa de domingo. A cien kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, este enclave de apenas 350 habitantes se ha ido transformando, casi sin proponérselo, en una inesperada meca gastronómica que reúne diez restaurantes y un puñado de alojamientos que permiten hacer noche en edificaciones que, en algunos casos, superan el siglo de vida.
Diez mesas para probar antes de que cierre el domingo
Para organizar una escapada a Azcuénaga conviene empezar por la reserva, una operación que en este pueblo se vuelve tan indispensable como el repelente o las botas. La mayoría de los diez restaurantes abre los fines de semana y el domingo, especialmente, se convierte en una jornada crítica: quien no reservó con tiempo se quedará mirando las mesas ocupadas desde la vereda. Durante la semana, en cambio, las opciones se reducen y la apuesta segura pasa por el buffet del Club Recreativo Apolo, donde Marcelo Santander y Marcela Ronco sirven ravioles caseros y milanesas en un ambiente que huele a club de barrio de toda la vida.
- Almacén C&T, en la antigua Casa Terren de 1912 recuperada por la familia Coarasa: carnes, picadas y la estética de un almacén de campaña que sigue en pie.
- La Porteña, con sus pastas y un osobuco con risotto de calabaza que se ha vuelto parada obligada.
- Lo de Grace, rodeado de campo, con parrilla y pastas libres en una construcción que respira tradición rural.
- Cucina de Santo, donde las pastas conviven con los mariscos en un menú que sorprende para un pueblo sin mar.
- Le Four, el rincón francés a cargo de la cocinera Vanesa Plaza, que sostiene platos como el cordero con ciruelas.
- La Posta y Silvestre, que completan el circuito con propuestas que vale la pena consultar al llegar.
- El buffet del Club Recreativo Apolo, la opción entre semana con ravioles y milanesas de manual.
Dónde dormir: de la fonda de 1903 a las cabañas con pileta
Para quien decide estirar la escapada hasta el día siguiente, Azcuénaga ofrece un abanico de alojamientos que van desde una fonda centenaria hasta cabañas con pileta, una variedad que se explica, en parte, por el patrimonio edilicio del lugar. La Piamonte incorporó habitaciones en el edificio que ocupaba la Fonda de Sforzini, fundada en 1903 y ubicada frente a la antigua estación ferroviaria, una ubicación que carga de railway nostalgia cada ventana y que devuelve al visitante a la época en que el tren era el principal protagonista de estos pagos. La Magnolia funciona en una casona rural con el ritmo pausado del campo, mientras que Rancho Aparte ofrece cabañas equipadas con pileta y El Nido se suma como otra alternativa para pasar la noche. Algo más alejados, ya en las afueras, se encuentran Los Vagones de Areco, una opción que homenajea al ferrocarril con otra estética y otro paisaje.
El recorrido a pie desde cualquiera de estos alojamientos permite conocer las construcciones antiguas del pueblo y, en cuestión de pocas manzanas, plantarse en pleno campo abierto, donde los caminos rurales reciben bicicletas y motos que se animan a la aventura, aunque las condiciones varían según el clima: después de una lluvia, el barro se adueña de las huellas y el tránsito se vuelve un ejercicio de paciencia, mientras que en las jornadas secas la tierra se levanta con el paso de los vehículos y dibuja nubes que parecen salidas de una película del oeste.
La fauna que se cruza en el camino y el aroma de la galleta de campo
En los alrededores de Azcuénaga, la fauna se muestra sin pudor a quien tenga la paciencia de mirar un poco más allá del horizonte: liebres que cruzan como flechas entre los pastizales, vizcachas que hacen guardia desde sus madrigueras y lechuzas que se dejan ver al atardecer, cuando el pueblo empieza a prepararse para la cena y los últimos rayos pintan de naranja las fachadas bajas. Esa vecindad con la vida silvestre convive, y a veces contrasta, con la oferta gastronómica que presumen los restaurantes, varios de los cuales trabajan con carnes de la zona, pero también con productos que llegan de fuera, una tensión que Ecología señalaría como problemática y que, en el terreno, se traduce en cartas donde conviven los cortes locales con preparaciones de cocina italiana o francesa que difícilmente podrían elaborarse solo con lo que produce el pago.
La jornada en Azcuénaga se completa con dos paradas que funcionan como mojones emocionales del recorrido. La Moderna, fundada en 1917, sigue elaborando su galleta de campo en horno a leña bajo el cuidado de Laura González y sus hijas, un ritual que perfuma la cuadra y que invita a comprar una bolsa para el viaje de vuelta. Y la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907 y abierta los fines de semana por Ramona Lescano, ofrece un contrapunto de silencio y recogimiento frente a la algarabía de las mesas. Entre el aroma a pan recién hecho, el repique de las campanas y la lista de restaurantes que ya esperan al visitante del domingo, Azcuénaga se ofrece como una escapada que combina almuerzo, caminata y alojamiento con la promesa de volver. ¿Qué elegirías conocer primero en una escapada a este pueblo que todavía se mide en caballos, en vizcachas y en domingos compartidos?
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