Cansancio que no se va: las señales de alerta que el cuerpo envía cuando el estrés se instala para quedarse
Dormir mal, perder el hilo de lo que uno dice o explotar por una pavada pueden parecer cosas sueltas. No lo son: son pedazos de un mismo cuadro que, si se sostiene en el tiempo, empieza a cobrarle factura a la salud. Una especialista explica cómo detectarlo antes de que pase a mayores.
Son las siete de la mañana y María, de Barrio Norte, apoya la taza de café en la mesa con la misma sensación de siempre: la de no haber descansado. "Me acuesto rendida y me levanto igual", me dice mientras mira por la ventana, como quien describe algo que ya dejó de ser una novedad. En la mesa, el termo caliente y la agenda abierta: clientes, turnos, reuniones. La vida sigue, pero hace rato que algo no cierra. Acá, en la zona centro, la escucho y pienso que su frase resume mejor que cualquier manual lo que les pasa a miles de personas que conviven con un cansancio que no se va nunca, ni siquiera después del fin de semana.
Porque hay una diferencia bastante clara entre atravesar una semana pesada y vivir enganchado a una alarma que no se apaga. La segunda situación es la más jodida de detectar, justamente, porque la rutina puede seguir marchando como si nada: uno llega a horario, contesta mensajes, cumple con lo que tiene que cumplir, mientras por dentro el cuerpo y la mente ya están trabajando al límite. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, los conocidos CDC, vienen insistiendo hace tiempo con un dato clave: cuando el estrés se estira en el tiempo, empieza a comerse el sueño, la concentración, el humor y hasta la capacidad de tomar decisiones simples.
Las señales que aparecen sueltas, pero hablan de lo mismo
- Despertarse a las tres de la mañana sin un motivo claro y quedarse mirando el techo.
- Olvidar lo que uno iba a decir a mitad de una frase, algo que antes no pasaba.
- Reaccionar con una intensidad fuera de lo habitual frente a una contrariedad menor.
- Sentir que tareas que antes eran automáticas, como organizar el día o responder un mail, ahora pesan el doble.
- Dormir muchas horas y levantarse con la misma sensación de agotamiento.
Tomados de a uno, estos puntos pueden parecer cosas de la edad o de la rutina. Pero cuando se repiten y se encadenan, empiezan a dibujar un patrón. Y ahí es donde conviene prestarles atención, antes de que el cuadro se haga más difícil de revertir.
Lo que dice la ciencia y lo que explica una especialista
Una revisión publicada en 2025 en la revista Frontiers in Psychology juntó 45 revisiones y más de dos mil estudios sobre el tema, y llegó a una conclusión bastante contundente: las alteraciones del sueño y los problemas cognitivos, sobre todo en atención, memoria y funciones ejecutivas, aparecen de manera consistente en los cuadros de estrés crónico. Otro estudio, publicado en 2024 en Neurobiology of Stress, agregó que la exposición prolongada puede afectar la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el control de la conducta. Es decir: no es una cuestión de voluntad ni de carácter, es el cerebro funcionando en modo emergencia.
“El problema surge cuando la respuesta de estrés no logra apagarse. En ese punto, el cerebro deja de administrar bien recursos básicos: organizar, recordar, priorizar y responder con calma se vuelven tareas que consumen más energía que antes.”Leah Doane, profesora de Psicología de Arizona State University
Eso quiere decir, en criollo, que cuando el sistema de alarma queda prendido todo el día, hasta lo más simple se vuelve un esfuerzo extra. Y como uno no se cae, no se enferma ni deja de ir a trabajar, el entorno suele mirar para otro lado. Es lo que algunos espacios de bienestar empezaron a llamar "modo supervivencia": no es un diagnóstico clínico, pero sirve para ponerle nombre a un estado que, de tan cotidiano, se nos termina pasando por alto.
Por qué nos cuesta tanto verlo
Acá aparece algo que a mí, como vecina y como periodista, me parece clave: la continuidad de la rutina funciona como una pantalla que tapa lo que está pasando adentro. Alguien puede seguir cumpliendo con todo, aunque duerma mal y aunque la tolerancia a la frustración se haya reducido a la mitad. El problema es que ese estado de alerta sostenido, con el tiempo, pasa factura: aparecen dolores que no se explican, malestares digestivos, subidas de presión, ansiedad que no para y una irritabilidad que empieza a afectar los vínculos más cercanos. Nosotros, los que estamos del otro lado del mostrador, solemos pedir turno al médico cuando ya algo se rompió, y no cuando el cuerpo empezó a mandar los primeros avisos.
Por eso, si alguien se identifica con varias de estas señales, lo más sensato es no naturalizarlas. No se trata de volverse hipocondríaco ni de vivir assustado, sino de entender que el cansancio crónico no es un defecto de carácter ni una cuestión de edad: es un aviso. Atenderlo a tiempo, hablarlo con un profesional y revisar cómo estamos administrando las horas de sueño, los tiempos de descanso y las exigencias que nos autoimponemos puede marcar la diferencia entre una semana difícil y un desgaste que se prolongue durante meses. María, mientras termina su café, me dice que va a llamar a su médica. "Capaz que me hago algunos estudios", suelta, como quien se anima a dar el primer paso. Espero que, cuando termine de leer esta nota, más de uno se anime a hacer lo mismo.
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