Dolina se doctoró con honoris causa y la UBA volvió a sacarse el sombrero ante la cultura popular
La Facultad de Ciencias Sociales entregó la máxima distinción académica a un escritor, músico y conductor radial que lleva más de cuatro décadas reinventando el lenguaje en la radio. Hubo laudatio, risas con Rolón y un repaso por una obra que ya tiene plaza propia.
Yo había escuchado tantas veces esa frase que ya me sonaba a lugar común, pero el viernes, mientras el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales se iba llenando de gente que buscaba butaca como si fuera sábado a la noche en un teatro de calle Corrientes, entendí por fin de dónde viene: «a alguien hay que ponerle la placa». La dijo una señora de ochenta años, con un bolso enorme y un pañuelo floreado anudado al cuello, mientras revisaba la pantalla del celular para ubicar la entrada de Santiago del Estero. «Yo vengo por Dolina, ¿sabe? Mi nieto me dijo que si no vengo hoy, después me voy a arrepentir». Y tenía razón, porque lo que pasó adentro fue de esos actos que uno cuenta durante meses en sobremesas y asados.
Porque la Universidad de Buenos Aires le entregó a Alejandro Dolina el título de Doctor Honoris Causa en una ceremonia que arrancó prolija, como cualquier acto académico, y terminó convertida en una especie de programa radial en vivo, con público que se sabía de memoria las digresiones y hasta se animaba a completar las frases del homenajeado. La resolución que había dado luz verde a la distinción llevaba la firma de la Facultad de Ciencias Sociales y llevaba más de un año esperando el momento justo para ejecutarse; el acto, finalmente, se realizó el viernes por la tarde.
Crónicas del Ángel Gris y otros antecedentes
Lo que la Facultad le reconoció a Dolina no es sólo su paso por las carreras de Letras, Historia y Música, sino un recorrido que, si uno lo mira en serio, parece escrito por un guionista con muy mala intención y muchísima paciencia: publicaciones como «Crónicas del Ángel Gris» y «Notas al pie», el Martín Fierro de Oro 2022, cuatro premios Argentores, el Konex Diploma al Mérito de 1991 y hasta la declaración de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires en 2001. Todo eso, claro, cabe en un currículum. Lo que no cabe es lo otro, lo que la directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación, Larisa Kejval, se animó a poner en palabras durante el laudatio.
“Es uno de los pocos programas que compiten contra sí mismos en términos de audiencia.”Larisa Kejval, directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación
Lo de Kejval, dicho en el lenguaje seco de los papers académicos, quiere decir lo siguiente: que mientras la cuenta oficial de «La venganza será terrible» en Spotify suma reproducciones ordenadas y prolijas, durante años los oyentes fueron subiendo sus propias grabaciones del programa, con sus publicidades caseras, con sus errores y con esa humedad característica de las cintas que pasaron de mano en mano, y esas versiones piratas le pelean audiencia a las oficiales. Es decir: la audiencia se audita a sí misma, se mide las costillas, y sigue ganando. No conozco otro caso igual en la radio argentina, y creo que vale la pena detenerse un segundo en eso porque dice mucho del vínculo que Dolina construyó con su público, que es, en definitiva, un vínculo de pertenencia.
Cuando el apellido se vuelve adjetivo
- Su nombre ya es adjetivo y verbo de uso corriente en el habla de los oyentes.
- Una plaza del barrio de Flores lleva el nombre del Ángel Gris, uno de sus personajes, y no el suyo.
- El laudatio lo resumió con una frase que se va a repetir: «Es el triunfo de la prosa».
Después del laudatio vino el conversatorio que el propio Dolina mantuvo con el psicoanalista Gabriel Rolón, que es de esos cruces que a priori parecen improbables y terminan funcionando como un buen café con leche: el psicoanálisis y el ángel gris, la clínica y la metafísica barata, Rolón preguntando con cara de profesor y Dolina respondiendo con la tranquilidad de alguien que lleva cincuenta años esquivando preguntas y, sin embargo, contestándolas todas. El auditorio, para entonces, ya había perdido toda solemnidad académica y se había convertido en una especie de living de Boedo ampliado, con gente que festejaba los chistes como si los conociera de memoria, que es exactamente lo que pasa con este público.
Pero este doctorado no cae en un vacío. En los últimos años la UBA viene reconociendo de manera sistemática a figuras centrales de la cultura popular argentina: en 2025 la Cátedra de Música Popular de la carrera de Artes distinguió de igual manera a Charly García, y ese mismo año Carlos «Indio» Solari recibió el título durante un acto en la Facultad de Ciencias Médicas, apenas veinte días antes de su muerte. La coincidencia no es menor: la universidad más grande del país está entendiendo, parece, que la cultura popular también se dicta en las aulas y que los honoris causa no son sólo para académicos con monografías en inglés. Y en esa fila, claro, la de Dolina es una de las que mássuelta, porque Dolina no encaja en ningún casillero cómodo: no es rockero, no es escritor de best sellers, no es humorista televisivo; es, en todo caso, un artesano del lenguaje que encontró en la radio su trinchera definitiva.
¿Qué otros referentes de la cultura popular argentina merecerían, según mi mirada, una distinción similar? Me animo a poner algunos sobre la mesa, a riesgo de equivocarme: María Elena Walsh, si viviera, sería candidata natural por la potencia de su obra y por la cantidad de generaciones que cantan sus canciones sin saber quién las escribió; Litto Nebbia, que lleva medio siglo escribiendo la banda sonora de la ciudad; y hasta Tanguito, cuya figura ya atraviesa el mito y la academia al mismo tiempo. La lista, claro, es larga y discutible, y es justamente eso lo que la hace interesante: significa que la cultura popular argentina tiene densidad suficiente como para que la universidad se siente a discutirla con tiempo y con café.
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