Hijas de brujas, herederas de un conjuro: por qué Prácticamente Magia 2 deja la puerta abierta a un tercer capítulo
Nicole Kidman y Sandra Bullock vuelven casi treinta años después a interpretar a las hermanas Owen en una secuela que resuelve la maldición familiar pero deja varios hilos pendientes, sobre todo el futuro de Gillian y el despertar mágico de las más jóvenes.
A mí siempre me gustaba que mi abuela dijera, mientras revolvía la olla los domingos, que en esta vida uno vuelve a empezar cuando cree que ya terminó. La frase me vino a la cabeza mientras salía del cine después de ver Prácticamente Magia 2, la esperada secuela que reúne a Nicole Kidman y Sandra Bullock casi treinta años después de aquella comedia de 1998 que, contra todo pronóstico, terminó encontrando una segunda vida en las plataformas de streaming, donde una generación entera de espectadores la descubrió mucho después de su estreno original y la convirtió, de a poco, en una de esas películas de culto que se miran con nostalgia pero también con curiosidad renovada por saber qué había sido de aquellas hermanas tan singulares.
Lo primero que hay que decir es que esta segunda parte no arranca con un galpón ni con una sala: arranca con una familia que ya conocemos, las Owen, enfrentando una amenaza nueva y bastante terrenal, porque lo que viene a sacudirlas no es un espíritu del más allá sino un pariente lejano llamado Tom Bailey, un hombre sin poderes mágicos que aparece con la intención nada disimulada de apoderarse del libro de hechizos que identifica a la saga para ajustar cuentas personales muy concretas; su plan, como era de esperar tratándose de un intruso en un universo donde las mujeres de la casa vuelan escobas y hacen hablar a los muertos, no prospera demasiado y termina desactivado por un conjuro colectivo de las Owen, que vuelven a funcionar como equipo a la hora de defender lo suyo.
La maldición de las Owen
Pero el verdadero peso dramático de la película, lo que le da densidad y por momentos hasta una solemnidad inesperada para tratarse de una comedia familiar con elementos sobrenaturales, se desarrolla en paralelo en Massachusetts, donde Frances, la matriarca interpretada por una Kidman que sostiene el papel con esa mezcla de fragilidad y fortaleza que la caracteriza, descubre que la única forma de romper la maldición que pesa sobre las mujeres de su linaje, esa condena terrible que dice que todos los hombres que ellas amen están destinados a morir en plena juventud, pasa por un sacrificio personal que ella decide llevar adelante sin dudarlo, lo que permite que Gideon, el novio de Kylie que llevaba meses en coma como consecuencia directa de ese antiguo embrujo, finalmente despierte y vuelva a respirar al lado de la mujer que ama.
A partir de ahí, el tono vira y la película entra en una zona más luminosa, casi de reconstrucción, que es donde la secuela encuentra su costado más emotivo y también su mayor riesgo, porque la historia se toma el tiempo de mostrarnos cómo las dos jóvenes de la familia, después de tantos años viviendo a la sombra de tías y primas con poderes extraordinarios, empiezan a descubrir que la herencia mágica también les toca a ellas, y lo hacen con una mezcla de asombro y responsabilidad que la película trata con cuidado, sin apurar nunca los tiempos ni convertir el despertar de esos dones en un show de efectos especiales.
Lo que queda sin cerrarse
Y acá es donde la película, más que jugar con un cliffhanger explícito al que nos tiene acostumbradas las franquicias actuales, decide dejar varios hilos sueltos que son los que mantienen viva la conversación sobre una posible tercera parte, porque si uno mira la historia con detenimiento se da cuenta de que el desenlace resuelve los conflictos centrales del grupo familiar Owen pero deja sin respuesta un montón de preguntas que dan para rato, empezando por el arco inconcluso de Gillian, que es quizás la cuenta pendiente más evidente, y siguiendo por el futuro de esas generaciones más jóvenes que apenas comienzan a tantear su propia magia, incluyendo qué van a hacer con el libro de hechizos y con el negocio familiar que las identifica desde hace décadas, decisiones que no son menores y que la película wisely, a sabiendas, deja en suspenso.
“La secuela cierra sin escena poscréditos, lo que refuerza la sensación de que el final es un punto y aparte más que un punto final, una puerta entreabierta por la que la franquicia puede volver a entrar cuando encuentre el momento justo para hacerlo.”
Ahora bien, la pregunta del millón que sobrevuela toda la nota y que seguro sobrevuela también la cabeza de más de uno después de ver la película es si realmente hace falta una tercera parte para terminar de cerrar esos arcos o si el final actual, con sus ambigüedades y sus zonas grises, no termina siendo más honesto y más interesante que un cierre demasiado atado, y la verdad es que yo me inclino por una postura conciliadora, porque reconozco que hay material narrativo de sobra como para justificar un tercer capítulo, sobre todo pensando en que la franquicia regresó en un contexto muy particular donde la primera entrega encontró una segunda vida en las plataformas de streaming y donde una nueva camada de espectadores se acercó a las hermanas Owen sin el peso de la nostalgia y, sin embargo, se quedó a vivir con ellas; el interrogante queda abierto, entonces, como queda abierto el futuro de Gillian y como queda abierta la pregunta sobre qué harán las más jóvenes con ese libro de hechizos que, después de todo, es mucho más que un libro: es la memoria de una familia, y eso, créanme, no se cierra así nomas.
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