Un respiro a tiempo: cómo las pausas cortas pueden devolver la concentración cuando el día aprieta
Caminar unos minutos, mirar alrededor o cerrar los ojos son algunos de los recursos que ayudan a retomar la jornada. Especialistas aclaran que son aliados válidos, pero no reemplazan el tratamiento cuando la angustia se vuelve persistente.
Son las once de la mañana en una oficina de acá en la zona centro y el teléfono no para de sonar. María, de la administración del consorcio de la cuadra, me cuenta entre mate y mate que hace rato viene sintiendo que la cabeza le pesa como si tuviera plomo: "Llego a la mañana con mil cosas para hacer y a las dos horas ya estoy mirando la pantalla sin entender lo que leo". La escena, que se repite en miles de escritorios y mesas de cocina, abre una pregunta concreta: qué hacer cuando la atención se escapa y el cansancio se instala antes de que termine la jornada.
Las pausas breves aparecen como una de las respuestas más accesibles. No hace falta reservar media hora ni armar una rutina estricta: alcanza con apartarse un rato de las notificaciones, quedarse en silencio, cambiar de aire o mover el cuerpo. La idea no es sumar una obligación más a un día que ya viene cargado, sino encontrar un pequeño corte que permita volver a las tareas con menos peso encima.
Técnicas concretas para reiniciar la atención
Cuando la cabeza queda atrapada en pensamientos que dan vueltas, una herramienta posible es la técnica 5-4-3-2-1, que propone anclar la atención en lo que está pasando acá y ahora. La psicóloga clínica Sari Chait explicó que reconocer cinco cosas que se ven, cuatro que se tocan, tres que se escuchan, dos que se huelen y una que se saborea puede dar algo de distancia respecto de las preocupaciones, aunque insistió en que eso no borra lo que las origina.
- Mirar alrededor y nombrar cinco elementos visibles, como una lámpara, una cortina, una planta, una taza y una ventana.
- Identificar cuatro sensaciones de contacto: los pies apoyados en el piso, la espalda en la silla, la tela de la remera, el teclado bajo los dedos.
- Escuchar tres sonidos del ambiente: el ventilador, una voz lejana, el ruido de la calle.
- Percibir dos aromas presentes, como el del café o el del jabón.
- Reconocer un sabor, aunque sea el de la saliva o el del agua.
- Antes de empezar, hacer una respiración lenta, sin forzar la entrada de aire.
Otra posibilidad, cuando el tiempo y el lugar acompañan, es salir a caminar. Un estudio evaluó a personas trabajadoras que pasearon por un parque durante quince minutos en el horario del almuerzo a lo largo de diez días laborales seguidos. En esas jornadas, reportaron menos fatiga y mayor concentración por la tarde. Quienes, en cambio, hicieron ejercicios de relajación también mostraron mejoras frente a sus pausas habituales. Eso sí: los resultados no garantizan un efecto inmediato ni idéntico para todos, y mucho menos reemplazan el sueño ni las vacaciones.
Cuando la pausa es adentro: moverse, charlar o cerrar los ojos
No siempre hay un parque cerca ni quince minutos libres. Dentro de casa o del trabajo, estirar las piernas, hacer algunos movimientos de movilidad o animarse a bailar una canción pueden cumplir un papel parecido. Compartir ese instante con alguien suma conversación y corta, aunque sea por un rato, la conexión con las obligaciones. Una llamada a una persona de confianza también puede interrumpir la atención puesta en el malestar y devolver cierto alivio.
Descansar, literalmente, es otra opción válida. La neurocientífica Heidi Hanna señaló que mantener los ojos cerrados entre diez y quince minutos puede favorecer la recuperación. El intervalo, aclaró, debe ajustarse a las necesidades de cada uno y de ninguna manera reemplaza las horas de sueño que el cuerpo necesita.
Hasta dónde llega el alivio y cuándo conviene pedir ayuda
Todas estas prácticas comparten un límite claro: sirven como aliados dentro de la jornada, pero no resuelven las causas del malestar. La terapeuta Tyana Tavakol recomendó considerar una consulta profesional cuando los intentos personales no alcanzan, cuando el estrés se vuelve persistente, cuando altera el sueño, el trabajo o los vínculos, o cuando empieza a aparecer de manera continuada en la vida cotidiana.
María me despide con la promesa de probar la técnica de los cinco sentidos esta misma tarde, mientras mira el reloj y piensa en las horas que le quedan por delante. Nosotros, del otro lado, quedamos a la espera de que esa pausa le permita terminar el día con un poco más de aire y, sobre todo, con la tranquilidad de saber que si el agotamiento vuelve a instalarse, tiene a quién pedirle una mano.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Colorada Noticias