El día que Nintendo compró cine para adultos para que nadie pudiera verlo
A comienzos de los noventa, la empresa japonesa pagó por dos parodias pornográficas de Super Mario y las archivó en silencio. La estrategia funcionó durante más de una década: muchos dudaban de que esas películas siquiera existieran.
Cuenta la leyenda que cuando uno le preguntaba a su abuela por la película que no se podía ver, ella bajaba la voz, miraba para los costados y respondía con un "eso no se nombra, nene". La advertencia, lejos de apagar la curiosidad, la encendía todavía más. Algo parecido ocurrió con dos historias que se filmaron a las apuradas en algún rincón de Los Ángeles a comienzos de los años noventa, cuando Super Mario era una mina de oro para cualquiera que quisiera subirse al éxito del fontanero bigotudo.
Yo siempre sospeché que detrás de cada franquicia popular existe una zona gris, un galpón lleno de copias raras que nadie quiere exhibir pero que alguien, en algún escritorio, se ocupa de mantener bajo llave. La historia que toca contar hoy es exactamente esa: la de una empresa gigante de videojuegos que, en lugar de producir su propio contenido, compró cine para adultos con un único fin, que era asegurarse de que nadie pudiera verlo nunca.
La cocina de los Super Hornio Brothers
A principios de los noventa, el director y actor Buck Adams vio el filón. El Super Mario Bros. estaba en la cima de su popularidad y el público pedía más, incluso en formatos insólitos. Adams produjo entonces una parodia pornográfica de las aventuras del fontanero que se filmó en apenas dos jornadas, con un presupuesto estimado en torno a los veinte mil dólares. El material grabado fue tan voluminoso que la producción decidió dividirlo en dos entregas separadas, bautizadas con un nombre que jugaba a la equívoca con el original.
Ambas cintas se estrenaron casi en simultáneo con la película oficial Super Mario Bros., la adaptación cinematográfica que los estudios encargaron a los directores Rocky Morton y Annabel Jankel y que terminó siendo uno de los tropiezos más comentados de Hollywood. La crítica la destrozó, el público la esquivó y la imagen de los personajes quedó, como suele decirse, bastante golpeada.
La compra del silencio
En ese contexto, Nintendo decidió mover una pieza inusual: adquirió los derechos de las dos películas pornográficas poco después de su lanzamiento. La operación se hizo con una discreción deliberada, casi diría que con la misma prolijidad con la que se guarda un secreto familiar que nadie quiere repetir en la mesa de los domingos. El objetivo no era distribuir el material, ni revisarlo, ni mucho menos sacarle jugo comercial, sino archivarlo para siempre, sin generar publicidad adicional alrededor de las cintas.
La movida resultó ser, a la distancia, una de las operaciones más efectivas de la historia reciente de la propiedad intelectual. Durante más de una década circularon dudas serias sobre si esas películas habían existido realmente o si eran apenas un mito urbano repetido en foros de madrugada.
La filtración imposible
En 2009, como si una puerta mal cerrada dejara pasar algo de aire, apareció en internet una copia de la segunda entrega, conocida como Super Hornio Brothers 2: King Pooper Returns. El material incluía un resumen de la primera película, lo que alcanzó para saciar parcialmente la curiosidad y, al mismo tiempo, para confirmar lo que muchos sospechaban. El actor Ron Jeremy, protagonista de ambas producciones, declaró públicamente que los derechos pertenecían a Nintendo y que cualquier relanzamiento era legalmente inviable. La primera entrega, mientras tanto, sigue sin aparecer.
El episodio quedó registrado como un caso singular: una empresa de videojuegos comprando cine para adultos, no para distribuirlo, sino para garantizar que nadie pudiera acceder a él. Es, si se quiere, la versión empresaria de aquel consejo de las abuelas que advertían sobre lo que no se nombra, sólo que en clave de estrategia corporativa y con un presupuesto varios millones de veces más alto.
Donde y cuando se proyecta, en este caso, no aplica: las películas permanecen en los archivos de Nintendo, lejos de cualquier pantalla. Lo que sí se puede recomendar, para quien quiera entender el fenómeno de las parodias de los noventa sin pasar por el contenido adulto, es revisar la película oficial Super Mario Bros. de 1993 y compararla con los videojuegos originales de la era de los ocho bits, un menú liviano, nostálgico y, sobre todo, apto para todo público.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Colorada Noticias